sábado, 6 de octubre de 2012

Uribe, el gran perturbador

Por Germán Uribe

Con su actitud guerrerista y el mal sabor que parece producirle todo lo que no sean cruzadas de exterminio contra la selectiva lista de enemigos de “su patria”, a nadie en Colombia mejor que al político y expresidente Uribe le cae como anillo al dedo esta sentencia del francés Jean Le Ront D’Alembert: “La guerra es el arte de destruir hombres; la política, el de engañarlos.” O esta otra de Guy de Maupassant, a quien como él ha sabido manipular hasta la saciedad los “huevitos” y la “patria”: “El patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras”, frase ésta que por fin me permitió entender aquella manía suya por restregar hasta el cansancio lo de los tres huevitos, una idiota simbología de cursi factura infantil.



Los enemigos de la paz, él, o todos los que con él lo son, tienen la forma, el fondo y la esencia del más azaroso conservadurismo político. Y esta conclusión resulta tan obvia, como obvio es decir que aquellos que se oponen a la paz podrían llegar a ser tan criminales como los mismos criminales a quienes ellos señalan de terroristas y violentos. Poco les importa el horror de la guerra, e identificarlos no nos cuesta ningún esfuerzo porque desde su trinchera de extrema y deshumanizada derecha, lo vociferan sin descanso con sus constantes pendencieras catilinarias de guerra. Y se retratan en ellas, por lo que se les ve siempre con esa falsa altivez triunfalista, su rostro duro y sus quijadas desencajadas por el afán de la bronca y la vindicta.

Para él, para ellos, la única suerte guerrillera es simplemente el exterminio, así simplemente y sin alternativa. Para el paramilitarismo, en cambio, la concesión de penas irrisorias por sus masacres, o la extradición para acallar sus voces en Colombia.



¡Qué de enormidades las de este señor!

¡Qué “inteligencia superior” al servicio de la malevolencia!

"Si yo soy soldado, policía, o suboficial”, vocifera, “y veo que los comandantes que hasta hace pocos días me incitaban a combatir a los terroristas y ahora veo que están negociando con ellos, yo de pronto desatiendo la instrucción del Presidente". ¿No es esto un llamado a la insubordinación de los “soldados y policías de la patria”? Frases como ésta de desafiante tinte subversivo y de puro sabor anarquista se descuelgan semana tras semana desde su irascible Twitter, surtidor prolífico de ideas y razones descompuestas, machacadas por él con fruición tras saberse acompañado por el eco alborozado e irresponsable que de todo lo suyo hacen algunos medios a cada una de sus despotricadas. Pero esta afirmación de desobediencia a la Constitución y las leyes, engendro de la más cavernaria postura de extrema derecha, parece no inspirarles miedo y repulsión a quienes dicen admirarle como político y gobernante.

Producto de su obsesiva confrontación personal con la guerrilla de las Farc, todo lo que dice y hace va dirigido a minar cualquier proceso que pueda desembocar en la paz.

Su “amor” a la “patria” y la salvaguardia de sus tres “huevitos”, están por encima de la paz de Colombia.

Tal es su desvarío, que sin inmutarse practica olímpicamente aquello de que quien no esté conmigo, está contra mí, y yo soy la razón y la verdad, y quien así no lo admita, ejerce de impío. Y un ejemplo de cómo a puesto a su servicio el maniqueísmo y las tergiversaciones hasta para sus propias contradicciones, lo trae a colación Pedro Medellín en su columna de El Tiempo:

“Incluso, debería recordar que desde el momento mismo en que asumió la presidencia, Uribe propuso un modelo de negociación con los paramilitares mucho más laxo que el que propone Santos para los guerrilleros. Basta con constatar que, en el proyecto de referendo que presentó al Congreso el 7 de agosto del 2002, en un parágrafo a la pregunta 7, decía: "Con el fin de facilitar la reincorporación a la vida civil de los grupos armados al margen de la ley que se encuentren vinculados decididamente a un proceso de paz bajo la dirección del Gobierno, este podrá establecer, por una sola vez, circunscripciones especiales de paz para las elecciones a corporaciones públicas, que se realicen antes del 7 de agosto del año 2006 o nombrar directamente por una sola vez".

