Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
De la variedad de absurdos que conviven "cómodamente" con los colombianos, uno se destaca por su increíble persistencia en hacernos infelices, a sabiendas de que está ahí, vegetando con placidez en un país que se autoproclama como uno de los más felices del mundo. Me refiero a la tramitomanía. Pero venga le digo. ¿Paradojas? No. Es que, recostados como vivimos los colombianos a la modalidad de enfrentar o revertir las cosas que nos molestan o hacen daño siempre y cuando ello nos signifique el menor esfuerzo posible, ¿pelear?… Uff, ¡qué jartera! Y es por ello que tan campante reina la despótica e insufrible señora.
De tal magnitud es nuestra resignación, que hemos preferido vivir condescendiendo desde tiempos inmemoriales con ese monstruo de mil cabezas que es la tramitomanía, combatiéndola sólo con el inocente ejercicio diario de rezongar entre familiares y amigos -no confrontando a las autoridades-, y despotricando entre dientes -no más allá- contra los burócratas, cuya única misión en la tierra pareciera ser la de aceitar progresiva y meticulosamente las cada vez más numerosas aspas de la tramitomanía, complicando para su "solaz y esparcimiento", o para justificar su salario y su tiempo, hasta la más elemental de las gestiones.
Recientemente, el Departamento Nacional de Planeación señaló con gran despliegue mediático 180 trámites engorrosos en nuestro país pero, sobre todo, inútiles, provocando con ello una inevitable opinión dual entre los colombianos que nos enteramos de los buenos propósitos de su denuncia: de un lado, "una cierta sonrisa" escéptica, y del otro, una sincera esperanza de que, por fin, el camino hacia la última morada de los tramitólogos y sus tramitologías se había despejado y el miserable final que se merecen, esperaba por ellos. Y es que este aporte investigativo de Planeación perfecciona el reciente descubrimiento que había hecho el gobierno de 2.100 trámites ociosos de los cuales, aunque se ven involucrados 1.043 que están establecidos en la ley, ya la Presidencia de la República ha manifestado su decisión de eliminar los expresamente extravagantes e inhumanos, acogiéndose a la facultades extraordinarias que le dio el Congreso a través del Estatuto Anticorrupción, que le ofrece carta blanca para suprimir o facilitar procedimientos que perturben el buen funcionamiento del Estado.
Según lo difunde Planeación, las más insensatas y engorrosas "vueltas" que debe adelantar el ciudadano común -a los de arriba, usted bien los sabe, les llevan a su casa u oficina todo "debidamente diligenciado, doctor"-, están concentradas "casualmente" en las entidades o empresas cuyo mayor afán no es precisamente el de ofrecer un servicio inmejorable y ágil, sino el de optimizar con rapacidad desenfrenada sus utilidades: las EPS, los bancos, las notarías y el tránsito. Para ellas, el que alguien tenga que atravesar la ciudad para retirar un certificado sin sentido ni utilidad alguna, por el que además le cobran un precio exagerado, no es nada. No saben, o sí lo saben pero les importa un higo, del desgaste sicológico y el deterioro emocional de la gente mientras se ve obligada a hacerle caso a sus malditas traumáticas y estériles ocurrencias. No saben, o sí lo saben pero les importa un pito, de las angustias económicas del ciudadano del común, del significado de su tiempo, de los peligros callejeros que corre el hombre conminado al papeleo haciéndole el esguince a los atracos o los paseos millonarios mientras va a colmar los caprichos del funcionario de turno. En fin, no saben, o sí lo saben pero les importa un bledo, del despojo humano en que muchas veces quedamos convertidos cuando impotentes ante aquellos trámites de nunca acabar, le escuchamos decir al prepotente empleadillo: "vuelva el mes entrante a ver cómo va la cosa…"
En el informe publicado por el Banco Mundial denominado "Doing Business in 2004", en donde se examinan los costos que se causan para desarrollar negocios en más de 130 países, además de denunciarse de forma irrebatible la interrelación existente entre la tramitomanía y la corrupción, y de identificarse la coincidencia entre papeleo y subdesarrollo, se indica, para nuestro sonrojo, que en Colombia para hacer funcionar una empresa se requieren 60 días y 19 procedimientos, 7 más que en cualquier otro país de América Latina y 12 más que en los países desarrollados. Y esta es apenas una de las muchísimas aberraciones a las que nos acostumbraron la tradición y las leyes congresionales de nuestro país.
Como azarosamente ocurre con los mártires del sistema pensional colombiano, que tras una extenuante cola deben demostrarle al señor de la ventanilla que están vivos para que les cancelen su correspondiente bicoca, por fortuna a mí no se me exige anexarle a esta columna ningún Certificado de Supervivencia avalado en esta o aquella Notaría.
Por ello imploro que, aunque sea en paz, los malditos trámites inútiles descansen algún día.
Pretendo con este blog reunir una serie de textos que terminen conformando el que yo pienso será el último de mis libros: PRECISIONES. En él intento plasmar mi libre criterio sobre aquellos temas que me han provocado rabia o amor en medio de arrolladores sentimientos, sentimientos éstos que desde siempre sólo he logrado sosegar a través de la escritura. Lo asumiré pues como si fuera una cámara de video con la cual captar descarnadamente el mundo tal como yo lo veo, lo vivo, lo sufro o lo gozo.
domingo, 11 de septiembre de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
La "Mano Negra", terrorismo de derecha
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
El señor presidente Santos repitió por estos días lo que todo el mundo sabe desde hace muchos años: la presencia en la sombra de una “Mano Negra” al servicio de la extrema derecha. Sólo un colombiano, aparentemente, desconocía su preexistencia, tradición y perversidades. Se trata del señor Procurador General de la Nación, Alejandro Ordoñez Maldonado, quien, exhibiendo cierta socarronería, le inquiere al señor Presidente por su existencia al tiempo que le conmina a ¡revelar nombres propios que la representen en el gobierno! Entonces, el señor Presidente Santos, ladino como lo sabemos, de inmediato le "responde" con un galimatías más próximo al foro por el mutis que a cualquier otra cosa.
