domingo, 25 de octubre de 2009

El aborto: ¿Una vida por otra?

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


A raíz del reciente fallo de la Corte Constitucional que manda que el derecho al aborto en los tres casos despenalizados en Colombia sea, a manera de "cátedra", tema pedagógico en los colegios y que provocara una airada reacción de la Iglesia Católica, he visto la conveniencia de publicar de nuevo mi opinión respecto del aborto escrita cuando en nuestro país se debatía con fiereza la decisión que la Corte Constitucional debería tomar por aquellos días y que por suerte tomó más adelante en el más objetivo y civilizado de los sentidos.

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Mientras que para aquellos que se oponen a la despenalización del aborto la sola mención del tema les provoca más que escozor, una ira casi irracional, para quienes abogan por una pronta determinación favorable de la Corte Constitucional frente a las tres demandas existentes, su único afán es el de ver resuelto un problema de salud pública y una justicia “terrena” aplicada en rigor para preservar la vida de miles de mujeres expuestas por la violación, los embarazos de alto riesgo y las malformaciones del feto a una vida denigrante y a menudo fatal. Los primeros, como casi único argumento, invocan a Dios y la moral religiosa, es decir, argumentaciones subjetivas. Los segundos, con objetividad, reclaman lo objetivo: primero la existencia y lo que ya es de este mundo.

¿Quién, pues, con juicioso criterio podría consentir, como ocurrió hace poco en Pereira, que a una madre víctima del cáncer y cuya supervivencia sólo podría asegurarse si se le practicaba un aborto, habría que sacrificarse a cambio de una vida que apenas alcanzaba la categoría de “posible”? Los enemigos del aborto parecieran querer hacer prevalecer lo que puede llegar a ser, por sobre lo que ya es, una vida humana en pleno ejercicio de su existencia. Lo latente por sobre lo existente... una vida plena en canje con tal de no permitir la interrupción del embarazo antes de que el feto sea viable.

Y es que para este caso los inquisidores medievales no ven en la muerte de una madre aproximación alguna al pecado, o transgresión a la moral, mientras se preserve la evolución del feto. Y aunque ponen el grito en el cielo llamando a las madres que abortan asesinas de sus hijos, no creo que quienes estamos de parte del aborto llegáramos a llamar a sus hijos inconvenientes en gestación, asesinos de su propia madre.

Por lo tanto, no deja de ser escandalosa esta declaración de un médico: "Decidimos continuar el embarazo porque, si bien la literatura médica indica que en estos casos se debe hacer caso omiso del embarazo e iniciar la radioterapia, en un país como el nuestro, donde no es legal el aborto terapéutico, eso no se podía hacer y cometíamos un delito".

Qué bien. Aquí, en esta Colombia obsoleta y ya dejada de la mano de la civilización de un tercer milenio asombrosamente realista, la ley ordena que sea la madre a quien se deba inmolar en aras de una vida eventual. Antes que sacrificar lo gestado, hay que matar a quien lo gesta. Ni más ni menos es el contenido del mensaje que acabamos de recibir atónitos con el caso de Martha Sulay González, una humilde señora que ha sido condenada por las leyes colombianas a morir dejando en el abandono total a sus cuatro hijas por salvar la vida de una.

Finalmente, digamos que mientras en Colombia no lleguemos a la despenalización del aborto para casos extremos delineados en las demandas que cursan y acogidos entre otros por el Procurador, la Academia de Medicina, la Defensoría del Pueblo y Profamilia, tendremos que seguir aceptando que en este país prima por sobre la vida de la madre, el periodo gestacional de un feto.

Y todavía nos creemos los colombianos decorosos habitantes del moderno siglo XXI.

domingo, 18 de octubre de 2009

"Uno trabaja para que se le reconozca"

Entrevista concedida a Sane Society

Sane Society: ¿Cómo fue su infancia y de qué manera le ha marcado como escritor?

