Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
En septiembre pasado leí a Ignacio Ramonet en la edición en español de Le Monde Diplomatique cuando hacía referencia a las mafias farmacéuticas evidenciando cómo sus grandes grupos entorpecen la aparición de medicamentos más efectivos pero, sobre todo, de qué manera se esfuerzan por desacreditar los mucho más baratos medicamentos genéricos. "Los genéricos -dice Ramonet- son medicamentos idénticos en cuanto a principios activos, dosificación, forma farmacéutica, seguridad y eficacia, a los medicamentos originales producidos en exclusividad por los grandes monopolios farmacéuticos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la mayoría de los Gobiernos recomiendan el uso de genéricos porque, por su menor coste, favorecen el acceso equitativo a la salud de las poblaciones expuestas a enfermedades evitables."
Bien. Pero existe otro "engendro" -por llamarlo de alguna manera- tan grave o más que el anterior y al que yo llamaría como el marketing de las enfermedades.
Veamos:
El periodista alemán Ray Moynihan publicó en 2005 un libro bajo el título de "Medicamentos que nos enferman". En él, el audaz investigador se va lanza en ristre contra la industria farmacéutica señalándola de promocionar "males inventados", lo que estaría convirtiendo a dicha promoción de "enfermedades fraguadas" en una verdadera mina de oro, no tanto para beneficiar el desarrollo de la investigación científica de la medicina, como para satisfacer el desaforado crecimiento económico de los industriales farmacéuticos.
Y es que para la tesis de Moynihan, y en apoyo suyo, existe el antecedente de un estudio publicado por la revista Nature en el cual se revelaba que "el 70 por ciento de los grupos médicos que elaboraron guías para tratar enfermedades, tenían conexiones financieras con laboratorios farmacéuticos".
Las explicaciones que da el denunciante son muchas y puntuales. Para él, las enfermedades inventadas son aquellas que "transforman procesos naturales o etapas de la vida normales en algo que debe recibir medicamentos", y cita, entre otras, la menopausia, la disfunción eréctil, el colesterol, la calvicie, la timidez, la tristeza, la baja estatura, la pereza, la disfunción sexual femenina, el aumento de peso, la osteoporosis y la andropausia, rematando sentencioso con su implacable dedo acusador: "La mayoría son empresas farmacéuticas y grupos de médicos que aumentan síntomas o crean dolencias. Es un negocio. Para cada droga inventan un mal. Procesos normales como el envejecimiento, el embarazo, el parto, la infelicidad o la muerte tienen un fármaco a su servicio."
Así, pues, y visto lo anterior, hemos creído conveniente no sólo exteriorizar cierta simpatía con esta imputación sobre las "enfermedades inventadas", sino unirnos al coro de los pacientes "quejumbrosos" a quienes por otro lado nos está llegando la hora de la confusión total, y esta vez y para el caso al que me referiré, por la "rigurosidad" de la ciencia médica y el "desvelo" excepcionalmente acucioso de sus oficiantes.
Ya no sabemos si está bien el hecho de que los médicos estén alarmando a toda hora a estos pobres esqueletos carnudos y ambulantes que somos, puesto que lo cierto es que, vivir en paz y en armonía con nuestra mente y con nuestro cuerpo, se hace cada vez más angustioso. Todos los días se informa uno sobre los peligros de todo. Poco queda ya en este planeta globalizado que no sea nefasto para la salud.
Porque, en concordancia con lo del negocio de las enfermedades inventadas y la "rigurosidad" médica orientada hacia el consumo masivo de todo tipo de drogas y toda clase de "chequeos", está aquella popularizada y cada vez más extendida expresión de que, "todo hace daño." Parece que estamos condenados, si queremos vivir sanos y un poco más del tiempo que a la naturaleza le dio por ofrecernos, a beber agua natural e ingerir comidas crudas acompañadas de frutas y verduras.
Ahora bien, para nuestros facultativos, numerosos de los actos que ejercemos a través de nuestro cuerpo, o la mayoría de los que emprendemos desde nuestro autónomo y ávido sistema digestivo, nos están llevando a incubar enfermedades gravísimas… acaso letales. Y le agregan a esto, con aquella inapelable expresión austera de siempre, la falta de ejercicio, el estrés, el dormir poco o mucho, los abusos de la sal, la grasa o el azúcar, etc.
Por ello, y para completar este cuadro quejoso de "paciente" impaciente, por nuestra terquedad en consumir lo que nos agrada y vivir como mejor nos plazca, es que estamos condenados a visitarlos constantemente.
