Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Si algo ha venido diluyéndose a una velocidad vertiginosa en el entorno de nuestras vidas, ello es la fidelidad a la verdad, particularmente por parte de quienes ejercen la función de informar, es decir, por parte de los periodistas que son los verdaderos proveedores de noticias en el espectro mediático que hoy por hoy está alcanzando la categoría de poder definitorio en la sociedad de estos comienzos del siglo XXI.
La globalización le ha insuflado una vida tan irresistiblemente dinámica a los medios de comunicación y le viene aportando un impulso tan arrollador y sorprendente, que hace de estos ya no un cuarto sino casi un primer poder, extremadamente peligroso si se observa que ha inspirado al cada vez más reducido número de poderosos propietarios de medios a construir primero, y luego a creerse, un contenido informativo que asimilan como la única verdad de la que disponen pueblos y gobiernos para encauzar sus vidas, sus políticas y su futuro.
Es probablemente un nostálgico pero condenable retorno a la época aristocrática griega durante la cual eran los poderosos quienes determinaban en donde estaba lo verdadero, y en donde lo falso.
Juan Linares, en Semana.com (04/03/2011), nos pinta un cuadro estremecedor aunque fidedigno al respecto:
"Así el periodismo, que antes era una especie de servicio social, hoy defiende al capitalismo globalizado a través de siete grupos multimedia que controlan el 70% de los medios de comunicación mundial. Estas siete corporaciones: Fox News, Time Warner, Disney, Sony, Bertelsmann, Viacom y General Electric, controlan la TV, los satélites, las agencias de noticias, las revistas, las radios, los periódicos, las editoriales, la producción cinematográfica, la conexión a Internet, la distribución de películas, etc. Estos siete fantásticos son los que marcan la agenda de la guerra o de la paz en los países petroleros, les dictan las “nuevas ideas” a nuestros gobernantes e imponen sus valores culturales a nuestros pueblos."
Para muestra, el más reciente botón: Libia. Y los botones que seguramente vendrán: Siria, Irán, Yemen, Pakistán, ¿Venezuela?.
Y el mismo Linares, haciendo mención al tema de verdad y periodismo, dice que la verdad es la " piedra fundacional sobre la cual se asienta el periodismo". Debió decir más bien "sobre la cual está obligado a asentarse el periodismo", puesto que más adelante puntualiza que esa "verdad" periodística pertenece "al censo de las palabras sospechosas", dicho por nosotros ahora, no solamente sospechosa, sino difusa y desteñida y en un alto porcentaje simplemente desaparecida.
Si tenemos en cuenta la definición -muy aproximada- de objetividad periodística como aquella coincidencia entre la realidad y su escrupulosa descripción, sabemos de antemano que estamos hablando de materia extraña a los mandamases de los medios y sus subalternos comunicadores, porque mientras estos continúen aferrados a la práctica de la interpretación como la regla que domina la información, ni la sinceridad, ni la objetividad, ni el derecho a las noticias veraces, ni el interés de la comunidad, podrán salir bien librados.
Alguien hablaba recientemente de los riesgos que corría la prensa no tanto por los avances de la Internet que viene engulléndolo y agitándolo todo, como por la insistencia para que la objetividad -reclamo medular en este tema- permanezca como el prurito de la misión periodística. Decía el extravagante aunque gracioso analista que la objetividad hacía del periodismo algo vacío y frio, restándole la pasión innata al vértigo noticioso y dejando a los diarios y a los medios en general "sin sangre y sin alma". Vaya, vaya, manera desvergonzada ésta de buscar rentabilidad en un trueque entre el uso y abuso de la verdad y el rating o las tiradas millonarias que generen espléndidos beneficios económicos a los patrones y "señores" de la industria mediática.
Habría que notificarlo de una vez: la verdadera enfermedad del periodismo contemporáneo no es el manipuleo que se permite "sufrir" por parte de las ideologías. Ni tampoco de manera exclusiva su rendida pleitesía al poder político y a las recurrentes "versiones oficiales". Ni su alienación en los rendimientos económicos. Ni siquiera sus turbios conceptos éticos. Ni la sobradez con la que a menudo se muestra fungiendo como la dueña y señora de la "verdad" -su verdad, sí, en su delirio quizás, pero no la verdad nuestra- que, poco a poco y de manera casi imperceptible, ha venido convirtiendo en propiedad privada.
No. La verdadera enfermedad del periodismo de nuestros días es su desprecio por la objetividad.
Pienso que lo único que puede hacer prevalecer la verdad y rendirle tributo a la objetividad en el fangoso mundo actual del imperio y la tiranía mediática, es la pasión amorosa -personal e individual- por el periodismo y el culto por su función social que seguramente anida en el alma y la inteligencia de numerosos honestos periodistas dispersos ellos por todo el el mundo.
Finalmente, "entredicho", dice el Diccionario de la lengua española, Wordreference, uno de los más visitados de la Internet, es la "duda que recae sobre algo o alguien, especialmente sobre su honradez o veracidad". He allí descrito en dos términos críticos mi punto de vista sobre la actual supremacía mediática, engendrada por la inagotable audacia del capitalismo y convenientemente globalizada para favorecer sus intereses.
Pretendo con este blog reunir una serie de textos que terminen conformando el que yo pienso será el último de mis libros: PRECISIONES. En él intento plasmar mi libre criterio sobre aquellos temas que me han provocado rabia o amor en medio de arrolladores sentimientos, sentimientos éstos que desde siempre sólo he logrado sosegar a través de la escritura. Lo asumiré pues como si fuera una cámara de video con la cual captar descarnadamente el mundo tal como yo lo veo, lo vivo, lo sufro o lo gozo.
domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
Los absurdos de la corrupción en Colombia
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
No es una afirmación temeraria. Es una verdad irrebatible. Nunca, como en la época de Uribe Vélez entre los años 2002 y 2010, se había visto en Colombia una disparada semejante de corrupción y bandidaje en la clase política y congresional, en funcionarios gubernamentales de todos los niveles, en el mundo empresarial y en algunos casos de potentados del sector privado, particularmente aquellos cercanos al campo. Es cierto que la corrupción siempre ha campeado en estas tierras desde la conquista y la colonización españolas, pero a ritmo tan acelerado, con tanta frescura e impudicia, por tales montos y a tan variados niveles, nunca.