Germán Uribe: Ni entonces, cuando la sufrí, ni ahora que me conducen a recordarla, he sentido que mi infancia fuera agradable, festiva, productiva o esperanzadora. Naturalmente que cada cual es producto, víctima o beneficiario, de la suya. La mía, tejida por la soledad, la orfandad paterna, la inasistencia afectiva familiar y la hostilidad de mi entorno, me la convirtieron en un pasaje muy desagradable de mi existencia. Y, sin embargo, quizás por ello, y pese a ello, y gracias también a ello, pienso que devine en escritor, como una armadura para sobrevivir y una herramienta para hacer valer mi propia y libre identidad.

SS: ¿Como gran conocedor de Sartre, podría resumir algún aspecto de su filosofía que considere de una mayor relevancia para usted como persona?

GU: Creo que todo Sartre, el hombre, el escritor, el político, el filósofo, el crítico, en resumen, toda su vida y su obra influyeron en mí para moldearme intelectual, política y moralmente. Soy un producto inacabado e imperfecto, pero producto al fin y al cabo de su formidable parábola vital.

SS: Sartre es su gran ídolo, a quien tuvo la oportunidad de conocer personalmente (fue invitado a su casa). Si bien no llegó a concretar aquella visita, ¿cree que conocerlo hubiera supuesto quizás un riesgo de desmitificación y consecuente pérdida de ese “sustituto platónico del padre perdido”?


GU: De ninguna manera. A través de su obra, de su activismo político, de la prensa y tanto libro y ensayo sobre él, incluso, de seguirlo en conferencias y cafés y de diseccionarlo una y otra vez con mi más aguda observación, no pude reconocer en ese hombre otra cosa que a las más alta, aguda y libre personalidad del siglo XX. ¿Cómo podría decepcionarme? Y en cuanto a la desmitificación, pienso que, si por ejemplo, aparte de su estrabismo hubiese padecido de rasgos esquizofrénicos o de aliento fétido, por decir algo, yo no creo que la inteligencia y el valor se midan por la estética, o pierdan interés por detalles tan evidentemente humanos. Nada de lo que sus múltiples detractores dicen sobre su personalidad, su figura o su pensamiento me ha hecho desfallecer en mi admiración. Ni nada de lo que yo creo y pienso que fue y significa en la historia de la filosofía, el pensamiento y la crítica me ha llevado mitificarlo o desmitificarlo. Sartre simplemente fue lo que sigue siendo: un hombre, pero con mayúscula.

SS: ¿Considera positivo para un artista mantener vivos a sus mitos como estímulo para conservar la ilusión o bien al contrario, puede resultar una limitación?

GU: A través de los tiempos la historia nos ha enseñado que son precisamente los mitos quienes jalonan al hombre y a las sociedades hacia su perfeccionamiento. Ni reduce méritos, ni es condenable querer superar a nuestros propios mitos, pero es equivocado pretender desconocerlos, tergiversarlos o matarlos para sentirnos mejores. Nadie hace de nada un mito si no fuera porque lo necesita para complementarse.

SS: Usted ha conocido personalmente a Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Miguel Ángel Asturias, Rafael Alberti y Mario Vargas Llosa, entre otras personalidades, ¿Puede compartir con nosotros alguna anécdota que recuerde con particular aprecio o particular desprecio?