¡Este es Macondo, Gabo!
Sin embargo, hurgando aspectos relacionados con su origen y avances, de pronto me estrello con definiciones tan necias como la que afirma que, "la mano negra" no es una organización sino una etiqueta, y, en el fondo, en lugar de explicar, sirve cuando no se tiene explicación". O como la perturbadora -por complaciente- del señor Jorge Orlando Melo: "Es un tema que se inventa para atribuir algo a una conspiración, para decir que hay una asociación donde realmente no la hay". Un historiador negando la realidad de la Mano Negra, ¿a quién se le ocurre que vaya a registrar honradamente para la posteridad en sus tratados historiográficos los demenciales crímenes del paramilitarismo colombiano, esa entelequia -diría él- de los filocomunistas, bandidos y terroristas opositores al espléndido gobierno del presidente Uribe?
Una tentativa cronológica de sus raíces y desarrollo bien podría ser esta: en un discurso en la Convención Nacional Liberal de 1961, Alfonso López Michelsen aludió por primera vez a la Mano Negra, frecuentemente fustigada por él durante toda su carrera política. En 1962, Roberto Posada, D'Artagnan, reveló en El Tiempo que Hernán Echavarría Olózaga había afirmado que el nombre de Mano Negra era de la "cosecha" de Julio Mario Santodomingo. Lo cierto es que por aquella época, Carlos Lleras Restrepo hace también alusión a las quejas de López sobre dicha organización y queda más o menos asentado que fueron López Michelsen o su primo Julio Mario Santodomingo quienes la bautizaron como Mano Negra. En 1966, alguien que, junto a Santodomingo y Hernán Echavarría representaba el poder económico y la clase social dominante, Eduardo Zuleta Ángel, niega que él fuera su líder. En 1991, López insiste en un discurso en su alarmante existencia y a finales de ese mismo año la policía le atribuye a una organización que menciona como "la Mano Negra", múltiples crímenes que con apariencia de "limpieza social" se vienen presentando en Santander desde 1989. En el 96, en una publicación de El Tiempo denominada Llano 7 Días, se anuncia la aparición de un grupo bajo la denominación de "Mano Negra" en Granada, Meta. Pero la aclaración final y contundente la viene a dar el mismo expresidente López Michelsen en 2001cuando en el libro de Enrique Santos Calderón, Palabras pendientes, le confiesa a éste: "¿Qué era, por ejemplo, la Mano Negra, que fue inventada contra el MRL? Una asociación de burgueses ricos presididos por Hernán Echavarría, José Gómez Pinzón y Hernán Tovar, que se dedicaba a promover la resistencia contra las ideas de izquierda. Le pedían a los anunciantes la propaganda de nuestras publicaciones y financiaban "feudos podridos" para inclinar en contra nuestra el veredicto de las urnas".
Y es que fue precisamente a raíz del temor que hacia 1960 causaba el MRL y la posible unificación de fuerzas de izquierda, el Partido Comunista incluido, simpatizantes todos de Fidel Castro y la Revolución Cubana, y la posibilidad real de que se hicieran con el poder en algún momento, que un grupo de 25 empresarios e industriales -de acuerdo a la investigación de Juan Villamil en el Espectador-, crearon el Centro de Estudio y Acción Sociales (CEAS) con una directiva formada por Aurelio Correa Arango (director ejecutivo), Jesús María Marulanda (tesorero), Andrés Restrepo, Alberto Samper, José Gómez Pinzón, Gregorio Obregón y Hernán Echavarría. El pretexto y objetivo de la naciente organización, según Norman A. Bailey en su artículo "The Colombian "Black Hand" (The Review of Politics de la Universidad de Notre Dame, 1965), de quien recoge la información Villamil, no era otro que "crear conciencia entre la “gente decente” de los peligros que encarna la izquierda; dirigir una campaña anticomunista y anti-Castro, y otra en favor del libre comercio; actuar directamente contra el comunismo y la izquierda, a través de infiltraciones, presiones mediáticas, listas negras, el apoyo de elementos anticomunistas, y el retiro de pautas publicitarias en los medios cercanos a la izquierda; instar a los empresarios a asumir mayor responsabilidad social (?)."
¡Más claro no canta un gallo!
Y es bueno refrescar la memoria sobre por qué y cuándo en Colombia se empieza a hablar abiertamente de esta estructura delictiva: "En abril de 1961 se publica en la revista La Nueva Prensa un artículo titulado “La mano negra y el dólar”, con fotografías de siete líderes del CEAS, en el que se los acusa de manipular de forma ilícita la fluctuación del dólar para obtener ganancias. Se denuncia también la forzosa desaparición de Semana, y presiones contra Cromos, El Siglo y El Espectador. Es la primera vez que la prensa colombiana utiliza la expresión “mano negra”… "
Y todavía hay quienes preguntan -¿no es cierto, Plinio?- que cuál Mano Negra y que qué es ese infundio. Que si por mucho, un rótulo, una etiqueta…
¿No tendrán, acaso, nada que ver con "los brazos del gran pulpo" de la Mano Negra esas bandas criminales (Bacrim o paramilitares, marbetes distractores porque en últimas son los mismos) que amenazan con su terrorismo de derecha al Estado en medio del apoyo o la simpatía de poderosas fuerzas económicas y políticas y de no pocos miembros de las Fuerza Pública, para quienes la paz no es una opción y la Ley de Víctimas un afrenta?
¿Y no es esta Mano Negra, definitivamente, la encubierta materialización de la macabra sinergia de los potentados extremistas de la derecha política colombiana?
Y lo peor: ¡Cuántos "impolutos" agazapados en ella!
guribe3@gmail.com
El señor presidente Santos repitió por estos días lo que todo el mundo sabe desde hace muchos años: la presencia en la sombra de una “Mano Negra” al servicio de la extrema derecha. Sólo un colombiano, aparentemente, desconocía su preexistencia, tradición y perversidades. Se trata del señor Procurador General de la Nación, Alejandro Ordoñez Maldonado, quien, exhibiendo cierta socarronería, le inquiere al señor Presidente por su existencia al tiempo que le conmina a ¡revelar nombres propios que la representen en el gobierno! Entonces, el señor Presidente Santos, ladino como lo sabemos, de inmediato le "responde" con un galimatías más próximo al foro por el mutis que a cualquier otra cosa.