¡Y eso que hasta ahora están comenzando a despuntar los hedores heredados de aquel insólito gobierno¡
Por ello, como la corrupción reina ahora con más fuerza -¡y tan campante y airosa y soberbia¡-, a todo lo largo y ancho de nuestra querida Colombia, y en vez de disminuir, crece como espuma, no pude contenerme y decidí volver sobre un texto de 2004 el cual cobra plena vigencia por estos días en que los carteles de la contratación, las pirámides, las "chuzadas" ejecutadas por el órgano de Inteligencia del Presidente Uribe, las desmovilizaciones mentirosas, las recompensas y sus consecuentes "falsos positivos", la "Protección Social" y su siniestro cartel de la salud, los AIS y los carruseles, entre otras modalidades, son la torturante comidilla diaria en costureros, salas de redacción, tertulias, Fiscalía, Cortes y juzgados.
Decía entonces, y lo hago válido para hoy, que la falta de escrúpulo individual ha llegado tan lejos, entronizándose y encumbrándose, que en la jerga popular ya es corriente afirmar que fulano de tal es más o menos honesto. Y, señores -¡vaya asombro!-, créanme que esta apreciación se ha convertido en un pasaporte válido para otorgarle crédito, extenderle un certificado de confiabilidad al fulano y hacer negocios con él, o al menos, no tacharlo de corrupto... totalmente.
¿Quién iba a vislumbrar que en este estado de degradación al que ha llegado la sociedad colombiana, lo exigible no son el decoro y la probidad, sino el más o menos serlo? ¿Y que tengamos que recurrir a los más o menos para poder confiar en alguien? Y el resto de lo que otrora fueran virtudes, deberes y preceptos, también se ha venido a pique puesto que por estos desdichados días nos vemos precisados, mejor, constreñidos, a preferir, en todo, a los más o menos.
Son los más o menos justos, decentes, honrados, leales, sinceros, rectos y trasparentes, los que nos dan en períodos como estos la única, o si no la única, al menos la más fiable alternativa para cualquier negocio o trato. Ya se convirtieron en una especie en vía de extinción los simple o cabalmente justos, decentes, honrados, leales, sinceros, y rectos y transparentes. Así las cosas, pues, tendremos que irnos aclimatando a la tibieza bochornosa del rubor, dada la infeliz circunstancia forzosa de tener que recurrir a estos nefastos más o menos, antes de que se impongan del todo, generalizados y sin remedio, los simple o totalmente injustos, indecentes, holgazanes, pícaros, desleales, falsos, hipócritas, torcidos y tenebrosos, y nos toque perecer inexorablemente y para siempre bajo la avilantez de sus garras.
A eso hemos llegado en estos tiempos de liviandad en las virtudes, en que el agrietamiento de la ética, la moral y el pudor consienten que tantos bribones y bellacos pacen impacientes atragantándose con el erario o con no importa cuál economía pública, privada o personal. Y, no obstante que los vemos, les permitimos descollar arrogantes y arrolladores en nuestro entorno social. No es preciso esforzarnos demasiado. Miremos de frente o miremos de lado, o incluso miremos para atrás, y ahí están, muy cerca de nosotros, rozagantes y afectuosos y serviles, con su maloliente tufillo de viciosos del negocio y sus utilidades, emboscándonos con su costoso timo.
Y es que a estos más o menos, querámoslo o no, hemos de toparlos por ahí, en cualquier parte, porque ya son legión y han adquirido status.
Ya se acercan, con toda la celeridad que les genera su colosal ambición, a instituirse en una inusitada normalidad, aprovechándose del carácter débil de los ilusos y los sanos y de la condición de enferma vergonzante de las actuales costumbres. Brotan por doquier cada vez más insaciables. Sus espléndidos dividendos y la desenvoltura con que los alcanzan, hacen de ellos unos verdaderos prestidigitadores de la trampa y la perfidia.
Será que para sacudirnos un poco y aliviar un tanto la pesada carga de la inmoralidad que nos carcome, estamos en la imperiosa necesidad de ajustarnos a la histórica doctrina del expresidente Turbay admitiendo de una vez por todas a la corrupción, ¿pero "en sus justas proporciones"?
¡Ah! Estos más o menos… Con razón se dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey…
guribe3@gmail.com
No es una afirmación temeraria. Es una verdad irrebatible. Nunca, como en la época de Uribe Vélez entre los años 2002 y 2010, se había visto en Colombia una disparada semejante de corrupción y bandidaje en la clase política y congresional, en funcionarios gubernamentales de todos los niveles, en el mundo empresarial y en algunos casos de potentados del sector privado, particularmente aquellos cercanos al campo. Es cierto que la corrupción siempre ha campeado en estas tierras desde la conquista y la colonización españolas, pero a ritmo tan acelerado, con tanta frescura e impudicia, por tales montos y a tan variados niveles, nunca.
¡Y eso que hasta ahora están comenzando a despuntar los hedores heredados de aquel insólito gobierno¡
Por ello, como la corrupción reina ahora con más fuerza -¡y tan campante y airosa y soberbia¡-, a todo lo largo y ancho de nuestra querida Colombia, y en vez de disminuir, crece como espuma, no pude contenerme y decidí volver sobre un texto de 2004 el cual cobra plena vigencia por estos días en que los carteles de la contratación, las pirámides, las "chuzadas" ejecutadas por el órgano de Inteligencia del Presidente Uribe, las desmovilizaciones mentirosas, las recompensas y sus consecuentes "falsos positivos", la "Protección Social" y su siniestro cartel de la salud, los AIS y los carruseles, entre otras modalidades, son la torturante comidilla diaria en costureros, salas de redacción, tertulias, Fiscalía, Cortes y juzgados.