GU: Como se me ha escudriñado reiteradamente sobre lo mismo, y temo que de tanto hablar al respecto voy a terminar fantaseando o cambiando peligrosamente versiones, permítame abreviarle mi experiencia personal y mi opinión ecuánime sobre cada uno de ellos, no sólo por aquel trato directo con que fui privilegiado, sino porque además me adentré en su obra. De Pablo Neruda puedo decirle que no he conocido, ni sé de mejor poeta en los últimos cien años, ni de hombre de trato más afable y tierno con sus semejantes. De Alejo Carpentier, ¿qué? Probablemente la inteligencia literaria y la perfección del lenguaje y su tejido más rigurosamente fino de América Latina, claro, junto a Joao Guimaraes Rosa y José Lezama Lima. Sobre Nicolás Guillén, aunque tengo un recuerdo muy acentuado sobre su inexplicable antipatía y una cierta distancia acicalada en el trato con los muchachos que con tanta devoción lo rodeábamos por allá en los años sesenta en París, no dejo de amar entrañablemente su poesía, la que recito de memoria aún y en muy buena proporción. Asturias sí era, o lo fue en el trato que tuve con él, lo que comúnmente llamamos todo un caballero, o mejor, una dama: gentil, generoso, sencillo, servicial. Fue él quien me dio una carta para que me fuese otorgada en México una especie de beca con el fin de dedicarme allí por un par de años a la escritura en lo que parecía ser un taller para jóvenes. Cuando regresé a Colombia con la intención de iniciar los preparativos para concretar semejante oportunidad, cometí el imperdonable error de mostrarle el original de la recomendación manuscrita de Miguel Ángel Asturias a Manuel Zapata Olivella, un escritor colombiano quien, no sé por qué razón se quedó con ella, y en razón a tal secuestro documental, me quedé hasta el sol de hoy con la ilusión de aquella emocionante aventura intelectual. ¿Qué pudo haber hecho Zapata Olivella con aquella carta? Ni idea. ¡Quizás adorna a manera de cuadro una de las paredes de su casa o está ya desteñida pegada a cualquier álbum familiar suyo! Y, en fin, Rafael Alberti... qué poeta, qué político consecuente, qué hombre cabal.

SS: Usted ha escrito que hizo conciencia latinoamericana en sus años de residencia en Europa: ¿A qué se refiere y qué consecuencias positivas tendría para América Latina que sus habitantes adquirieran dicha conciencia? Además, ¿de qué manera el pueblo latinoamericano es responsable de su propia situación política y económica y en qué grado responsabilizaría de la misma a Estados Unidos y a Europa?

GU: Es el afán de lucro, la utilidad y el desmedido aprovechamiento económico de los poderosos lo que ha diseñado al mundo actual. Los poderes económicos y políticos, y ahora la globalización, mantienen con hambre y arrodillados, y a su servicio, a todos los pueblos subdesarrollados del globo. Ahora bien, como a esos poderes, que también lo son militares, no se les puede enfrentar en solitario, aisladamente, la conciencia y la unidad continental latinoamericana es clave para luchar con algunas posibilidades por el conjunto de sus reivindicaciones. Y en cuanto a la responsabilidad del pueblo latinoamericano por su estado de postración, cualquiera sabe que sin libertad política y sin independencia económica, y por añadidura sin trabajo, ni educación, ni salud, ni techo, ni justicia, y más aún con hambre, nadie puede ser responsable de su estado. La única responsabilidad que nos cabría sería la de ser cómplices de tales aberraciones, o la de no hacer nada para cambiar tal situación.

SS: ¿Cómo fueron sus comienzos y cómo logró abrirse camino profesionalmente?

GU: Comencé, como ya le dije, refugiándome en la escritura para evadir una manifiesta y lacerante soledad, pero aún sigo abriendo camino, con no pocas dificultades. Estos caminos, como el de cualquier actividad humana, comienzan pero no tienen fin ni destino preciso. Sólo acaban cuando la muerte ataca. Sin embargo, todo escritor que quiera progresar, que busque avances hacia su profesionalismo, debe circunscribirse a una sola cosa: escribir... Nada más. Lo demás, si su trabajo es válido, vendrá a manera de consecuencia natural.

SS: ¿Cuál es, en su opinión, la motivación fundamental del escritor para ejercer esta profesión?

GU: Ganas, simplemente. Inspiración, vocación, talento, medios, en fin, todas aquellas arandelas las pueden proporcionar la voluntad, el deseo, la decisión, en últimas, le repito, las ganas.

SS: Aparentemente la búsqueda de reconocimiento social es una motivación importante en muchos artistas y escritores, sin embargo, sólo una minoría insignificante lo logra ¿En su opinión, de qué manera ese supuesto fracaso puede afectar, positiva o negativamente, a la obra de un escritor?