¡Este es Macondo, Gabo!
Sin embargo, hurgando aspectos relacionados con su origen y avances, de pronto me estrello con definiciones tan necias como la que afirma que, "la mano negra" no es una organización sino una etiqueta, y, en el fondo, en lugar de explicar, sirve cuando no se tiene explicación". O como la perturbadora -por complaciente- del señor Jorge Orlando Melo: "Es un tema que se inventa para atribuir algo a una conspiración, para decir que hay una asociación donde realmente no la hay". Un historiador negando la realidad de la Mano Negra, ¿a quién se le ocurre que vaya a registrar honradamente para la posteridad en sus tratados historiográficos los demenciales crímenes del paramilitarismo colombiano, esa entelequia -diría él- de los filocomunistas, bandidos y terroristas opositores al espléndido gobierno del presidente Uribe?
Una tentativa cronológica de sus raíces y desarrollo bien podría ser esta: en un discurso en la Convención Nacional Liberal de 1961, Alfonso López Michelsen aludió por primera vez a la Mano Negra, frecuentemente fustigada por él durante toda su carrera política. En 1962, Roberto Posada, D'Artagnan, reveló en El Tiempo que Hernán Echavarría Olózaga había afirmado que el nombre de Mano Negra era de la "cosecha" de Julio Mario Santodomingo. Lo cierto es que por aquella época, Carlos Lleras Restrepo hace también alusión a las quejas de López sobre dicha organización y queda más o menos asentado que fueron López Michelsen o su primo Julio Mario Santodomingo quienes la bautizaron como Mano Negra. En 1966, alguien que, junto a Santodomingo y Hernán Echavarría representaba el poder económico y la clase social dominante, Eduardo Zuleta Ángel, niega que él fuera su líder. En 1991, López insiste en un discurso en su alarmante existencia y a finales de ese mismo año la policía le atribuye a una organización que menciona como "la Mano Negra", múltiples crímenes que con apariencia de "limpieza social" se vienen presentando en Santander desde 1989. En el 96, en una publicación de El Tiempo denominada Llano 7 Días, se anuncia la aparición de un grupo bajo la denominación de "Mano Negra" en Granada, Meta. Pero la aclaración final y contundente la viene a dar el mismo expresidente López Michelsen en 2001cuando en el libro de Enrique Santos Calderón, Palabras pendientes, le confiesa a éste: "¿Qué era, por ejemplo, la Mano Negra, que fue inventada contra el MRL? Una asociación de burgueses ricos presididos por Hernán Echavarría, José Gómez Pinzón y Hernán Tovar, que se dedicaba a promover la resistencia contra las ideas de izquierda. Le pedían a los anunciantes la propaganda de nuestras publicaciones y financiaban "feudos podridos" para inclinar en contra nuestra el veredicto de las urnas".
Y es que fue precisamente a raíz del temor que hacia 1960 causaba el MRL y la posible unificación de fuerzas de izquierda, el Partido Comunista incluido, simpatizantes todos de Fidel Castro y la Revolución Cubana, y la posibilidad real de que se hicieran con el poder en algún momento, que un grupo de 25 empresarios e industriales -de acuerdo a la investigación de Juan Villamil en el Espectador-, crearon el Centro de Estudio y Acción Sociales (CEAS) con una directiva formada por Aurelio Correa Arango (director ejecutivo), Jesús María Marulanda (tesorero), Andrés Restrepo, Alberto Samper, José Gómez Pinzón, Gregorio Obregón y Hernán Echavarría. El pretexto y objetivo de la naciente organización, según Norman A. Bailey en su artículo "The Colombian "Black Hand" (The Review of Politics de la Universidad de Notre Dame, 1965), de quien recoge la información Villamil, no era otro que "crear conciencia entre la “gente decente” de los peligros que encarna la izquierda; dirigir una campaña anticomunista y anti-Castro, y otra en favor del libre comercio; actuar directamente contra el comunismo y la izquierda, a través de infiltraciones, presiones mediáticas, listas negras, el apoyo de elementos anticomunistas, y el retiro de pautas publicitarias en los medios cercanos a la izquierda; instar a los empresarios a asumir mayor responsabilidad social (?)."
¡Más claro no canta un gallo!
Y es bueno refrescar la memoria sobre por qué y cuándo en Colombia se empieza a hablar abiertamente de esta estructura delictiva: "En abril de 1961 se publica en la revista La Nueva Prensa un artículo titulado “La mano negra y el dólar”, con fotografías de siete líderes del CEAS, en el que se los acusa de manipular de forma ilícita la fluctuación del dólar para obtener ganancias. Se denuncia también la forzosa desaparición de Semana, y presiones contra Cromos, El Siglo y El Espectador. Es la primera vez que la prensa colombiana utiliza la expresión “mano negra”… "
Y todavía hay quienes preguntan -¿no es cierto, Plinio?- que cuál Mano Negra y que qué es ese infundio. Que si por mucho, un rótulo, una etiqueta…
¿No tendrán, acaso, nada que ver con "los brazos del gran pulpo" de la Mano Negra esas bandas criminales (Bacrim o paramilitares, marbetes distractores porque en últimas son los mismos) que amenazan con su terrorismo de derecha al Estado en medio del apoyo o la simpatía de poderosas fuerzas económicas y políticas y de no pocos miembros de las Fuerza Pública, para quienes la paz no es una opción y la Ley de Víctimas un afrenta?
¿Y no es esta Mano Negra, definitivamente, la encubierta materialización de la macabra sinergia de los potentados extremistas de la derecha política colombiana?