¿Qué hacemos con este hombre a quien, pese a que millones de colombianos le dieron la oportunidad de ser Presidente de la República por dos veces consecutivas, la primera, democráticamente con todo y el denunciado apoyo narco-paramilitar , y la segunda, tras inmorales maniobras, considera ahora tras ocho años de poder casi dictatorial, que es él el llamado a continuar con la guerra delirante que atizó en aquellos dos periodos, habida cuenta de que, tras bombardear al Ecuador, lo que le faltó fue tiempo para bombardear a Venezuela y terminar de incendiar a Colombia?

¿Qué hacemos con este hombre que descuidó la obligación Constitucional que tienen los presidentes de buscar y preservar la paz de la República, y que ahora, cuando su sucesor se empeña en alcanzarla, se le atraviesa con el argumento de que la paz no debe negociarse con los enemigos comandantes terroristas de las Farc, pero sí con los amigos comandantes terroristas del narcoparamilitarismo?

¿Qué hacemos con un hombre lleno de odio y furor de venganza y ambición de poder perpetuo que en un país que busca desesperadamente la paz, hace y dice hasta lo indescriptible por impedirlo?

Aquí no podemos caer en el dilema de, o la guerra de Uribe o la paz de Colombia. Aquí debemos continuar con optimismo este esperanzador camino que se ha abierto, desoyendo los ladridos de los perros rabiosos atrincherados bajo el dominio de su férula en la madriguera de la extrema derecha.

guribe3@gmail.com

sábado, 15 de septiembre de 2012

El sexo vendiendo y la mujer perdiendo

Por Germán Uribe

Es en el universo de la publicidad en donde la segregación de la mujer, súbdita sempiterna de los excesos machistas, se hace más visible. Esta vitrina de destellos ilusorios es la encargada de arrastrar al género femenino hacia la esclavitud de su imagen transformándola en uno de los productos más “rentables” del frenético apogeo comercial de nuestro tiempo.


Ellas vienen contribuyendo, aunque sin haberlo proyectado o proponérselo, a una situación de deterioro de su dignidad y su decoro, permitiendo que se las trate como la nueva materia prima de uno de los negocios más poderosos de la era moderna. Están, pues, en manos de una publicidad sexista que, sin escrúpulos, viene conduciéndolas hacia una única y perversa valoración posible: el "objeto sexual" estereotipado como gancho de enorme atracción entre consumidores y productores de toda clase de mercancías que, probablemente también, sirve para encarecer, en relación directa con la belleza que los anuncia, los "artículos" ofrecidos.

"En los últimos años los anuncios de pantalones vaqueros, perfumes, y muchos otros productos", refiere un analista, "han ofrecido imágenes provocativas que fueron diseñadas para activar respuestas sexuales de tan amplio espectro de la población como fuera posible, para dar una sacudida eléctrica por su ambivalencia, y para apelar a menudo a los deseos bisexuales reprimidos que se piensa comportan una mayor carga emocional." Y el mismo Calvin Klein rotulaba a los pantalones vaqueros como afirmación de sexo, y añadía que "la abundancia de carne desnuda es el último intento de los publicistas de dar a productos redundantes una nueva identidad".

Simplificando, observamos a una sociedad de consumo apalancada en la utilización del erotismo y los cánones de la belleza femenina "confiscándole" sus atributos en aras de alcanzar unos propósitos expansivos de tipo comercial.

Sin embargo, previas estas apresuradas observaciones, la preocupación que me mueve en esta ocasión es otra.