GU: Mucho, pienso. Desalienta y nos ofrece a cada rato un cierto tufillo de fracaso. Uno trabaja para que se le reconozca, así sea a la manera de García Márquez que dice que lo hace para que sus amigos lo quieran más. ¿Y ello en sí no es un reconocimiento? De otra parte, mi criterio es el de que con el rastro terrenal o trascendente que deja el escritor con su obra, si no alcanza con ella la inmortalidad, al menos si debe lograr que se le extienda por sus congéneres, y en vida, un certificado de existencia particular.

SS: Tengo la sensación de que el escritor, y el artista en general, se considera particularmente frustrado –incluso culpable- por ser plenamente consciente de que su potencial será siempre mucho mayor que lo que logre plasmar en su obra, ¿Qué opina al respecto?

GU: Estrictamente cierto. Pero no olvide que eso mismo le ocurre a los hombres en no importa qué actividad que desarrollen. No es exclusivo del artista. Sólo que en él, por su afán perfeccionista, por su apurada sensibilidad, por su avidez en la búsqueda de una estética particular o universal, probablemente hay mayores exigencias propias y extrañas.

SS: Usted ha confesado sin complejos tener miedo a las entrevistas de radio o televisión, un miedo que intuyo comparten la mayoría de las personas ¿A qué tenemos todos tanto miedo?

GU: Concédame la oportunidad de trascribirle mi respuesta a Enrique Córdoba, un columnista del Miami Herald que me escribió desde Florida: Deseo invitarte a participar en mi programa Cita con Caracol que transmito en Miami diariamente de 1 a 2 de la tarde desde hace 15 años. Siempre invito a gente interesante que pasa por Miami, yo los visito en sus países o los llamo telefónicamente. Si te llama la atención, dame el teléfono dónde llamarte. Un gran abrazo con mi estimación de siempre. Enrique. A lo cual, escuetamente, le respondí: Mi muy apreciado Enrique: Ante todo, quiero que sepas de mi gratitud. Tu invitación a entrevistarme para Caracol Miami me honra, pero también, y por qué no, me provoca un leve sobresalto, ya que toda mi energía, mi sensibilidad y mi imaginación se han centrado en el transcurso de mi oficio intelectual en la escritura. Desde siempre. Con ella me debato pero también a ella y a sus bondades y rudeza me acojo. No soy improvisador ni memorista. No gozo de ese fascinante don. Y ello me ha causado vergüenzas como la de tener que rechazar reportajes para la televisión de personas tan queridas y generosas como María Cecilia Botero o, recientemente, Germán Santamaría. Nunca he podido ni querido someterme a la tortura exhibicionista de la TV, ni tampoco al afilado e intransigente juicio de los otros midiendo en la radio los tonos de mi voz o la fluidez y consistencia de mi discurso...

SS: Si empezase su carrera como escritor de nuevo ¿Haría algo de manera diferente?

GU: Todo. Leería más, escribiría más, vería más cine, visitaría más museos, viajaría más, le pondría mayor atención a las vivencias de la gente... Y, eventualmente, publicaría menos.

SS: ¿Qué consejo le daría a la gente que empieza a escribir?

GU: Que se niegue a pedir o a recibir consejos para ejercer lo que probablemente puede llegar a ser el oficio más individual, más personal, más íntimo y más solitario del ser humano.

SS:¿Considera que el arte tiene alguna utilidad en la construcción de una sociedad más sana?

Aunque Sartre decía, más o menos, que la literatura no salva nada ni a nadie, y aunque hay quienes sostienen que el arte en general, o debe plegarse al poder y constituirse en un instrumento suyo de propaganda, o por el contrario, manifestarse como una expresión contestataria y de rebelión frente a todo lo establecido, me parece que el arte y la cultura son indispensables para el progreso de la humanidad, básicamente en la búsqueda de su perfeccionamiento. Y reflexionemos dimensionando esto: las sociedades no se conforman y consolidan porque el arte esté de su lado; toda sociedad provoca y produce su propio arte, el que necesita, o el que se merece.

SS: ¿Cuáles son sus planes de futuro más inmediatos?