Y lo peor: ¡Cuántos "impolutos" agazapados en ella!
domingo, 3 de julio de 2011
La vejez amenazada
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Con todo y que ya contamos en Colombia con una Política Nacional de Envejecimiento y Vejez, hace poco, con motivo de la conmemoración del Día Mundial de Toma de Conciencia en contra del Abuso y Maltrato de la Vejez, se denunciaba la vejación y el abuso contra los ancianos como algo cada vez más común en nuestra sociedad y se mencionaban 1781 casos de violencia intrafamiliar física y sicológica contra personas mayores de 60 años ocurridos todos ellos en el 2010, con un incremento respecto del año anterior cercano al 20 por ciento, y con el agravante de que de cada diez casos, cuatro de ellos eran provocados por sus propios hijos.
Gracias a la lectura que he hecho de diversos estudios, he podido deducir que las cinco principales quejas de los viejos -eufemísticamente llamados adultos mayores-, son: la despreocupación social por su salud, el abandono, la escases de centros asistenciales, el desamparo estatal y, con gran énfasis por su impacto emocional, el maltrato familiar. En Cuba, por ejemplo, de acuerdo a las estadísticas del Programa Nacional Contra la Violencia Familiar y Sexual (PNCVFS), los más relevantes victimarios son "sus propios hijos adultos con el 44.4%, los cónyuges 14.6%, pareja actual (afectivo y/o sexual) 9.7%, u otros familiares (nuera, yerno, etc.) 17%... las edades de los hijos/as agresores fluctúan entre 26 y 45 años."
Es necesario resaltar que Colombia está en un proceso de envejecimiento, acorde con una de las previsiones socio-demográficas proyectadas para los próximos años que señala un forzoso e irreversible envejecimiento de la población mundial. Por ejemplo, han venido apareciendo cifras preocupantes como las entregadas por el DANE en donde se advierte que cerca del 10 por ciento de la población de nuestro país sobrepasa los 60 años sugiriéndose la posibilidad de que en el 2050, por cada adolescente, habrá tres mayores, y estimándose que en los próximos 20 años -merced a los adelantos de la ciencia médica que ha ido reduciendo las tasas de mortalidad-, ¡los mayores de 80 años crecerán a un ritmo del 400 por ciento!
Pero sirva este abordaje a un tema de tan señalada importancia global, como lo es el de la vejez, para poner por algún momento el dedo en la llaga de una de las más salvajes injusticias originada por la enferma naturaleza humana contra este particularmente vulnerable sector de la sociedad.
Nadie puede argumentar que desconoce al menos algunos de los innumerables sufrimientos a que el irremediable destino y la implacable naturaleza conducen al hombre cuando este tiene la intrepidez, la obligación o el estoicismo de alcanzar la vejez. A ésta, su última edad, llegan en tropel toda clase de males que van desde la pérdida de control sobre lo económico, hasta su reducción a la impotencia cuando debe someterse sin opción de defensa alguna a los caprichos arbitrarios o las violencias físicas y sicológicas de quienes los rodean. Alguien hacía esta conmovedora lista de lo que con tanta frecuencia ocurre: "Apropiarse de su jubilación, sacarle créditos sin permiso, adueñarse de sus bienes, menospreciarlos, tratarlos como niños, ignorarlos, gritarles, empujarlos y hasta golpearlos y abandonarlos… y (los ancianos) callan por vergüenza o miedo".
Y es que, hay que decirlo ya y levantando la voz, que de bajezas e infamias, ninguna como la que se configura cuando se trata de la violencia física o sicológica ejercida por un hijo contra su padre. Y en este contexto hay una arista brutal cuyo nombre no es otro que el de amenaza -una criminal modalidad de la extorsión-, que el padre agredido debe tomar siempre como un peligro inminente y como la advertencia dolorosa de que el hijo o la hija que la profirió, ya no debería seguir siendo sangre de su misma sangre. El hijo que amenaza a uno de sus padres con cortarle la ayuda económica, con no visitarlo más, o con la depravada y abominable notificación de una demanda judicial, lo hace porque se siente ya habilitado y con la suficiente sangre fría para infligirle a su progenitor cualquier otro tipo de monstruosidad.
A los dos conflictos más sobresalientes en la supervivencia de numerosos hombres y mujeres de la tercera edad, cuales son el abandono y el maltrato, habría que agregársele esta nueva variante, disfrazada ella, impúdicamente, de sólo verbo, "una mera expresión", pero con nombre cierto de artefacto explosivo, amenaza, con lo cual no se está haciendo nada específico, pero se está cumpliendo el objetivo de derrumbar la moral y la tranquilidad del anciano a través del terror que le ocasiona lo que puede llegar a sucederle cuando se concrete.
La vejez, pues, amenazada por todos los flancos, y tantas y tantas veces desde sus propias entrañas.
No recuerdo ahora a quién le oí decir alguna vez que "todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo." Y Simone de Beauvoir sentenciaba: "para cada individuo la vejez comporta una degradación que él teme. La actitud más inmediata y simple es negar la vejez porque es sinónimo de enfermedades, dolor, pérdidas de fuerzas, impotencia, fealdad... "
No obstante todo lo anterior, yo jamás negaría la mía. Resignado, me las arreglaré con ella.
guribe3@gmail.com
Con todo y que ya contamos en Colombia con una Política Nacional de Envejecimiento y Vejez, hace poco, con motivo de la conmemoración del Día Mundial de Toma de Conciencia en contra del Abuso y Maltrato de la Vejez, se denunciaba la vejación y el abuso contra los ancianos como algo cada vez más común en nuestra sociedad y se mencionaban 1781 casos de violencia intrafamiliar física y sicológica contra personas mayores de 60 años ocurridos todos ellos en el 2010, con un incremento respecto del año anterior cercano al 20 por ciento, y con el agravante de que de cada diez casos, cuatro de ellos eran provocados por sus propios hijos.
Gracias a la lectura que he hecho de diversos estudios, he podido deducir que las cinco principales quejas de los viejos -eufemísticamente llamados adultos mayores-, son: la despreocupación social por su salud, el abandono, la escases de centros asistenciales, el desamparo estatal y, con gran énfasis por su impacto emocional, el maltrato familiar. En Cuba, por ejemplo, de acuerdo a las estadísticas del Programa Nacional Contra la Violencia Familiar y Sexual (PNCVFS), los más relevantes victimarios son "sus propios hijos adultos con el 44.4%, los cónyuges 14.6%, pareja actual (afectivo y/o sexual) 9.7%, u otros familiares (nuera, yerno, etc.) 17%... las edades de los hijos/as agresores fluctúan entre 26 y 45 años."