Decía entonces, y lo hago válido para hoy, que la falta de escrúpulo individual ha llegado tan lejos, entronizándose y encumbrándose, que en la jerga popular ya es corriente afirmar que fulano de tal es más o menos honesto. Y, señores -¡vaya asombro!-, créanme que esta apreciación se ha convertido en un pasaporte válido para otorgarle crédito, extenderle un certificado de confiabilidad al fulano y hacer negocios con él, o al menos, no tacharlo de corrupto... totalmente.
¿Quién iba a vislumbrar que en este estado de degradación al que ha llegado la sociedad colombiana, lo exigible no son el decoro y la probidad, sino el más o menos serlo? ¿Y que tengamos que recurrir a los más o menos para poder confiar en alguien? Y el resto de lo que otrora fueran virtudes, deberes y preceptos, también se ha venido a pique puesto que por estos desdichados días nos vemos precisados, mejor, constreñidos, a preferir, en todo, a los más o menos.
Son los más o menos justos, decentes, honrados, leales, sinceros, rectos y trasparentes, los que nos dan en períodos como estos la única, o si no la única, al menos la más fiable alternativa para cualquier negocio o trato. Ya se convirtieron en una especie en vía de extinción los simple o cabalmente justos, decentes, honrados, leales, sinceros, y rectos y transparentes. Así las cosas, pues, tendremos que irnos aclimatando a la tibieza bochornosa del rubor, dada la infeliz circunstancia forzosa de tener que recurrir a estos nefastos más o menos, antes de que se impongan del todo, generalizados y sin remedio, los simple o totalmente injustos, indecentes, holgazanes, pícaros, desleales, falsos, hipócritas, torcidos y tenebrosos, y nos toque perecer inexorablemente y para siempre bajo la avilantez de sus garras.
A eso hemos llegado en estos tiempos de liviandad en las virtudes, en que el agrietamiento de la ética, la moral y el pudor consienten que tantos bribones y bellacos pacen impacientes atragantándose con el erario o con no importa cuál economía pública, privada o personal. Y, no obstante que los vemos, les permitimos descollar arrogantes y arrolladores en nuestro entorno social. No es preciso esforzarnos demasiado. Miremos de frente o miremos de lado, o incluso miremos para atrás, y ahí están, muy cerca de nosotros, rozagantes y afectuosos y serviles, con su maloliente tufillo de viciosos del negocio y sus utilidades, emboscándonos con su costoso timo.
Y es que a estos más o menos, querámoslo o no, hemos de toparlos por ahí, en cualquier parte, porque ya son legión y han adquirido status.
Ya se acercan, con toda la celeridad que les genera su colosal ambición, a instituirse en una inusitada normalidad, aprovechándose del carácter débil de los ilusos y los sanos y de la condición de enferma vergonzante de las actuales costumbres. Brotan por doquier cada vez más insaciables. Sus espléndidos dividendos y la desenvoltura con que los alcanzan, hacen de ellos unos verdaderos prestidigitadores de la trampa y la perfidia.
Será que para sacudirnos un poco y aliviar un tanto la pesada carga de la inmoralidad que nos carcome, estamos en la imperiosa necesidad de ajustarnos a la histórica doctrina del expresidente Turbay admitiendo de una vez por todas a la corrupción, ¿pero "en sus justas proporciones"?
¡Ah! Estos más o menos… Con razón se dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey…
sábado, 16 de abril de 2011
La prohibición sirve al narcotráfico
Por Germán Uribe
mailto:guribe3@gmail.com
Y vuelve la mula al trigo, puedo decir por mi reincidencia en este tema, tema cuya vigencia difícilmente se va a desvalorizar mientras persistan la droga, quienes se benefician de ella cultivándola o traficándola, quienes la consumen y aquellos que se oponen con intrepidez a su libre circulación. Me encuentro en la Internet en una rápida investigación ya no decenas sino centenares y quizás miles de artículos y opiniones al respecto que me hacen pensar que la legalización de las drogas será por los próximos años -quién sabe cuántos- el tema más recurrente de quienes de una u otra manera se vean afectados por ellas, sean responsables de su presencia y efectos en la sociedad, estén exigidos para enfrentarlas, o simplemente tengan el tiempo y se sientan en el deber de pensar y proponer fórmulas para resolver de manera definitiva sus letales consecuencias.
Tal es el caso de los expresidentes de México, Ernesto Zedillo, de Colombia, César Gaviria Trujillo, y de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, quienes a través de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia han resuelto ocuparse del tema con admirable seriedad, insistiendo con vehemencia sobre el fracaso rotundo de la guerra por acabarlas y persistiendo en su denuncia contra la represión considerándola un arma inútil para combatirlas.
El 23 de septiembre de 2005 publiqué en semana.com el artículo que titulé Tendremos que legalizar la droga, en donde entre otras cosas, afirmaba:
"Sabemos que cada día aumenta el número de norteamericanos que la aspiran -la cocaína- a cualquier precio y que la represión contra esos millones de habituales adictos no puede compararse con la fiereza y el exagerado gasto militar con que la vienen embistiendo en los países productores y exportadores. Ellos la consumen masivamente, mientras en un juego de doble moral, la hostigan y sitian allí adondequiera que se produzca. Trasladar esos inmensos recursos económicos y los colosales esfuerzos militares que derrochan en derrotarlas a sistemas de educación, prevención, reglamentación, judicialización y propaganda con relación a la droga y sus nocivos efectos, nos ahorraría miles y hasta millones de víctimas y ayudaría inmensamente a la pacificación del mundo."
Han pasado 6 años y a estas apreciaciones no les modificaría una coma.