GU: Escribir...

guribe3@gmail.com

lunes, 12 de octubre de 2009

Jaime Garzón en la memoria

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


Se cumple por estos días el 15 aniversario del vil asesinato de Jaime Garzón, el humorista que entre bromas y burlas y con mucha gracia, no obstante, ejerció un periodismo serio. Quienes lo seguimos puntualmente, veíamos en sus humoradas un trasfondo dramático. Y es que en esta Colombia "feliz", inteligencias agudas y libres como la da Garzón, bien pueden darse el lujo de redondear una tragedia dándole figura de noticia y a la noticia difundida con humor, darle carácter de denuncia. Y así lo hizo siempre con Dioselina Tibaná, Néstor Elí, Godofredo Cínico Caspa y Heriberto de La Calle, entre otros personajes que hoy nos provocan nostalgia y fruición a un mismo tiempo. Su materia prima fue la devaluada solemnidad de la política, la rígida y bien planchada apariencia del estamento militar, la formalidad vacía de las instituciones y los símbolos patrios y, en fin, todo aquello que, representando al poder, mostrara inclinaciones perversas o injustas.

Fue un humorista esencialmente político a quien la política nunca dejó de darle "papaya". Y de qué manera con sus memorables gracejos supo aprovecharse de ello.

El viernes 13 de agosto de 1999, cuando el reloj marcaba las 6 y 19 de la mañana, se anunciaba por la TV y la radio el asesinato de Jaime Garzón por parte de dos sicarios en moto. Con sus 38 años no sólo era en ese momento el mejor humorista colombiano y un brillante analista político, sino alguien entregado a un activismo sincero y noble en aras de la paz.

El país, con razón, se consternó. Perdíamos al más lúcido e ingenioso crítico, a alguien que con su talentosa chispa y un nivel intelectual bien forjado, haciéndonos reír, nos ponía a pensar. Y haciéndonos pensar, nos deslizaba veladamente por entre el tobogán de las carcajadas hasta depositarnos en un terreno en donde nuestra condición se revelaba como indolente, cómplice y autora de nuestra propia desgracia.

No dejó en este país de violentos, corruptos, aprovechadores y asesinos, títere con cabeza. A cada cual, así fuese su amigo, le cantó su verdad, evidencia en mano. Y si estos eran presidentes, o ministros, o dirigentes políticos, o intocables "cacaos", o militares y policías, o embajadores, mejor. Sólo que lo hacía de una manera tan simpática y seductora, que fue perdonado, admitido y asimilado por casi todos ellos quienes, honesta o maliciosamente, resolvieron acercarlo más, ser, en últimas, sus mejores "amigos".

¡Más valía!

Sin embargo, a estas alturas en que nada cierto se sabe respecto del crimen, cómo, se pregunta uno, ¿un desquiciado personaje de esos, un notable entre comillas, un corrupto con negrita, criticado y enjuiciado por él, no pudo haber sido el autor intelectual de su vil asesinato?


De todas formas, con este delito atroz y vulgar, perdieron el país, el periodismo, la sociedad y el humor a un hombre que no solamente nos puso a reflexionar en medio de risotadas, sino que el mismo proceso de paz al que había resuelto vincularse armado de un gran equilibrio personal, de una diáfana neutralidad y de una prudencia admirable, perdió un aporte significativo.

Sé de la inacabada tristeza y el dolor infinito e irremediable de sus amigos más próximos, muchos de ellos la flor y nata de la dirigencia colombiana, pero también, muchos de ellos, responsables de no haberle protegido su vida cuando él mismo repetía a los cuatro vientos y a quien se lo quisiera oír, que se encontraba amenazado.

Porque es que no solamente mata quien dispara, también mata quien no previene el disparo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos...