Es necesario resaltar que Colombia está en un proceso de envejecimiento, acorde con una de las previsiones socio-demográficas proyectadas para los próximos años que señala un forzoso e irreversible envejecimiento de la población mundial. Por ejemplo, han venido apareciendo cifras preocupantes como las entregadas por el DANE en donde se advierte que cerca del 10 por ciento de la población de nuestro país sobrepasa los 60 años sugiriéndose la posibilidad de que en el 2050, por cada adolescente, habrá tres mayores, y estimándose que en los próximos 20 años -merced a los adelantos de la ciencia médica que ha ido reduciendo las tasas de mortalidad-, ¡los mayores de 80 años crecerán a un ritmo del 400 por ciento!
Pero sirva este abordaje a un tema de tan señalada importancia global, como lo es el de la vejez, para poner por algún momento el dedo en la llaga de una de las más salvajes injusticias originada por la enferma naturaleza humana contra este particularmente vulnerable sector de la sociedad.
Nadie puede argumentar que desconoce al menos algunos de los innumerables sufrimientos a que el irremediable destino y la implacable naturaleza conducen al hombre cuando este tiene la intrepidez, la obligación o el estoicismo de alcanzar la vejez. A ésta, su última edad, llegan en tropel toda clase de males que van desde la pérdida de control sobre lo económico, hasta su reducción a la impotencia cuando debe someterse sin opción de defensa alguna a los caprichos arbitrarios o las violencias físicas y sicológicas de quienes los rodean. Alguien hacía esta conmovedora lista de lo que con tanta frecuencia ocurre: "Apropiarse de su jubilación, sacarle créditos sin permiso, adueñarse de sus bienes, menospreciarlos, tratarlos como niños, ignorarlos, gritarles, empujarlos y hasta golpearlos y abandonarlos… y (los ancianos) callan por vergüenza o miedo".
Y es que, hay que decirlo ya y levantando la voz, que de bajezas e infamias, ninguna como la que se configura cuando se trata de la violencia física o sicológica ejercida por un hijo contra su padre. Y en este contexto hay una arista brutal cuyo nombre no es otro que el de amenaza -una criminal modalidad de la extorsión-, que el padre agredido debe tomar siempre como un peligro inminente y como la advertencia dolorosa de que el hijo o la hija que la profirió, ya no debería seguir siendo sangre de su misma sangre. El hijo que amenaza a uno de sus padres con cortarle la ayuda económica, con no visitarlo más, o con la depravada y abominable notificación de una demanda judicial, lo hace porque se siente ya habilitado y con la suficiente sangre fría para infligirle a su progenitor cualquier otro tipo de monstruosidad.
A los dos conflictos más sobresalientes en la supervivencia de numerosos hombres y mujeres de la tercera edad, cuales son el abandono y el maltrato, habría que agregársele esta nueva variante, disfrazada ella, impúdicamente, de sólo verbo, "una mera expresión", pero con nombre cierto de artefacto explosivo, amenaza, con lo cual no se está haciendo nada específico, pero se está cumpliendo el objetivo de derrumbar la moral y la tranquilidad del anciano a través del terror que le ocasiona lo que puede llegar a sucederle cuando se concrete.
La vejez, pues, amenazada por todos los flancos, y tantas y tantas veces desde sus propias entrañas.
No recuerdo ahora a quién le oí decir alguna vez que "todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo." Y Simone de Beauvoir sentenciaba: "para cada individuo la vejez comporta una degradación que él teme. La actitud más inmediata y simple es negar la vejez porque es sinónimo de enfermedades, dolor, pérdidas de fuerzas, impotencia, fealdad... "
No obstante todo lo anterior, yo jamás negaría la mía. Resignado, me las arreglaré con ella.
domingo, 12 de junio de 2011
La prensa globalizada en entredicho
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Si algo ha venido diluyéndose a una velocidad vertiginosa en el entorno de nuestras vidas, ello es la fidelidad a la verdad, particularmente por parte de quienes ejercen la función de informar, es decir, por parte de los periodistas que son los verdaderos proveedores de noticias en el espectro mediático que hoy por hoy está alcanzando la categoría de poder definitorio en la sociedad de estos comienzos del siglo XXI.
La globalización le ha insuflado una vida tan irresistiblemente dinámica a los medios de comunicación y le viene aportando un impulso tan arrollador y sorprendente, que hace de estos ya no un cuarto sino casi un primer poder, extremadamente peligroso si se observa que ha inspirado al cada vez más reducido número de poderosos propietarios de medios a construir primero, y luego a creerse, un contenido informativo que asimilan como la única verdad de la que disponen pueblos y gobiernos para encauzar sus vidas, sus políticas y su futuro.
Es probablemente un nostálgico pero condenable retorno a la época aristocrática griega durante la cual eran los poderosos quienes determinaban en donde estaba lo verdadero, y en donde lo falso.
Juan Linares, en Semana.com (04/03/2011), nos pinta un cuadro estremecedor aunque fidedigno al respecto:
"Así el periodismo, que antes era una especie de servicio social, hoy defiende al capitalismo globalizado a través de siete grupos multimedia que controlan el 70% de los medios de comunicación mundial. Estas siete corporaciones: Fox News, Time Warner, Disney, Sony, Bertelsmann, Viacom y General Electric, controlan la TV, los satélites, las agencias de noticias, las revistas, las radios, los periódicos, las editoriales, la producción cinematográfica, la conexión a Internet, la distribución de películas, etc. Estos siete fantásticos son los que marcan la agenda de la guerra o de la paz en los países petroleros, les dictan las “nuevas ideas” a nuestros gobernantes e imponen sus valores culturales a nuestros pueblos."