De entrada sé que abordando este tema como lo haré, inculpando también a tantas de "ellas" que no han reflexionado frente a la sutil maniobra, quedo expuesto a su irritación. No importa, porque lo que importa, sí, es evitar generalizaciones insinuando que lo son todas por su condición de género. De igual manera, también importa mencionar a manera de respetuosa súplica para que modelos y publicistas revisen lo que viene sucediendo, los excesos del día a día en la sugestión sexual como instrumento de persuasión mercantil.

Y es que en asuntos de banalidad, impresionan los "avances" y la "frescura" desbocada de tantas mujeres en la televisión colombiana de estos días. Hace algunos años pensaba que el colmo consistía en la transmisión de unas cuñas publicitarias en donde la "mujer-objeto", con su consentimiento, era manipulada y degradada, lo que de por sí ya era censurable.

¡Pero qué decir ahora!

Algunas mujeres, naturalmente entrampadas y encandiladas por la fama y la fortuna, sin pundonor ni recato, están ofreciendo los encantos exquisitos de su cuerpo en cuanta promoción comercial las requiera, promocionándolo todo a cambio de una efímera prosperidad. Dinero para vivir bien y fama para seguir acumulando dinero en el mismo oficio. Pero tales "modelos", en esta carrera enloquecida, y sin racionalizarlo bien, están matando ellas mismas la gallina de los huevos de oro. A diario rebotan de la pantalla a nuestras miradas ávidas tal cantidad de senos sublimes y voluptuosos, cinturitas eróticas, piernas seductoras y “derrière” pluscuamperfectos, que no tardará la hora en que aquellas miradas libidinosas, terminen por saturarse.

Ya la sabia expresión popular tras siglos de experiencia lo señaló: “Bueno es culantro pero no tanto”.

Y es que para nadie es un secreto ni constituye vergüenza lo que la madre natura con generosidad gratificante les entregara a ellas para hacer florecer doblemente la vida con sus dones para la creación y el placer, ya que cuánta fascinación "perturbadora" no está contenida en sus cuerpos; cuántas pasiones embriagadoras no despierta su desnudez; cuánta valía no tiene para el hombre su piel cautivante, sus líneas sensuales, sus contornos, sus colinas y sus profundidades. Pero si la ración diaria que se nos ofrece es siempre la misma, invariable, si todos los días estamos precisados a alimentarnos sólo de coliflor o de atún, si ya no es un enigma nada y el atractivo del misterio y la magia, de lo por descubrir o de lo cambiante se pierde en la monotonía de una reiteración, aquí y ahora estamos comenzando a perder todos: hombres, mujeres y publicistas.

Qué bueno sería que la mujer, que intrépidamente viene librando y ganando batallas por su autonomía, por sus derechos a la igualdad, por su honra, repasara a fondo y abriera sus bellos ojos ante las nuevas formas de esclavitud y servilismo a que la viene sometiendo esta sociedad mercantilista y machista. Con el espejismo de ciertos derechos hoy por hoy reconocidos ampliamente y que le permiten un trato equivalente, la mujer, no obstante, está dejándose conducir al retorno de su ancestral infortunio: ser la explotada y sumisa servidora de la utilitarista, exigente y caprichosa voluntad del hombre… publicista.

Aunque muchas rechazan que se las tilde de simples objetos sexuales, por estas nuevas tendencias pareciera que se están empeñando precisamente en eso. En serlo.

Y no es que no las codiciemos así. Nosotros, los hombres. Pero, ¿y ellas? ¿Acabarán por acostumbrarse a ser justipreciadas simplemente por ello? ¿A que el mayor de sus méritos y su seguro de vida estén directamente relacionados al embrujo de su desnudez o al fulminante impulso de su desenfado y osadía que ahora parece habitarlas como huésped constante?