Por Germán Uribe
mailto:guribe@cable.net.co

Hasta hace algunos años, cuando no solamente era, sino que me sentía joven y vigoroso, regían para mí unas licencias que me lo permitían todo a cambio de nada. Por entonces, sin mediar mayores preocupaciones, nada me era imposible o difícil. Los obstáculos se constituían en una provocación y un reto alucinantes. Pero con el paso de los años han cambiado de tal manera las reglas aconsejadas para llevar una vida equilibrada y tranquila, que hoy me veo precisado a indicarle, particularmente a los jóvenes buscando para ellos su beneficio y aprovechamiento, lo que antes hacía que hoy no hago, o lo que antes dejaba de hacer y hoy ya no puedo. Y no todo lo que ahora dejo de hacer se me impone por voluntad propia o porque así sería mejor, sino que algunas cosas de las que antaño hacía y ahora no hago, me vienen dictadas por fuerzas extrañas a mi voluntad, por una realidad abrupta e inexorable. Pero mejor será ver los ejemplos y avenirse o no con ellos:

1) Yo no creía que la muerte era segura, porque de pronto vaya y quién sabe...
Ahora creo que no hay nada más seguro en esta vida que la muerte.

2) Pensaba que la comida era para comerla y nada más.
Ahora pienso que la comida es a un mismo tiempo alimento y deleite.

3) Antes imaginaba que el amor de las mujeres era una obligación suya frente al hombre.
Ahora sé que el amor de las mujeres hay que ganárselo.

4) Antaño todo era cantidad.
Ahora sólo busco la calidad.

5) En otros tiempos me dedicaba de noche a prender todas las luces de mi casa para verme mejor dentro de un mundo bien iluminado.
Ahora sólo puedo verme a mí mismo bien y ver con mayor objetividad al mundo que me rodea, en medio de la tenuidad y la penumbra.

6) Otrora no me detenía a pensar en la velocidad agobiante y opresiva del tiempo, lo dejaba pasar de manera alegre e irresponsable.
Ahora taso, cronometro, mido cada segundo que pasa.

7) Antaño dejé de hacer muchas cosas porque simplemente no quería.
Ahora dejo de hacerlas porque simplemente no puedo.

8) Anteriormente reía con ganas; había mucha arrogancia y despreocupación en mi risa.
Ahora río con cautela.

9) En épocas lejanas comía de todo.
Ahora, ¿qué puedo comer?

10) En mis viejos tiempos todo lo veía desde un punto de vista general, universal.
Ahora todo lo miro con la lente de lo particular y lo concreto.

11) Entonces mis viajes los desarrollaba por diversas geografías del mundo.
Ahora mis viajes los hago cada vez con más frecuencia por dentro de mí mismo.

12) Antiguamente los amigos me escogían a mí. Eran muchos.
Ahora yo escojo a mis amigos. Son escasos.

13) Hasta hace muy poco escribía para que me admiraran.
Ahora francamente no sé para qué escribo.

14) Antes me desesperaba y gritaba.
Ahora intento acomodarme a la realidad, resignarme y callar.

¡Maduré!

domingo, 27 de septiembre de 2009

Para ganarle a las drogas, habría que legalizarlas

Por Germán Uribe
mailto:guribe@cable.net.co


La amarga experiencia que tuvieron con la prohibición de la producción y libre comercialización de los licores en el primer tercio del siglo pasado, debería servirles de experiencia a los estadounidenses para no caer en errores casi calcados 70 años después. La encarnizada lucha que el Coloso del Norte libra actualmente en todos los rincones del mundo para imponer ferozmente la ilegalidad de drogas como la cocaína, está generando resultados insospechados que bien podrían convertirse para ellos mismos, a la larga, en un certero y abrumador bumerán. Luego de su participación en las dos guerras mundiales y del calentamiento moral y político ficticio en que se empeñaron para prolongar la guerra fría, con el pretexto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el pensamiento marxista, amén de ya no se sabe cuántas intervenciones militares y económicas en cercanos y lejanos países soberanos, de unos años para acá les dio por sustituir todos aquellos atropellos, y a nombre de su muy peculiar noción de democracia y libertad, emprender una guerra sin cuartel contra las naciones cultivadoras, productoras y comercializadoras de la coca. ¡Ah!, y es que según parece, ya la marihuana no les interesa. Después de combatirla también mientras se la fumaban, todo indica que llegaron al convencimiento de que, siendo tan apetecida -y hasta medicinal-, era más rentable y cómodo cultivarla ellos mismos. ¡Flexibilizaron su consumo interno y mejoraron la Colombian gold!