Para muestra, el más reciente botón: Libia. Y los botones que seguramente vendrán: Siria, Irán, Yemen, Pakistán, ¿Venezuela?.
Y el mismo Linares, haciendo mención al tema de verdad y periodismo, dice que la verdad es la " piedra fundacional sobre la cual se asienta el periodismo". Debió decir más bien "sobre la cual está obligado a asentarse el periodismo", puesto que más adelante puntualiza que esa "verdad" periodística pertenece "al censo de las palabras sospechosas", dicho por nosotros ahora, no solamente sospechosa, sino difusa y desteñida y en un alto porcentaje simplemente desaparecida.
Si tenemos en cuenta la definición -muy aproximada- de objetividad periodística como aquella coincidencia entre la realidad y su escrupulosa descripción, sabemos de antemano que estamos hablando de materia extraña a los mandamases de los medios y sus subalternos comunicadores, porque mientras estos continúen aferrados a la práctica de la interpretación como la regla que domina la información, ni la sinceridad, ni la objetividad, ni el derecho a las noticias veraces, ni el interés de la comunidad, podrán salir bien librados.
Alguien hablaba recientemente de los riesgos que corría la prensa no tanto por los avances de la Internet que viene engulléndolo y agitándolo todo, como por la insistencia para que la objetividad -reclamo medular en este tema- permanezca como el prurito de la misión periodística. Decía el extravagante aunque gracioso analista que la objetividad hacía del periodismo algo vacío y frio, restándole la pasión innata al vértigo noticioso y dejando a los diarios y a los medios en general "sin sangre y sin alma". Vaya, vaya, manera desvergonzada ésta de buscar rentabilidad en un trueque entre el uso y abuso de la verdad y el rating o las tiradas millonarias que generen espléndidos beneficios económicos a los patrones y "señores" de la industria mediática.
Habría que notificarlo de una vez: la verdadera enfermedad del periodismo contemporáneo no es el manipuleo que se permite "sufrir" por parte de las ideologías. Ni tampoco de manera exclusiva su rendida pleitesía al poder político y a las recurrentes "versiones oficiales". Ni su alienación en los rendimientos económicos. Ni siquiera sus turbios conceptos éticos. Ni la sobradez con la que a menudo se muestra fungiendo como la dueña y señora de la "verdad" -su verdad, sí, en su delirio quizás, pero no la verdad nuestra- que, poco a poco y de manera casi imperceptible, ha venido convirtiendo en propiedad privada.
No. La verdadera enfermedad del periodismo de nuestros días es su desprecio por la objetividad.
Pienso que lo único que puede hacer prevalecer la verdad y rendirle tributo a la objetividad en el fangoso mundo actual del imperio y la tiranía mediática, es la pasión amorosa -personal e individual- por el periodismo y el culto por su función social que seguramente anida en el alma y la inteligencia de numerosos honestos periodistas dispersos ellos por todo el el mundo.
Finalmente, "entredicho", dice el Diccionario de la lengua española, Wordreference, uno de los más visitados de la Internet, es la "duda que recae sobre algo o alguien, especialmente sobre su honradez o veracidad". He allí descrito en dos términos críticos mi punto de vista sobre la actual supremacía mediática, engendrada por la inagotable audacia del capitalismo y convenientemente globalizada para favorecer sus intereses.
guribe3@gmail.com
Si algo ha venido diluyéndose a una velocidad vertiginosa en el entorno de nuestras vidas, ello es la fidelidad a la verdad, particularmente por parte de quienes ejercen la función de informar, es decir, por parte de los periodistas que son los verdaderos proveedores de noticias en el espectro mediático que hoy por hoy está alcanzando la categoría de poder definitorio en la sociedad de estos comienzos del siglo XXI.
La globalización le ha insuflado una vida tan irresistiblemente dinámica a los medios de comunicación y le viene aportando un impulso tan arrollador y sorprendente, que hace de estos ya no un cuarto sino casi un primer poder, extremadamente peligroso si se observa que ha inspirado al cada vez más reducido número de poderosos propietarios de medios a construir primero, y luego a creerse, un contenido informativo que asimilan como la única verdad de la que disponen pueblos y gobiernos para encauzar sus vidas, sus políticas y su futuro.
Es probablemente un nostálgico pero condenable retorno a la época aristocrática griega durante la cual eran los poderosos quienes determinaban en donde estaba lo verdadero, y en donde lo falso.
Juan Linares, en Semana.com (04/03/2011), nos pinta un cuadro estremecedor aunque fidedigno al respecto:
"Así el periodismo, que antes era una especie de servicio social, hoy defiende al capitalismo globalizado a través de siete grupos multimedia que controlan el 70% de los medios de comunicación mundial. Estas siete corporaciones: Fox News, Time Warner, Disney, Sony, Bertelsmann, Viacom y General Electric, controlan la TV, los satélites, las agencias de noticias, las revistas, las radios, los periódicos, las editoriales, la producción cinematográfica, la conexión a Internet, la distribución de películas, etc. Estos siete fantásticos son los que marcan la agenda de la guerra o de la paz en los países petroleros, les dictan las “nuevas ideas” a nuestros gobernantes e imponen sus valores culturales a nuestros pueblos."
Para muestra, el más reciente botón: Libia. Y los botones que seguramente vendrán: Siria, Irán, Yemen, Pakistán, ¿Venezuela?.
Y el mismo Linares, haciendo mención al tema de verdad y periodismo, dice que la verdad es la " piedra fundacional sobre la cual se asienta el periodismo". Debió decir más bien "sobre la cual está obligado a asentarse el periodismo", puesto que más adelante puntualiza que esa "verdad" periodística pertenece "al censo de las palabras sospechosas", dicho por nosotros ahora, no solamente sospechosa, sino difusa y desteñida y en un alto porcentaje simplemente desaparecida.
Si tenemos en cuenta la definición -muy aproximada- de objetividad periodística como aquella coincidencia entre la realidad y su escrupulosa descripción, sabemos de antemano que estamos hablando de materia extraña a los mandamases de los medios y sus subalternos comunicadores, porque mientras estos continúen aferrados a la práctica de la interpretación como la regla que domina la información, ni la sinceridad, ni la objetividad, ni el derecho a las noticias veraces, ni el interés de la comunidad, podrán salir bien librados.