Pero, en fin, para disculparme con ellas, concretamente con las "historiadas" aquí, terminaré admitiendo con Oscar Wilde que “las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas”. Y con Sor Juana Inés de la Cruz, en acto de extrema y debida contrición, repetiré:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis”


guribe3@gmail.com



Una mujer berraca

Por Germán Uribe


No tiene pelos en la lengua y dice lo que se le viene en gana, es cierto, pero a diferencia de otros, como el expresidente Uribe, por ejemplo, sus palabras están sólidamente ajustadas a lo que le dictan el corazón, la honestidad política y la firmeza ideológica, y no a los rebotes del oportunismo o al uso y abuso de la perfidia para tirarse a los demás mientras construye lo suyo.

Qué carácter y qué formidable capacidad de lucha. Y qué resistencia a los embates de sus malquerientes. Nunca antes en la historia reciente del país, al menos que yo recuerde, a una figura pública se la había perseguido, calumniado y vapuleado tanto como a esta intrépida mujer. Los depredadores de prestigios, casi todos ellos encuevados en la extrema derecha del "Puro Centro", no le dan tregua. La recalcitrante caterva uribista vela porque sus movilidad política, el cause natural de sus principios ideológicos al que tiene tanto derecho como cualquier otro, sus opiniones y desplazamientos físicos, su actividad humanitaria y hasta el mismo aire vital que respira, expiren.

Pero hay a su favor, sin embargo, en la frenética persecución minuciosamente elaborada que optaron por montarle, un contenido de envidia… y miedo, y por ello desgastan a diario sus ajadas camándulas rezando sin cesar por todas sus muertes.

Cuando Piedad Córdoba propone no importa cuál fórmula para la liberación de los secuestrados, o para buscarle una solución pacífica al conflicto armado, o cuando con su voz libertaria levanta el tono para defender las minorías y denunciar las injusticias, los desplazamientos, la desigualdad social, el hambre y la pobreza que desde Uribe hasta Timochenko todos sabemos ahí y aquí, es una tal "Teodora Bolívar" la que hace estas denuncias, o una "fariana" deschavetada a la que no solo no se le debe escuchar, sino que bueno sería silenciar en una mazmorra o en la hermética profundidad de una tumba.

Los colmos en ella no se sacian. Si habla en México o en Ecuador para decir lo que otros decimos con extrema precisión en tertulias, protestas callejeras, columnas de prensa, quejas escritas a las autoridades, o "cartas a la redacción", al decir de nadie menos que de la cabeza del Ministerio Público quien representa a los ciudadanos ante el Estado ejerciendo la facultad de intervención "siempre que se desarrolle en defensa de los derechos y las garantías fundamentales", pudo haber "incurrido en los delitos de concierto para delinquir, incitación a la violencia y asonada". ¡Hágame el favor!

Y es que para el Procurador Ordoñez, Piedad Córdoba, por ejercer su sagrado derecho de expresión, bien amparado como lo está por la Constitución Nacional, por decir sin tapujos lo que millones de colombianos nos restringimos a pensar, delinque. Es decir, ha cometido un claro y execrable "delito de opinión". ¡Cuánta nostalgia dictatorial y fascista!

Cuando le llegó la información del video de Piedad en el Cauca dirigiéndose a los indígenas, y tuvo en sus manos "el cuerpo del delito", llamó aquello "noticia criminal", añadiendo que como estaba por fuera de su competencia cualquier investigación al respecto, "exigía" la inmediata intervención de la Fiscalía General de la Nación. ¡Qué afán! ¡Qué dicha!

Ella delinque, pues, por lo que debe ser judicializada, juzgada y condenada. ¿Y de nosotros, y los otros y todos aquellos colombianos que decimos o pensamos lo mismo, señor, qué será? ¿Será que como usted dice estamos también incursos en el delito por arrogarnos ese mismo derecho al que usted llama "un fuero especial para delinquir"?

Ahora bien, cuando el señor Procurador se ensaña con esta valiente mujer ante la mirada cómplice del establecimiento, la orquestada simpatía de tantos medios de comunicación, el aplauso rabioso de la derecha política, parapolítica y narcotraficante, ¿cuál responsabilidad judicial le cabría a él, al probablemente violar con sus instigaciones desde su alta responsabilidad como jefe del Ministerio Público los artículos 13 y 20 de la Constitución Política de Colombia?

