Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com26 mujeres congresistas de diversas tendencias culturales, religiosas, políticas e ideológicas, algunas de ellas de armas tomar, resolvieron unificar esfuerzos alrededor de sus desasosiegos -netamente femeninos- elevando una audaz propuesta que, en apariencia, muy pronto podría terminar siendo una rígida ley de la República.

La cárcel, pues, adviertieron estas decididas señoras en el más publicitado y candente de los diversos y muy serios puntos del proyecto, para aquellos que desplieguen sobre ellas -las mujeres todas- su prepotencia en el no siempre sano o romántico vicio de corretear a las damas confundiéndolas o desestabilizándolas, al tiempo que, probablemente en el intento de moverles el piso, desafían y a veces violan su justo derecho a vivir en paz y libres en medio de sus muy respetables y eclécticos deseos.
La iniciativa, que avanzó un buen trecho como quiera que pendía de tan sólo dos debates para su definitiva "coronación", conllevaba, no obstante, un peligroso ingrediente. De lo que hasta ahora se conoce, únicamente se puede colegir, para que ésta sea entendible y acertada, que se refiere a casos agravados, porque de lo contrario un azaroso camino hacia los grillos, las cadenas, los barrotes y las "esposas" se abre para aquellos juglares que por miles y millones revolotean a su alrededor desde las zarzas de la pleitesía, la avidez comprensible o la simple sana admiración.
Ojo, pues, príncipes del piropo que entonando toda clase de requiebros, galanterías , madrigales y, en fin, halagos multicolores, numerosos de ellos encarnación del incontenible deseo sexual, y otros, meras lisonjas nacidas del impulso de la rendición admirativa, y sin más poder dañino que el que pueda hacerle el pétalo de una rosa al esculpido cuerpo de una hermosa mujer, pueden terminar tras las rejas.
Porque es que ni el más sabio de los jueces, ni el más intrépido de los magos, podría estar seguro cuando al poder de su juicio o su prodigio llegue el alegato que lo constriña a dirimir entre lo que no es más que un recto coqueteo de algún inspirado locuaz o el arrebato carnal de algún loco desesperado que ante la tentación se deshace de la razón para abrirle camino al acoso sexual.
Por lo tanto, el temor por los fallos no siempre justos que necesariamente vendrán a causa de la nebulosidad y la finura de esta temible frontera, amaga por hacer desaparecer una milenaria costumbre de los hombres con unas consecuencias terribles: el fin de los piropos.
Todo indica que sus días están contados y su destino fatal será el de envejecer y morir tras los fríos e inhóspitos barrotes de una cárcel
El "adiós mamacita" ha llegado a su fin.