Para quienes todavía se escandalizan, o en todo caso reprochan el calificativo de "guerra" que se le da a la estrategia mundial implementada, publicitada y financiada por los Estados Unidos para combatir la producción, circulación y uso de las drogas enervantes aún "prohibidas", basten los ejemplos de Colombia y México en donde la lucha entre los carteles o la acción militar y policiva para reprimirlos viene dejando en los caminos húmedos o polvorientos de los campos y en las calles bulliciosas o desoladas de las ciudades miles y miles de muertos, y no pocos de ellos degollados, descuartizados, incinerados, y los otros mutilados o sencillamente desaparecidos. ¿Y cómo no pensar de urgencia en alguna fórmula que pueda contraponerse a estas interminables masacres, a este lento y prolongado genocidio, a esta destrucción criminal de valores sociales, económicos y familiares en nuestras sociedades? Una especie de "receta" que con efectos parecidos a los que persigue el ofensiva sangrienta por acabar con el comercio de las sustancias psicotrópicas nos devuelva la tranquilidad de la misma manera que, por ejemplo, la regresó a la sociedad estadounidense cuando el alcohol y los licores en general fueron aceptados como legales por su gobierno.
En los Estados Unidos, hoy por hoy, aunque se acepta que el asunto tiene las características de un problema de salud pública, pese a lo reiterado aquí y allá por el Zar de las Drogas de que la política en la que ellos están empeñados acentúa la prevención y los tratamientos médicos, lo cierto es que en la dura y cruda realidad y en la dolorosa práctica, todos sus esfuerzos tanto económicos como militares -o al menos la mayoría de ellos-, van dirigidos con arrogancia y brutalidad, al mejor estilo imperial, a perseguir a sangre y fuego, arrasando, "fumigando" si es necesario a cultivadores -no importa que sean campesinos con siembras de subsistencia-, procesadores, traficantes y "enfermos" consumidores. Lo que sea, que en esta lucha, el "todo vale" de los expresidentes Bush y Uribe Vélez, es la doctrina.
Para acabar con la droga lo primero que habría que hacerse sería acabar con la guerra que se le declaró. No es matando o encarcelando traficantes y consumidores que, como se ve, van aumentando en proporción directa a la represión que se les tiende.
La única opción que queda ahora es la legalización.
Y es que, frente a la realidad cotidiana por la que estamos pasando, y frente a lo que a diario vemos, ¿a quién cree usted, amigo lector, que puede beneficiar más su prohibición? ¿A la sociedad, a los gobiernos o al narcotráfico?
He ahí el tesis central, la almendra y la esencia de mi punto de vista: Todo lo prohibido, provoca, y esta prohibición en particular, atrae al narcotráfico y le insufla vida. Sobre todo sabiendo que de por medio están unas ganancias redondas y un enriquecimiento exprés.
El negocio de la droga prospera con la prohibición. ¡No cabe duda!
¿Cuánto tiempo, entonces, y cuántos muertos, devastación y estragos faltan para que este axioma se reconozca y en consecuencia se admita la perentoria necesidad de entrar a legalizar las drogas?
mailto:guribe3@gmail.com
Y vuelve la mula al trigo, puedo decir por mi reincidencia en este tema, tema cuya vigencia difícilmente se va a desvalorizar mientras persistan la droga, quienes se benefician de ella cultivándola o traficándola, quienes la consumen y aquellos que se oponen con intrepidez a su libre circulación. Me encuentro en la Internet en una rápida investigación ya no decenas sino centenares y quizás miles de artículos y opiniones al respecto que me hacen pensar que la legalización de las drogas será por los próximos años -quién sabe cuántos- el tema más recurrente de quienes de una u otra manera se vean afectados por ellas, sean responsables de su presencia y efectos en la sociedad, estén exigidos para enfrentarlas, o simplemente tengan el tiempo y se sientan en el deber de pensar y proponer fórmulas para resolver de manera definitiva sus letales consecuencias.
Tal es el caso de los expresidentes de México, Ernesto Zedillo, de Colombia, César Gaviria Trujillo, y de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, quienes a través de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia han resuelto ocuparse del tema con admirable seriedad, insistiendo con vehemencia sobre el fracaso rotundo de la guerra por acabarlas y persistiendo en su denuncia contra la represión considerándola un arma inútil para combatirlas.
El 23 de septiembre de 2005 publiqué en semana.com el artículo que titulé Tendremos que legalizar la droga, en donde entre otras cosas, afirmaba:
"Sabemos que cada día aumenta el número de norteamericanos que la aspiran -la cocaína- a cualquier precio y que la represión contra esos millones de habituales adictos no puede compararse con la fiereza y el exagerado gasto militar con que la vienen embistiendo en los países productores y exportadores. Ellos la consumen masivamente, mientras en un juego de doble moral, la hostigan y sitian allí adondequiera que se produzca. Trasladar esos inmensos recursos económicos y los colosales esfuerzos militares que derrochan en derrotarlas a sistemas de educación, prevención, reglamentación, judicialización y propaganda con relación a la droga y sus nocivos efectos, nos ahorraría miles y hasta millones de víctimas y ayudaría inmensamente a la pacificación del mundo."
Han pasado 6 años y a estas apreciaciones no les modificaría una coma.
Para quienes todavía se escandalizan, o en todo caso reprochan el calificativo de "guerra" que se le da a la estrategia mundial implementada, publicitada y financiada por los Estados Unidos para combatir la producción, circulación y uso de las drogas enervantes aún "prohibidas", basten los ejemplos de Colombia y México en donde la lucha entre los carteles o la acción militar y policiva para reprimirlos viene dejando en los caminos húmedos o polvorientos de los campos y en las calles bulliciosas o desoladas de las ciudades miles y miles de muertos, y no pocos de ellos degollados, descuartizados, incinerados, y los otros mutilados o sencillamente desaparecidos. ¿Y cómo no pensar de urgencia en alguna fórmula que pueda contraponerse a estas interminables masacres, a este lento y prolongado genocidio, a esta destrucción criminal de valores sociales, económicos y familiares en nuestras sociedades? Una especie de "receta" que con efectos parecidos a los que persigue el ofensiva sangrienta por acabar con el comercio de las sustancias psicotrópicas nos devuelva la tranquilidad de la misma manera que, por ejemplo, la regresó a la sociedad estadounidense cuando el alcohol y los licores en general fueron aceptados como legales por su gobierno.