Porque es que quienes quieren ver a Piedad Córdoba en la cárcel o muerta, no podrán jamás justificarlo por el desconocimiento de la Constitución o las leyes. Simplemente lo desean porque la propaganda política trabajada en filigrana por sus opositores desde la radio, la prensa y la televisión, les ha lavado el cerebro y los tiene en un estado de alienación y vergonzosa postración, o porque, aunque conscientes de los mandatos de la Carta, ven en ella la dinamita que terminaría por erosionar sus privilegios, o porque, simplemente es mujer y por añadidura, negra, lo cual para los machistas de ambos géneros es francamente imperdonable.

Y como si lo anterior fuera poco, el Jefe del Partido Liberal, su partido, el joven Simón Gaviria Muñoz, investido por la veleidad que le proporcionan su delfinazgo y su fugaz estrella, en un arrebato más humorístico que político, vacía sobre ella su resentimiento personal a nombre de la "democracia": "intolerable, desleal y antidemocrática… (sus palabras) no sólo pueden constituir una incitación al caos y a la anarquía, sino que distan profundamente de los postulados ideológicos del Partido Liberal".

En fin, "Negra".

¡Vaya "insulto" infeliz que a esta mujer berraca, estoy seguro, la hace feliz!

guribe3@gmail.com





sábado, 11 de agosto de 2012

Los animales, esas cosas…

Por Germán Uribe

Aterra saber que en dos artículos del Código Civil Colombiano a los animales se les designa como “cosas”. Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad, o al menos de visión humana y que entre humanos viva, incluidos los peores criminales, dejaría de reconocer que éstos tienen vida propia, sufren y gozan al igual que nosotros, tienen movilidad, capacidad de observación, reconocimiento de lo que los daña o beneficia, y en fin, en conclusión y de manera irrefutable, que son seres vivos: nacen, crecen, se alimentan, respiran, tienen órganos de los sentidos, se reproducen y mueren.


Y, sin embargo, vea pues, cómo en pleno siglo XXI a un caballo, un toro o un león se les califica y avista como meras “cosas”. Ni siquiera las ratas o los piojos, o las cucarachas y las garrapatas merecen tamaña inhabilitación. Pero así estaban y seguramente continuarán estando estas “cosas” con todo y que una reciente sentencia del Consejo de Estado que acogiera la ponencia presentada por el magistrado Enrique Gil Botero estableciera que "la interpretación de los artículos 2353 y 2354 del Código Civil se debe ajustar a los postulados constitucionales y filosóficos que reconocen el valor como seres vivos de los animales y, por lo tanto, su capacidad para ser titulares de derechos".

Quién lo creyera que… ¡por fin!

Parece, entonces, que a partir de esta nueva interpretación respecto de los animales, sempiternamente excluidos e invisibles ante la ley, el estatus de personas jurídicas reservado a los seres humanos, tajantemente excluyente frente a las millones de especies vivas que han sido siempre consideradas “cosas”, comienza a repensarse.

En la antigüedad, la concepción filosófica imperante definía a la totalidad de los animales como especies destinadas al uso y disfrute del hombre hasta que, tras debatir y controvertir aquello de que la ley es de humanos y sólo para humanos, la ciencia y la filosofía fueron poco a poco rectificándose. Por ello, aunque aún no se ha logrado que las legislaciones se ocupen en todos y cada uno de los países del mundo en ampliar su espectro para alcanzar a estos seres, ya se vislumbra un avance al aceptar que aquellas “cosas” son seres tan vivos como lo podemos ser nosotros.