Lo que ellos quisieran es que cada seis meses el "chequeíto" no falte: el corazón, el hígado, los pulmones, el colon, la vejiga, los huesos, los riñones, la columna vertebral, la vista, los senos, el útero, los dientes, la laringe, el esófago, el páncreas, la próstata, en fin, todo aquel órgano de su cuerpo que todavía ellos mismos no nos lo hayan mutilado.
De tal modo que vámonos preparando para sortear el acecho permanente a que nos tienen sometidos hoy en día todos los neumólogos, neurólogos, ginecólogos, urólogos, odontólogos, cardiólogos, pediatras, proctólogos, oftalmólogos, dermatólogos, oncólogos, ortopedistas, gastroenterólogos, endocrinólogos, hematólogos y quién sabe, como van las cosas en este siglo XXI, cuántos especialistas más.
Mi protesta va, entonces, contra los costosos remedios que dicen "prevenir" o "atacar" los males de los que la madre natura, en su enigmática sabiduría, nos proveyó en mala hora; contra el "constreñimiento" alimenticio y la "opresión" sobre nuestra movilidad corpórea y nuestro estilo de vida y, por último, contra el "apremio" por tener que consultar tan a menudo, y ya sin tiempo ni dinero para lo demás, a esa interminable, infinita lista de especialistas en todo.
Pretendo con este blog reunir una serie de textos que terminen conformando el que yo pienso será el último de mis libros: PRECISIONES. En él intento plasmar mi libre criterio sobre aquellos temas que me han provocado rabia o amor en medio de arrolladores sentimientos, sentimientos éstos que desde siempre sólo he logrado sosegar a través de la escritura. Lo asumiré pues como si fuera una cámara de video con la cual captar descarnadamente el mundo tal como yo lo veo, lo vivo, lo sufro o lo gozo.
domingo, 13 de diciembre de 2009
domingo, 6 de diciembre de 2009
Desplazamientos criminales, extradiciones indignantes
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Hace algún tiempo le escuché decir a alguien que eran tantos, tan variados y tan crueles los cotidianos actos de violencia en Colombia, que ya en cualquier parte del mundo al país se le asociaba con toda naturalidad a la palabra violencia (más que a los términos de guerra o conflicto) y remataba aquel alarmado analista diciendo: "Hablar de la violencia colombiana va convirtiéndose cada vez más en una especie de pleonasmo morboso".
Como vemos, ya Colombia, entonces, no es café, orquídeas y esmeraldas, y atrás quedaron el idioma castellano mejor tratado y las hermosas mujeres. Ahora Colombia, viviendo probablemente su periodo más sangriento y corrupto de toda su historia, no es otra cosa -en la idea que las gentes de cualquier parte del mundo pueden hacerse de ella- que violencia o, "la violenta Colombia". Y por ello, no pudiendo dejar de lado esta violencia como una contundente y cotidiana realidad entronizada, quisiera esbozar dos fenómenos específicos derivados suyos, ambos profundamente perturbadores y escabrosos. De un lado, los desplazamientos de la población campesina que ya sobrepasan la cifra de los 4 millones de personas en este gobierno de la "Seguridad Democrática" del Presidente Uribe, y por el otro, las absurdas extradiciones -más de mil durante este tremebundo régimen -, también desplazamientos forzados, aunque éstos, allende las fronteras y más directamente responsabilidad de los gobiernos de turno. Desplazamientos ambos, en todo caso, que avergüenzan nuestra dignidad nacional y ponen en entredicho nuestra condición de nación civilizada en tanto que son provocados o permitidos por el Estado.
En primer lugar, en el origen de los desplazamientos campesinos, las autoridades, engañándonos y engañándose ellas mismas con propósitos proclives, han resuelto reducir su causa como la consecuencia de una simple arremetida del terrorismo contra las instituciones, y por añadidura negándole el carácter político a la subversión, sin darse cuenta que con ello debilitan los argumentos del Estado -que ellos representan- en su defensa. Y aunque probablemente consigan en su lucha contra la insurgencia un considerable respaldo internacional en esta era de la globalización capitalista -incluidas las 7 Bases Militares gringas que como bien dice Fidel Castro, tras pulverizar nuestra soberanía, terminaron anexando a Colombia al Imperio-, es cierto también que con las nuevas tácticas implementadas por las mentes delirantes del uribismo que nos gobierna -bombardeos indiscriminados, "falsos positivos", recompensas inmorales, permisividad frente a la violación de los derechos humanos, corrupción generalizada, toda clase de anomalías y atropellos jurídicos en la consecución del Referendo Reeleccionista, persecución, calumnias y espionaje a la Corte Suprema de Justicia, politiquería rampante y parapolítica pestilente, ¡y qué etcétera sin fin!- nos están conduciendo a una terrible y degradante deshumanización de la guerra y de la vida civil en medio del conflicto, y a los fatales caminos de un ya perceptible terrorismo de Estado y de una dictadura disfrazada que quiere a toda costa un tercer mandato.