En los Estados Unidos, hoy por hoy, aunque se acepta que el asunto tiene las características de un problema de salud pública, pese a lo reiterado aquí y allá por el Zar de las Drogas de que la política en la que ellos están empeñados acentúa la prevención y los tratamientos médicos, lo cierto es que en la dura y cruda realidad y en la dolorosa práctica, todos sus esfuerzos tanto económicos como militares -o al menos la mayoría de ellos-, van dirigidos con arrogancia y brutalidad, al mejor estilo imperial, a perseguir a sangre y fuego, arrasando, "fumigando" si es necesario a cultivadores -no importa que sean campesinos con siembras de subsistencia-, procesadores, traficantes y "enfermos" consumidores. Lo que sea, que en esta lucha, el "todo vale" de los expresidentes Bush y Uribe Vélez, es la doctrina.
Para acabar con la droga lo primero que habría que hacerse sería acabar con la guerra que se le declaró. No es matando o encarcelando traficantes y consumidores que, como se ve, van aumentando en proporción directa a la represión que se les tiende.
La única opción que queda ahora es la legalización.
Y es que, frente a la realidad cotidiana por la que estamos pasando, y frente a lo que a diario vemos, ¿a quién cree usted, amigo lector, que puede beneficiar más su prohibición? ¿A la sociedad, a los gobiernos o al narcotráfico?
He ahí el tesis central, la almendra y la esencia de mi punto de vista: Todo lo prohibido, provoca, y esta prohibición en particular, atrae al narcotráfico y le insufla vida. Sobre todo sabiendo que de por medio están unas ganancias redondas y un enriquecimiento exprés.
El negocio de la droga prospera con la prohibición. ¡No cabe duda!
¿Cuánto tiempo, entonces, y cuántos muertos, devastación y estragos faltan para que este axioma se reconozca y en consecuencia se admita la perentoria necesidad de entrar a legalizar las drogas?
lunes, 21 de marzo de 2011
Reproches al periodismo colombiano
Entrevista concedida el 8 de marzo de 2011 a la periodista Liliana Ramírez Sánchez
Liliana Ramírez Sánchez. Para usted, ¿qué es hacer periodismo?
Germán Uribe. Hacer periodismo es ejercer una profesión cuya finalidad consiste en informar sobre los acontecimientos que se desarrollan en tiempos actuales, ciñéndose a la verdad y a la realidad y buscando la manera de que al tiempo que sean de interés general, tales informaciones le lleguen al mayor número posible de personas. Ese " mosaico de informaciones y opiniones procesadas, ordenadas y ensambladas en los medios informativos" que respeta estos principios vendría a constituirse en lo que podemos denominar periodismo en serio.
LRS. ¿Cómo se hace verdadero periodismo?
GU. Acabo de decirlo, cumpliendo con seriedad y responsabilidad estos principios.
LRS. ¿Cómo considera usted el periodismo colombiano?
GU. Pienso que el investigativo cada día se especializa más, tiene mayor vigencia, es ejercido con alguna libertad y, siendo valeroso como efectivamente lo es, presta un formidable servicio a la Justicia y a la sociedad. El resto, el ejercicio periodístico colombiano en general, lo veo cruelmente débil, alienado en intereses de diversa índole -económica, social, burocrática, etc.-, irresponsable y mediocre. Desde luego que existen algunas excepciones que sacan la cara por esta profesión. En tantos casos es tan irresponsable, que cuando, por ejemplo, por estos días en que se sigue el discurrir de los conflictos internos en Libia, varios de estos "denodados" periodistas nuestros no se ruborizan cuando es a título personal -y por rencores que no nacen de su propia cultura política o de su conciencia moral o ideológica, sino de la propaganda estadounidense-, que afirman con adjetivos encendidos que el señor Gadafi debe ser expulsado de su país y juzgado por la Corte Penal Internacional por estar masacrando a su pueblo. No saben los "brillantes" e "independientes" periodistas realmente lo que ocurre allá, ni tampoco que lo que ocurre es que los tienen fletados repicando las noticias elaboradas desde la cúpula de los intereses norteamericanos y europeos ávidos de petróleo y de toda clase de intereses económicos. Igual sucede cuando "informan" aquí sobre la guerra interna colombiana: hacen una lectura de los boletines de prensa del Ejército, la Policía o de las altas esferas del gobierno nacional, no sólo textual, sino mejorada y aumentada por sus pasiones personales, y la reproducen fielmente.
Ya tocando otro aspecto del periodismo colombiano, veo en las columnas de opinión una valiosísima válvula de escape de nuestras angustias, frustraciones y deseos en numerosos columnistas que con su fuerza argumental hacen pensar al lector y en veces logran modificar decisiones equivocadas de las mismas autoridades.
LRS. ¿Qué considera usted que deba inspirar a un periodista?
GU. Ante todo la verdad, así esta tenga un contenido de dolor, repulsión o sea simplemente contraria a su ideología y principios.
LRS. ¿Al ser periodista nunca se ha visto obligado a dejar de lado una verdad por alguna amenaza al publicarla?
GU. El periodista que tema por una amenaza, a partir del momento que permita que ese temor influya en su oficio, pierde la sindéresis. Lo más honesto y digno que puede hacer es entrar en receso, pero ante todo, jamás ceder al miedo traicionando así la verdad en una noticia. Es humano ese temor, y de ser cierto e inminente, debe priorizar el valor de su vida, pero de ningún modo a costillas de la verdad periodística.
LRS. ¿Cree que sí hay libertad de prensa?
GU. Si, aunque relativa. Yo puedo escribir lo que quiera pero mientras no hiera los intereses de quien me publique. Y sí, y lo vemos en algunos medios, pero sin que en Colombia dejen de existir las presiones del poder gubernamental, económico, empresarial y político -ya el religioso no cuenta- sobre los medios que muestran independencia e intentan ceñirse a la verdad de los acontecimientos.