Vistas todas las calamidades por las que hemos tenido que atravesar para contemporizar con esta esquizofrenia gringa, ¿lo mejor no será entonces sentarnos a esperar que se resuelvan de una vez por todas a meterse también ellos en el negocio? Sabemos que cada día aumenta el número de norteamericanos que la aspiran a cualquier precio y que la represión contra esos millones de habituales adictos no puede compararse con la fiereza y el exagerado gasto militar con que la vienen embistiendo en los países productores y exportadores. Ellos la consumen masivamente, mientras en un juego de doble moral, la hostigan y sitian allí adondequiera que se produzca. ¿Cuántos muertos más habremos de ofrendarles antes de que reflexionen sobre esta nueva guerra con tecnología de punta y probablemente sentido experimental que se inventaron y que, no obstante, puede llegar a ser de tan fácil solución? ¿Cuándo se ocuparán de un tema diferente que les permita desbordar a sus anchas su prepotencia de imperio moderno sin que se sigan ensañando con los paupérrimos países del Tercer Mundo? ¿Por qué no desahogan la pedantería de su poderío militar y económico en, por ejemplo, erradicar la miseria y el hambre universales?

La única manera sensata que se vislumbra para detener esta exaltada escalada guerrerista, y que por lo demás englobaría un esperanzador aforo histórico positivo, pienso, es el estudio escrupuloso, inteligente y desprejuiciado que debería hacerse para legalizar la droga. No veo otra forma de acabar con este azote siniestro y pervertidor que mantiene no sólo paralizado o en retroceso el desarrollo, sino en guerra permanente a países como Colombia. Y habrá que hacerlo cuanto antes porque cada hora, cada día que pasa, la excedida intransigencia de los Estados Unidos y de sus aliados en la lucha contra las drogas está postergando años y décadas el progreso de la humanidad. Y poniendo en peligro el futuro, no solamente de los países cultivadores y exportadores, sino también el de ellos mismos, como quiera que la tendencia alcista de su consumo interno terminará por degenerar a su propia población. Aunque cuando rectifiquen -y pueda ser que no sea tarde-, de todas maneras ya será demasiado costoso. Trasladar esos inmensos recursos económicos y los colosales esfuerzos militares a sistemas de educación, prevención, reglamentación, judicialización y propaganda con relación a la droga y sus nocivos efectos, nos ahorraría miles y hasta millones de víctimas y ayudaría inmensamente a la pacificación del mundo.

De la misma manera que el alcohol y el cigarrillo han venido siendo hostigados por las buenas y su consumo de vino ya en un asunto de conciencia personal, la cocaína, la marihuana y la heroína, entre otras drogas, legalizadas, podrían controlarse mejor. Su cultivo y comercialización ya dejarían de ser el gran negocio, desestimulando con ello, de un tajo, su creciente producción. Y ganarían así, la primera potencia mundial, la Unión Europea, los países industrializados y el resto de la humanidad.

El señor Robert J. Barro, profesor de economía de la Universidad de Harvard, me da plena razón cuando escribió sobre lo que podía sustituir la política antidrogas norteamericana denominada Plan Colombia, política que en el fondo no está provocando otra cosa que el acentuación progresiva de la violencia por la que atraviesa el país, amén de la profundización e internacionalización fronteriza del conflicto social y armado. En otras palabras, el profesor Barro afirma lo mismo que aquí planteo: la urgencia de combatir las drogas, legalizándolas. Y Precisa:

Algo que debemos tomar en cuenta es que no requerimos ningún Plan Colombia para países productores de tabaco ni de licores. La diferencia radical entre el tabaco o el licor con la cocaína o la marihuana o la heroína no es que un tipo de drogas sea más peligroso que el otro, sino que las primeras son legales y las segundas ilegales. En conjunto, nuestra política (la norteamericana) respecto a las drogas es un desastre y seriamente necesita ser reorientada.

Que por fin entiendan que cuesta menos y beneficia más legalizar la droga, que arrasarla a sangre y fuego... ¡Y a costa nuestra!