Naturalmente que semejante concepción milenaria tenía que revaluarse sobre todo si se tenía en cuenta que en numerosos casos el nombrado instinto de los animales deriva en inteligencia a través de su capacidad de entendimiento o comprensión. Darwin fue explícito: "Las distintas emociones y facultades de las que el ser humano se cree único dueño se encuentran de modo naciente y a veces bien desarrolladas en los animales inferiores".

Pero volvamos a la histórica sentencia de la Sección Tercera del Consejo de Estado que en su parte medular propende por el buen trato que los humanos le debemos a los animales. Ese es el sentido de su nueva doctrina, razón de ser para que la acojamos con tanto entusiasmo y, naturalmente, con un gran aplauso. Allí, entre otras argumentaciones, enfatiza que la naturaleza animal, pese a no tener la facultad de expresar su voluntad, "como seres vivos, tienen dignidad en sí mismos", por lo que les exige a los hombres -que sí están regidos por la ley-, la obligatoriedad de asumir una responsabilidad frente a ellos otorgándoles cuidados y respetándoles aquella dignidad. "El principio de dignidad implícito en estos seres vivos”, señala la sentencia, “hace que toda institución jurídica tenga en cuenta esta condición”, para añadir luego en términos que para algunas “bestias humanas” parecerían una herejía o una desvarío: “Por lo tanto, son susceptibles de ser titulares de derechos, como una muerte digna sin sufrimiento, o a no ser maltratados". Y acota el doctor Gil Botero para redondear su razonamiento: "Nos beneficiamos de los animales, pero no es lícito que los torturemos o que su muerte se convierta en un espectáculo".

Al que le caiga el guante que se lo chante.

Desafortunadamente la sociedad no está enterada -lo que no es excusa para obrar en contrario- de que existe una Declaración Universal de los Derechos de los Animales aprobada primero por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y luego por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Ello, poco importa a quienes continúan manipulándolos como a “cosas” que están aquí en este mundo para ser usadas y abusadas sin contemplación alguna.

El ferviente llamado que hago ahora por el bienestar de los animales, llamado cuyo eco y su onda expansiva por desgracia están severamente quebrantados por mi escepticismo de cara a sus resultados, se torna, además, poco menos que ilusorio cuando me sumerjo en esta reflexión: si el uso y abuso desmedidos en el trato se da entre humanos con tal sevicia y crueldad, ¿qué se puede esperar, o mejor, cuál bondad podríamos pretender de estos “humanos” frente a sus víctimas inferiores del reino animal?


guribe3@gmail.com






viernes, 20 de julio de 2012

Para derrotar la droga… ¡legalizarla!

Por Germán Uribe

Cuando en 1970 durante la presidencia de Nixon los Estados Unidos declararon la guerra contra las drogas, nunca se imaginaron que esta no solo sería una de las más inútiles, contraproducentes y prolongadas de todas las guerras que han provocado, sino que, con graves perjuicios secundarios, cuyo efecto es ya de incalculable envergadura en todos los rincones de la tierra, sus diversos costos superarían con creces las tantas otras convencionales en las cuales han sido iniciadores o protagonistas. Y lo saben, pero lo niegan o callan. Su asombrosa terquedad va en contravía de la historia y es cínica, impúdica e irresponsable. Además, como lo dijimos hace algún tiempo en esta misma columna, mientras persistan en el prohibicionismo, combustible y atizador de esta guerra, y fuente económica del narcotráfico al que hace cada vez más osado y violento y, ¡oh paradoja!, menos vulnerable, su determinación a continuarla la hará prevalecer como una cruzada ineficaz y absurda.


Sus resultados, a más de negativos, son contrarios a su fin: la producción de narcóticos crece día a día, sus altos precios en el mercado no han podido desestimular su consumo, ni su criminalización ha logrado vencer las adicciones o la curiosidad de los usuarios. Y pese a lo que ciertas autoridades gringas han venido afirmando en el sentido de que la guerra tiene un acento mayor en el combate contra el consumo interno en su país, creemos que su estrategia global está condenada a fracasar hasta el día en que resuelvan superarla con un replanteamiento que les haga optar por asumirla como un palpitante problema de salud pública, abandonando su financiamiento y apoyo a la represión policial y militar, a las fumigaciones nocivas e indiscriminadas y al aporte tecnológico y guerrerista con que creen poder ganarla.