LRS. ¿Cuáles son los elementos fundamentales para realizar una impecable columna de opinión?
GU. Decir lo que se piensa sobre no importa qué tema, y de una manera contundente y sobria, y en donde la convicción reine. Y la buena escritura, desde luego.
LRS. ¿Cuál es el tema que más le apasiona?
GU. Personalmente el de la injusticia que se pasea oronda por doquier en nuestro país. La impunidad terminará por convertirse en el mejor aliciente para el bandidaje y en la causante del continuado deterioro social. De allí que siempre haya pensado -y nos es de mi cosecha, naturalmente- que nunca podrá ser exitosa una revolución o un cambio social drástico en beneficio de una sociedad o una nación, sin que lo primero que se enmiende y perfeccione no sea la Justicia.
LRS. ¿Cuál es el tema que más le molesta?
GU. Las mentiras que como apéndices de la información proliferan y crecen y se desarrollan como malas hierbas y la tergiversación de las noticias que son pan diario en los medios de comunicación colombianos. Los noticieros de televisión tales como RCN y Caracol, provocan vergüenza ajena y harían sonrojar al más idiota y desinformado de los ciudadanos europeos. Me molesta y me ofende ver cómo estos periodistas, muchos muy conocidos de El Tiempo y El Espectador, y tantos otros de todos y cada uno de los medios que hoy por hoy prestan sus servicios a los gobiernos de turno, confunden a la gente, la inmiscuyen en pasiones perversas contra esto y aquello, o del lado de cualquier cosa, sin importarles las consecuencias a futuro que para nuestro país y para la sociedad en general pueda tener tamaña irresponsabilidad.
LRS. ¿Cuál es el artículo que recuerde y que se sienta complacido al haberlo escrito?
GU. Ninguno. Aunque no me releo, pienso que todos merecen ser corregidos por una u otra razón.
LRS. ¿Por último, qué concejo les da a los futuros periodistas no solo de INPAHU si no de las demás universidades?
GU. Que no se dejen coger ventaja de la pereza y estudien. Pero, sobre todo, que por su propio bien -se sentirán mejores, ya lo verán-, y por el bien del país, sean honestos.
Liliana Ramírez Sánchez. Para usted, ¿qué es hacer periodismo?
Germán Uribe. Hacer periodismo es ejercer una profesión cuya finalidad consiste en informar sobre los acontecimientos que se desarrollan en tiempos actuales, ciñéndose a la verdad y a la realidad y buscando la manera de que al tiempo que sean de interés general, tales informaciones le lleguen al mayor número posible de personas. Ese " mosaico de informaciones y opiniones procesadas, ordenadas y ensambladas en los medios informativos" que respeta estos principios vendría a constituirse en lo que podemos denominar periodismo en serio.
LRS. ¿Cómo se hace verdadero periodismo?
GU. Acabo de decirlo, cumpliendo con seriedad y responsabilidad estos principios.
LRS. ¿Cómo considera usted el periodismo colombiano?
GU. Pienso que el investigativo cada día se especializa más, tiene mayor vigencia, es ejercido con alguna libertad y, siendo valeroso como efectivamente lo es, presta un formidable servicio a la Justicia y a la sociedad. El resto, el ejercicio periodístico colombiano en general, lo veo cruelmente débil, alienado en intereses de diversa índole -económica, social, burocrática, etc.-, irresponsable y mediocre. Desde luego que existen algunas excepciones que sacan la cara por esta profesión. En tantos casos es tan irresponsable, que cuando, por ejemplo, por estos días en que se sigue el discurrir de los conflictos internos en Libia, varios de estos "denodados" periodistas nuestros no se ruborizan cuando es a título personal -y por rencores que no nacen de su propia cultura política o de su conciencia moral o ideológica, sino de la propaganda estadounidense-, que afirman con adjetivos encendidos que el señor Gadafi debe ser expulsado de su país y juzgado por la Corte Penal Internacional por estar masacrando a su pueblo. No saben los "brillantes" e "independientes" periodistas realmente lo que ocurre allá, ni tampoco que lo que ocurre es que los tienen fletados repicando las noticias elaboradas desde la cúpula de los intereses norteamericanos y europeos ávidos de petróleo y de toda clase de intereses económicos. Igual sucede cuando "informan" aquí sobre la guerra interna colombiana: hacen una lectura de los boletines de prensa del Ejército, la Policía o de las altas esferas del gobierno nacional, no sólo textual, sino mejorada y aumentada por sus pasiones personales, y la reproducen fielmente.
Ya tocando otro aspecto del periodismo colombiano, veo en las columnas de opinión una valiosísima válvula de escape de nuestras angustias, frustraciones y deseos en numerosos columnistas que con su fuerza argumental hacen pensar al lector y en veces logran modificar decisiones equivocadas de las mismas autoridades.
LRS. ¿Qué considera usted que deba inspirar a un periodista?
GU. Ante todo la verdad, así esta tenga un contenido de dolor, repulsión o sea simplemente contraria a su ideología y principios.
LRS. ¿Al ser periodista nunca se ha visto obligado a dejar de lado una verdad por alguna amenaza al publicarla?
GU. El periodista que tema por una amenaza, a partir del momento que permita que ese temor influya en su oficio, pierde la sindéresis. Lo más honesto y digno que puede hacer es entrar en receso, pero ante todo, jamás ceder al miedo traicionando así la verdad en una noticia. Es humano ese temor, y de ser cierto e inminente, debe priorizar el valor de su vida, pero de ningún modo a costillas de la verdad periodística.
LRS. ¿Cree que sí hay libertad de prensa?
GU. Si, aunque relativa. Yo puedo escribir lo que quiera pero mientras no hiera los intereses de quien me publique. Y sí, y lo vemos en algunos medios, pero sin que en Colombia dejen de existir las presiones del poder gubernamental, económico, empresarial y político -ya el religioso no cuenta- sobre los medios que muestran independencia e intentan ceñirse a la verdad de los acontecimientos.