Alguien hablaba recientemente de los riesgos que corría la prensa no tanto por los avances de la Internet que viene engulléndolo y agitándolo todo, como por la insistencia para que la objetividad -reclamo medular en este tema- permanezca como el prurito de la misión periodística. Decía el extravagante aunque gracioso analista que la objetividad hacía del periodismo algo vacío y frio, restándole la pasión innata al vértigo noticioso y dejando a los diarios y a los medios en general "sin sangre y sin alma". Vaya, vaya, manera desvergonzada ésta de buscar rentabilidad en un trueque entre el uso y abuso de la verdad y el rating o las tiradas millonarias que generen espléndidos beneficios económicos a los patrones y "señores" de la industria mediática.
Habría que notificarlo de una vez: la verdadera enfermedad del periodismo contemporáneo no es el manipuleo que se permite "sufrir" por parte de las ideologías. Ni tampoco de manera exclusiva su rendida pleitesía al poder político y a las recurrentes "versiones oficiales". Ni su alienación en los rendimientos económicos. Ni siquiera sus turbios conceptos éticos. Ni la sobradez con la que a menudo se muestra fungiendo como la dueña y señora de la "verdad" -su verdad, sí, en su delirio quizás, pero no la verdad nuestra- que, poco a poco y de manera casi imperceptible, ha venido convirtiendo en propiedad privada.
No. La verdadera enfermedad del periodismo de nuestros días es su desprecio por la objetividad.
Pienso que lo único que puede hacer prevalecer la verdad y rendirle tributo a la objetividad en el fangoso mundo actual del imperio y la tiranía mediática, es la pasión amorosa -personal e individual- por el periodismo y el culto por su función social que seguramente anida en el alma y la inteligencia de numerosos honestos periodistas dispersos ellos por todo el el mundo.
Finalmente, "entredicho", dice el Diccionario de la lengua española, Wordreference, uno de los más visitados de la Internet, es la "duda que recae sobre algo o alguien, especialmente sobre su honradez o veracidad". He allí descrito en dos términos críticos mi punto de vista sobre la actual supremacía mediática, engendrada por la inagotable audacia del capitalismo y convenientemente globalizada para favorecer sus intereses.
domingo, 22 de mayo de 2011
Los absurdos de la corrupción en Colombia
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
No es una afirmación temeraria. Es una verdad irrebatible. Nunca, como en la época de Uribe Vélez entre los años 2002 y 2010, se había visto en Colombia una disparada semejante de corrupción y bandidaje en la clase política y congresional, en funcionarios gubernamentales de todos los niveles, en el mundo empresarial y en algunos casos de potentados del sector privado, particularmente aquellos cercanos al campo. Es cierto que la corrupción siempre ha campeado en estas tierras desde la conquista y la colonización españolas, pero a ritmo tan acelerado, con tanta frescura e impudicia, por tales montos y a tan variados niveles, nunca.
¡Y eso que hasta ahora están comenzando a despuntar los hedores heredados de aquel insólito gobierno¡
Por ello, como la corrupción reina ahora con más fuerza -¡y tan campante y airosa y soberbia¡-, a todo lo largo y ancho de nuestra querida Colombia, y en vez de disminuir, crece como espuma, no pude contenerme y decidí volver sobre un texto de 2004 el cual cobra plena vigencia por estos días en que los carteles de la contratación, las pirámides, las "chuzadas" ejecutadas por el órgano de Inteligencia del Presidente Uribe, las desmovilizaciones mentirosas, las recompensas y sus consecuentes "falsos positivos", la "Protección Social" y su siniestro cartel de la salud, los AIS y los carruseles, entre otras modalidades, son la torturante comidilla diaria en costureros, salas de redacción, tertulias, Fiscalía, Cortes y juzgados.
Decía entonces, y lo hago válido para hoy, que la falta de escrúpulo individual ha llegado tan lejos, entronizándose y encumbrándose, que en la jerga popular ya es corriente afirmar que fulano de tal es más o menos honesto. Y, señores -¡vaya asombro!-, créanme que esta apreciación se ha convertido en un pasaporte válido para otorgarle crédito, extenderle un certificado de confiabilidad al fulano y hacer negocios con él, o al menos, no tacharlo de corrupto... totalmente.
¿Quién iba a vislumbrar que en este estado de degradación al que ha llegado la sociedad colombiana, lo exigible no son el decoro y la probidad, sino el más o menos serlo? ¿Y que tengamos que recurrir a los más o menos para poder confiar en alguien? Y el resto de lo que otrora fueran virtudes, deberes y preceptos, también se ha venido a pique puesto que por estos desdichados días nos vemos precisados, mejor, constreñidos, a preferir, en todo, a los más o menos.
Son los más o menos justos, decentes, honrados, leales, sinceros, rectos y trasparentes, los que nos dan en períodos como estos la única, o si no la única, al menos la más fiable alternativa para cualquier negocio o trato. Ya se convirtieron en una especie en vía de extinción los simple o cabalmente justos, decentes, honrados, leales, sinceros, y rectos y transparentes. Así las cosas, pues, tendremos que irnos aclimatando a la tibieza bochornosa del rubor, dada la infeliz circunstancia forzosa de tener que recurrir a estos nefastos más o menos, antes de que se impongan del todo, generalizados y sin remedio, los simple o totalmente injustos, indecentes, holgazanes, pícaros, desleales, falsos, hipócritas, torcidos y tenebrosos, y nos toque perecer inexorablemente y para siempre bajo la avilantez de sus garras.
A eso hemos llegado en estos tiempos de liviandad en las virtudes, en que el agrietamiento de la ética, la moral y el pudor consienten que tantos bribones y bellacos pacen impacientes atragantándose con el erario o con no importa cuál economía pública, privada o personal. Y, no obstante que los vemos, les permitimos descollar arrogantes y arrolladores en nuestro entorno social. No es preciso esforzarnos demasiado. Miremos de frente o miremos de lado, o incluso miremos para atrás, y ahí están, muy cerca de nosotros, rozagantes y afectuosos y serviles, con su maloliente tufillo de viciosos del negocio y sus utilidades, emboscándonos con su costoso timo.