La drogadicción, como el alcoholismo, es básicamente un problema social y de salud pública. Y los viciosos no son un ejército en pie de lucha, son simplemente unos enfermos a quienes han querido “curar” a punta de cárcel y metralla.

Y aunque este no es lo que pudiéramos llamar el problema social de nuestro tiempo, como sí lo son el hambre, la pobreza y la desigualdad, no cabe duda de que los ingentes recursos económicos, técnicos y militares que se derrochan en ella, están distrayendo los esfuerzos que la potencia del Norte debería encausar hacía soluciones que mejoren las condiciones de vida de los pueblos menos favorecidos del planeta.

Como se ven las cosas, el auge de esta guerra viene intensificando la violencia y destruyendo los ideales de paz, progreso y bienestar de numerosos países, entre ellos y de manera significativa, Colombia y México.

A diferencia de lo que ya esbocé en otras oportunidades, ahora intentaré ceñir mi opinión a unas razones muy concretas para insistir en la urgencia de que la legalización de las drogas se convierta en una realidad impostergable o, al menos, en el punto de partida del debate sobre la manera de confrontar su peligro, partiendo de la conciencia, ya casi generalizada, de que hay que hacer algo, ya, para sobreponernos al temor de que si dejamos de lado una guerra frontal, sangrienta y depredadora contra el hombre y el medio ambiente, como lo es esta, estaríamos cediendo terreno para que esta peste moderna termine por liquidar a nuestra sociedad, idiotizándola, enfermándola y finalmente matándola.

Veamos pues, uno a uno, varios de los argumentos que me han llevado a concluir que únicamente con su legalización podemos superar sus desastrosos efectos:

El alcohol y el tabaco se instalaron en las costumbres sociales sin que esto significara el fin de la especie humana.

Como prohibición de una elección personal que es, se vuelve restrictiva y por ende atentatoria de las libertades individuales. Anticipo que lo digo en términos filosóficos antes de que me lluevan cursis refutaciones.

Los inestimables recursos económicos destinados para combatir la producción, el tráfico y el consumo bien podrían trasladarse a la inversión social y a la lucha contra la criminalidad.

El lucro excesivo de su negocio necesariamente se vendría a pique.

Su producción quedaría regulada y su calidad, dosis y alcances controlados.

La corrupción en la política y en los poderes públicos se vería mermada.

Los tentáculos de la represión para controlarlas o eliminarlas dejarían de infringirles a las gentes de bien efectos colaterales.

El liderazgo por parte de los Estados Unidos en esta guerra dejaría de ser un pretexto para inmiscuirse en el resto de países del mundo quebrantando su independencia y soberanía.

En definitiva, su ilegalidad se convierte en un fascinante reto para productores, comercializadores y consumidores. “Lo lícito no me es grato; lo prohibido excita mi deseo”, sentenció Otto Wagner. Y alguien más nos advirtió: “Lo prohibido tiene un sabor misterioso hasta que se hace costumbre”. Y eso es precisamente lo que no queremos.

En fin, hagamos este ejercicio un tanto surrealista: si también prohibieran el sexo, ¿qué piensa usted que pasaría? ¿La población mundial se multiplicaría llegando a niveles impensables? ¿Su práctica alcanzaría el primer puesto en el consumo humano de “bienes” y “servicios”? ¿La tentación recurrente por quebrantar lo prohibido haría de los impotentes adictos sexuales incurables? ¿El negocio de los condones superaría las cifras de facturación de Wal-Mart?

Seamos serios, aceptemos de una vez que el fin de la guerra contra las drogas y sus catastróficas consecuencias comienza indiscutiblemente con su legalización.


*Escritor
guribe3@gmail.com