LRS. ¿Cuáles son los elementos fundamentales para realizar una impecable columna de opinión?
GU. Decir lo que se piensa sobre no importa qué tema, y de una manera contundente y sobria, y en donde la convicción reine. Y la buena escritura, desde luego.
LRS. ¿Cuál es el tema que más le apasiona?
GU. Personalmente el de la injusticia que se pasea oronda por doquier en nuestro país. La impunidad terminará por convertirse en el mejor aliciente para el bandidaje y en la causante del continuado deterioro social. De allí que siempre haya pensado -y nos es de mi cosecha, naturalmente- que nunca podrá ser exitosa una revolución o un cambio social drástico en beneficio de una sociedad o una nación, sin que lo primero que se enmiende y perfeccione no sea la Justicia.
LRS. ¿Cuál es el tema que más le molesta?
GU. Las mentiras que como apéndices de la información proliferan y crecen y se desarrollan como malas hierbas y la tergiversación de las noticias que son pan diario en los medios de comunicación colombianos. Los noticieros de televisión tales como RCN y Caracol, provocan vergüenza ajena y harían sonrojar al más idiota y desinformado de los ciudadanos europeos. Me molesta y me ofende ver cómo estos periodistas, muchos muy conocidos de El Tiempo y El Espectador, y tantos otros de todos y cada uno de los medios que hoy por hoy prestan sus servicios a los gobiernos de turno, confunden a la gente, la inmiscuyen en pasiones perversas contra esto y aquello, o del lado de cualquier cosa, sin importarles las consecuencias a futuro que para nuestro país y para la sociedad en general pueda tener tamaña irresponsabilidad.
LRS. ¿Cuál es el artículo que recuerde y que se sienta complacido al haberlo escrito?
GU. Ninguno. Aunque no me releo, pienso que todos merecen ser corregidos por una u otra razón.
LRS. ¿Por último, qué concejo les da a los futuros periodistas no solo de INPAHU si no de las demás universidades?
GU. Que no se dejen coger ventaja de la pereza y estudien. Pero, sobre todo, que por su propio bien -se sentirán mejores, ya lo verán-, y por el bien del país, sean honestos.
domingo, 6 de marzo de 2011
Las enfermedades no tienen remedio
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Los excesivos costos y las continuadas alzas en los medicamentos que vienen afectando los afligidos ánimos y los escuálidos bolsillos del común de los colombianos, nos lleva de nuevo a ocuparnos de este tema que en anterior columna de Semana (Las enfermedades: ¡Qué negocio! 26 de enero de 2008) tratamos sin imaginarnos que por aquellos días iría a levantar un chispero entre impacientes empresarios farmacéuticos y pacientes y maltratadas víctimas de toda clase de males.
Lo primero que debemos lamentar y denunciar en esta oportunidad es que estando en nuestro sistema político el manejo de la salud en manos privadas, y por ende bajo características netamente mercantilistas, cuya máxima finalidad y exclusivo interés no es otro que el de mejorar la productividad y acumular utilidades sin control alguno, a dicha máquina de hacer dinero desde los hospitales, las clínicas o los medicamentos, lo que menos le podría convenir es operar sus negocios en medio de una sociedad saludable. De hecho, pues, y por lo tanto, mientras la salud sea un negocio y no una responsabilidad social del Estado celosamente vigilada por los gobiernos, los ciudadanos tendremos que estar expuestos constantemente a sufrir el menoscabo de nuestras economías personales y a adaptarnos a una vida de constantes altibajos en cuanto a nuestra salud, ya que si repentinamente las industrias farmacéuticas produjeran drogas que curaran definitivamente algunas enfermedades, sus empresas se vendrían a pique y ya no tendrían razón de ser.
Con cuánto acierto hace referencia a este tema el columnista de Le Monde Diplomatique, Pascual Serrano, al observar que "uno de los problemas del capitalismo consiste en que cuanto mayor es un problema más dinero reciben los sectores empresariales que se dedican a afrontarlo. Si ese problema lo solucionaran, ellos mismos acabarían con su negocio. Los fabricantes de armas se arruinarían si no hubiese guerras, los bufetes de abogados si no hubiera delitos y conflictos, y las empresas farmacéuticas si sus medicinas acabasen con las enfermedades." Y más adelante, registrando el libro de Miguel Jara "La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo", señala con dedo acusador a los grandes pulpos de la producción de medicamentos, también denominados "Big Pharma", -Bayer, GlaxoSmithKline (GSK), Merck, Novartis, Pfizer, Roche, Sanofi-Aventis-, como los industriales del "marketing del miedo" que atizan la aprensión normal de las gentes frente a las enfermedades en beneficio directo de sus inagotables intereses económicos.
Pero esto no es todo. Habría que ver, aparte de la fabricación y puesta en el mercado de medicamentos medianamente eficaces (que medio curen pero no del todo porque entonces… Y aquí, ahora, recuerdo el "misterio" de las cuchillas de afeitar, el más colosal ejemplo del engaño), el afán desmedido de las grandes compañías farmacéuticas por desprestigiar todos aquellos remedios genéricos que naturalmente son de más fácil acceso para los consumidores.
¿Pero porqué los genéricos son más baratos teniendo las mismas virtudes y efectividad de los originales? La explicación nos la da el también columnista de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet: "Los genéricos son medicamentos idénticos, en cuanto a principios activos, dosificación, forma farmacéutica, seguridad y eficacia, a los medicamentos originales producidos en exclusividad por los grandes monopolios farmacéuticos. El periodo de exclusividad, que se inicia desde el momento en que el producto es puesto a la venta, vence a los diez años; pero la protección de la patente del fármaco original dura veinte años. Entonces es cuando otros fabricantes tienen derecho a producir los genéricos que cuestan un 40% más baratos. El objetivo de las grandes marcas farmacéuticas consiste, por consiguiente, en retrasar por todos los medios posibles la fecha de vencimiento del periodo de protección de la patente, y se las arreglan para patentar añadidos superfluos del producto (un polimorfo, una forma cristalina, etc.) y extender así, artificialmente, la duración de su control del medicamento."