Y es que a estos más o menos, querámoslo o no, hemos de toparlos por ahí, en cualquier parte, porque ya son legión y han adquirido status.
Ya se acercan, con toda la celeridad que les genera su colosal ambición, a instituirse en una inusitada normalidad, aprovechándose del carácter débil de los ilusos y los sanos y de la condición de enferma vergonzante de las actuales costumbres. Brotan por doquier cada vez más insaciables. Sus espléndidos dividendos y la desenvoltura con que los alcanzan, hacen de ellos unos verdaderos prestidigitadores de la trampa y la perfidia.
Será que para sacudirnos un poco y aliviar un tanto la pesada carga de la inmoralidad que nos carcome, estamos en la imperiosa necesidad de ajustarnos a la histórica doctrina del expresidente Turbay admitiendo de una vez por todas a la corrupción, ¿pero "en sus justas proporciones"?
¡Ah! Estos más o menos… Con razón se dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey…
guribe3@gmail.com
No es una afirmación temeraria. Es una verdad irrebatible. Nunca, como en la época de Uribe Vélez entre los años 2002 y 2010, se había visto en Colombia una disparada semejante de corrupción y bandidaje en la clase política y congresional, en funcionarios gubernamentales de todos los niveles, en el mundo empresarial y en algunos casos de potentados del sector privado, particularmente aquellos cercanos al campo. Es cierto que la corrupción siempre ha campeado en estas tierras desde la conquista y la colonización españolas, pero a ritmo tan acelerado, con tanta frescura e impudicia, por tales montos y a tan variados niveles, nunca.
¡Y eso que hasta ahora están comenzando a despuntar los hedores heredados de aquel insólito gobierno¡
Por ello, como la corrupción reina ahora con más fuerza -¡y tan campante y airosa y soberbia¡-, a todo lo largo y ancho de nuestra querida Colombia, y en vez de disminuir, crece como espuma, no pude contenerme y decidí volver sobre un texto de 2004 el cual cobra plena vigencia por estos días en que los carteles de la contratación, las pirámides, las "chuzadas" ejecutadas por el órgano de Inteligencia del Presidente Uribe, las desmovilizaciones mentirosas, las recompensas y sus consecuentes "falsos positivos", la "Protección Social" y su siniestro cartel de la salud, los AIS y los carruseles, entre otras modalidades, son la torturante comidilla diaria en costureros, salas de redacción, tertulias, Fiscalía, Cortes y juzgados.
Decía entonces, y lo hago válido para hoy, que la falta de escrúpulo individual ha llegado tan lejos, entronizándose y encumbrándose, que en la jerga popular ya es corriente afirmar que fulano de tal es más o menos honesto. Y, señores -¡vaya asombro!-, créanme que esta apreciación se ha convertido en un pasaporte válido para otorgarle crédito, extenderle un certificado de confiabilidad al fulano y hacer negocios con él, o al menos, no tacharlo de corrupto... totalmente.
¿Quién iba a vislumbrar que en este estado de degradación al que ha llegado la sociedad colombiana, lo exigible no son el decoro y la probidad, sino el más o menos serlo? ¿Y que tengamos que recurrir a los más o menos para poder confiar en alguien? Y el resto de lo que otrora fueran virtudes, deberes y preceptos, también se ha venido a pique puesto que por estos desdichados días nos vemos precisados, mejor, constreñidos, a preferir, en todo, a los más o menos.
Son los más o menos justos, decentes, honrados, leales, sinceros, rectos y trasparentes, los que nos dan en períodos como estos la única, o si no la única, al menos la más fiable alternativa para cualquier negocio o trato. Ya se convirtieron en una especie en vía de extinción los simple o cabalmente justos, decentes, honrados, leales, sinceros, y rectos y transparentes. Así las cosas, pues, tendremos que irnos aclimatando a la tibieza bochornosa del rubor, dada la infeliz circunstancia forzosa de tener que recurrir a estos nefastos más o menos, antes de que se impongan del todo, generalizados y sin remedio, los simple o totalmente injustos, indecentes, holgazanes, pícaros, desleales, falsos, hipócritas, torcidos y tenebrosos, y nos toque perecer inexorablemente y para siempre bajo la avilantez de sus garras.
A eso hemos llegado en estos tiempos de liviandad en las virtudes, en que el agrietamiento de la ética, la moral y el pudor consienten que tantos bribones y bellacos pacen impacientes atragantándose con el erario o con no importa cuál economía pública, privada o personal. Y, no obstante que los vemos, les permitimos descollar arrogantes y arrolladores en nuestro entorno social. No es preciso esforzarnos demasiado. Miremos de frente o miremos de lado, o incluso miremos para atrás, y ahí están, muy cerca de nosotros, rozagantes y afectuosos y serviles, con su maloliente tufillo de viciosos del negocio y sus utilidades, emboscándonos con su costoso timo.
Y es que a estos más o menos, querámoslo o no, hemos de toparlos por ahí, en cualquier parte, porque ya son legión y han adquirido status.
Ya se acercan, con toda la celeridad que les genera su colosal ambición, a instituirse en una inusitada normalidad, aprovechándose del carácter débil de los ilusos y los sanos y de la condición de enferma vergonzante de las actuales costumbres. Brotan por doquier cada vez más insaciables. Sus espléndidos dividendos y la desenvoltura con que los alcanzan, hacen de ellos unos verdaderos prestidigitadores de la trampa y la perfidia.
Será que para sacudirnos un poco y aliviar un tanto la pesada carga de la inmoralidad que nos carcome, estamos en la imperiosa necesidad de ajustarnos a la histórica doctrina del expresidente Turbay admitiendo de una vez por todas a la corrupción, ¿pero "en sus justas proporciones"?
¡Ah! Estos más o menos… Con razón se dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey…
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