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Fue un humorista esencialmente político a quien la política nunca dejó de darle "papaya". Y de qué manera con sus memorables gracejos supo aprovecharse de ello.
El viernes 13 de agosto de 1999, cuando el reloj marcaba las 6 y 19 de la mañana, se anunciaba por la TV y la radio el asesinato de Jaime Garzón por parte de dos sicarios en moto. Con sus 38 años no sólo era en ese momento el mejor humorista colombiano y un brillante analista político, sino alguien entregado a un activismo sincero y noble en aras de la paz.
El país, con razón, se consternó. Perdíamos al más lúcido e ingenioso crítico, a alguien que con su talentosa chispa y un nivel intelectual bien forjado, haciéndonos reír, nos ponía a pensar. Y haciéndonos pensar, nos deslizaba veladamente por entre el tobogán de las carcajadas hasta depositarnos en un terreno en donde nuestra condición se revelaba como indolente, cómplice y autora de nuestra propia desgracia.
No dejó en este país de violentos, corruptos, aprovechadores y asesinos, títere con cabeza. A cada cual, así fuese su amigo, le cantó su verdad, evidencia en mano. Y si estos eran presidentes, o ministros, o dirigentes políticos, o intocables "cacaos", o militares y policías, o embajadores, mejor. Sólo que lo hacía de una manera tan simpática y seductora, que fue perdonado, admitido y asimilado por casi todos ellos quienes, honesta o maliciosamente, resolvieron acercarlo más, ser, en últimas, sus mejores "amigos".
¡Más valía!
Sin embargo, a estas alturas en que nada cierto se sabe respecto del crimen, cómo, se pregunta uno, ¿un desquiciado personaje de esos, un notable entre comillas, un corrupto con negrita, criticado y enjuiciado por él, no pudo haber sido el autor intelectual de su vil asesinato?
Porque es que no solamente mata quien dispara, también mata quien no previene el disparo.