Por último, bien vale la pena traer a colación una pequeñísima muestra de lo ocurrido recientemente con la declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pandemia de gripa AH1N1. Esta Organización, que debería preocuparse tanto por la salud física de los seres humanos como porque su cuidado no afecte su economía individual buscando con ello la equidad que las desigualdades económicas latentes en el mundo exigen, optó por otorgar la patente del producto sanitario que combatiría la gripa a cuatro farmacéuticas que se arrogaron el monopolio de su producción y venta haciendo su agosto por el corto tiempo que duró el escándalo mediático apropiadamente orquestado por los grandes beneficiarios de aquella pandemia "terrorífica".
Bien sea porque el costo de los medicamentos hiere nuestros bolsillos, o bien porque su efectividad está fríamente calculada para que sus efectos se den a medias, lo cierto es que, así las cosas, tenemos que aceptar que las enfermedades no tienen ni tendrán jamás remedio alguno.
guribe3@gmail.com
Los excesivos costos y las continuadas alzas en los medicamentos que vienen afectando los afligidos ánimos y los escuálidos bolsillos del común de los colombianos, nos lleva de nuevo a ocuparnos de este tema que en anterior columna de Semana (Las enfermedades: ¡Qué negocio! 26 de enero de 2008) tratamos sin imaginarnos que por aquellos días iría a levantar un chispero entre impacientes empresarios farmacéuticos y pacientes y maltratadas víctimas de toda clase de males.
Lo primero que debemos lamentar y denunciar en esta oportunidad es que estando en nuestro sistema político el manejo de la salud en manos privadas, y por ende bajo características netamente mercantilistas, cuya máxima finalidad y exclusivo interés no es otro que el de mejorar la productividad y acumular utilidades sin control alguno, a dicha máquina de hacer dinero desde los hospitales, las clínicas o los medicamentos, lo que menos le podría convenir es operar sus negocios en medio de una sociedad saludable. De hecho, pues, y por lo tanto, mientras la salud sea un negocio y no una responsabilidad social del Estado celosamente vigilada por los gobiernos, los ciudadanos tendremos que estar expuestos constantemente a sufrir el menoscabo de nuestras economías personales y a adaptarnos a una vida de constantes altibajos en cuanto a nuestra salud, ya que si repentinamente las industrias farmacéuticas produjeran drogas que curaran definitivamente algunas enfermedades, sus empresas se vendrían a pique y ya no tendrían razón de ser.
Con cuánto acierto hace referencia a este tema el columnista de Le Monde Diplomatique, Pascual Serrano, al observar que "uno de los problemas del capitalismo consiste en que cuanto mayor es un problema más dinero reciben los sectores empresariales que se dedican a afrontarlo. Si ese problema lo solucionaran, ellos mismos acabarían con su negocio. Los fabricantes de armas se arruinarían si no hubiese guerras, los bufetes de abogados si no hubiera delitos y conflictos, y las empresas farmacéuticas si sus medicinas acabasen con las enfermedades." Y más adelante, registrando el libro de Miguel Jara "La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo", señala con dedo acusador a los grandes pulpos de la producción de medicamentos, también denominados "Big Pharma", -Bayer, GlaxoSmithKline (GSK), Merck, Novartis, Pfizer, Roche, Sanofi-Aventis-, como los industriales del "marketing del miedo" que atizan la aprensión normal de las gentes frente a las enfermedades en beneficio directo de sus inagotables intereses económicos.
Pero esto no es todo. Habría que ver, aparte de la fabricación y puesta en el mercado de medicamentos medianamente eficaces (que medio curen pero no del todo porque entonces… Y aquí, ahora, recuerdo el "misterio" de las cuchillas de afeitar, el más colosal ejemplo del engaño), el afán desmedido de las grandes compañías farmacéuticas por desprestigiar todos aquellos remedios genéricos que naturalmente son de más fácil acceso para los consumidores.
¿Pero porqué los genéricos son más baratos teniendo las mismas virtudes y efectividad de los originales? La explicación nos la da el también columnista de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet: "Los genéricos son medicamentos idénticos, en cuanto a principios activos, dosificación, forma farmacéutica, seguridad y eficacia, a los medicamentos originales producidos en exclusividad por los grandes monopolios farmacéuticos. El periodo de exclusividad, que se inicia desde el momento en que el producto es puesto a la venta, vence a los diez años; pero la protección de la patente del fármaco original dura veinte años. Entonces es cuando otros fabricantes tienen derecho a producir los genéricos que cuestan un 40% más baratos. El objetivo de las grandes marcas farmacéuticas consiste, por consiguiente, en retrasar por todos los medios posibles la fecha de vencimiento del periodo de protección de la patente, y se las arreglan para patentar añadidos superfluos del producto (un polimorfo, una forma cristalina, etc.) y extender así, artificialmente, la duración de su control del medicamento."
Por último, bien vale la pena traer a colación una pequeñísima muestra de lo ocurrido recientemente con la declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pandemia de gripa AH1N1. Esta Organización, que debería preocuparse tanto por la salud física de los seres humanos como porque su cuidado no afecte su economía individual buscando con ello la equidad que las desigualdades económicas latentes en el mundo exigen, optó por otorgar la patente del producto sanitario que combatiría la gripa a cuatro farmacéuticas que se arrogaron el monopolio de su producción y venta haciendo su agosto por el corto tiempo que duró el escándalo mediático apropiadamente orquestado por los grandes beneficiarios de aquella pandemia "terrorífica".
Bien sea porque el costo de los medicamentos hiere nuestros bolsillos, o bien porque su efectividad está fríamente calculada para que sus efectos se den a medias, lo cierto es que, así las cosas, tenemos que aceptar que las enfermedades no tienen ni tendrán jamás remedio alguno.
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