Ahora bien, si los miles de muertos, secuestrados y desaparecidos duelen, ellos ya cruelmente reducidos a la nada o a la desesperanza total, cuánto no nos deben doler estos ya millones de colombianos entrados en el "juego" de un flujo migratorio inconcebible, deambulando por la geografía patria con el fardo de la humillación a cuestas, sin futuro ni amparo, estigmatizados, y con el hambre y el desprecio y la suspicacia derrumbándoles sus ya exiguas humanidades.
Y en cuanto a las extradiciones, vaya si habría que añadirles a las víctimas de este esperpento jurídico, desterradas, desarraigadas e impotentes -igual que los desplazados-, el hecho de que deban verse constreñidos a confinarse en tierras ignotas y ajenas, pagando sus delitos en idiomas foráneos, legislaciones insólitas, culturas raras o extravagantes, o en todo caso ¡tan distintas! Y sin el calor y el respaldo de su familia. Y ahora, para completar, con abogados de oficio porque los suyos confiables no pueden derivar sus honorarios de dineros "sospechosos".
Algún día la historia registrará, condenando, la alegría majadera de los que hoy celebran con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez las mil y más extradiciones de colombianos autorizadas por él. Y nos explicará, deberá hacerlo y lo hará sin duda, por qué el Estado colombiano fue incapaz de proveerse una leyes que hiciesen justicia en su propia casa y crease una organización social que evitara la violencia, aplicase la igualdad y proporcionara los medios culturales y materiales para evitar los desplazamientos de la población campesina.
guribe3@gmail.com
Hace algún tiempo le escuché decir a alguien que eran tantos, tan variados y tan crueles los cotidianos actos de violencia en Colombia, que ya en cualquier parte del mundo al país se le asociaba con toda naturalidad a la palabra violencia (más que a los términos de guerra o conflicto) y remataba aquel alarmado analista diciendo: "Hablar de la violencia colombiana va convirtiéndose cada vez más en una especie de pleonasmo morboso".
Como vemos, ya Colombia, entonces, no es café, orquídeas y esmeraldas, y atrás quedaron el idioma castellano mejor tratado y las hermosas mujeres. Ahora Colombia, viviendo probablemente su periodo más sangriento y corrupto de toda su historia, no es otra cosa -en la idea que las gentes de cualquier parte del mundo pueden hacerse de ella- que violencia o, "la violenta Colombia". Y por ello, no pudiendo dejar de lado esta violencia como una contundente y cotidiana realidad entronizada, quisiera esbozar dos fenómenos específicos derivados suyos, ambos profundamente perturbadores y escabrosos. De un lado, los desplazamientos de la población campesina que ya sobrepasan la cifra de los 4 millones de personas en este gobierno de la "Seguridad Democrática" del Presidente Uribe, y por el otro, las absurdas extradiciones -más de mil durante este tremebundo régimen -, también desplazamientos forzados, aunque éstos, allende las fronteras y más directamente responsabilidad de los gobiernos de turno. Desplazamientos ambos, en todo caso, que avergüenzan nuestra dignidad nacional y ponen en entredicho nuestra condición de nación civilizada en tanto que son provocados o permitidos por el Estado.
En primer lugar, en el origen de los desplazamientos campesinos, las autoridades, engañándonos y engañándose ellas mismas con propósitos proclives, han resuelto reducir su causa como la consecuencia de una simple arremetida del terrorismo contra las instituciones, y por añadidura negándole el carácter político a la subversión, sin darse cuenta que con ello debilitan los argumentos del Estado -que ellos representan- en su defensa. Y aunque probablemente consigan en su lucha contra la insurgencia un considerable respaldo internacional en esta era de la globalización capitalista -incluidas las 7 Bases Militares gringas que como bien dice Fidel Castro, tras pulverizar nuestra soberanía, terminaron anexando a Colombia al Imperio-, es cierto también que con las nuevas tácticas implementadas por las mentes delirantes del uribismo que nos gobierna -bombardeos indiscriminados, "falsos positivos", recompensas inmorales, permisividad frente a la violación de los derechos humanos, corrupción generalizada, toda clase de anomalías y atropellos jurídicos en la consecución del Referendo Reeleccionista, persecución, calumnias y espionaje a la Corte Suprema de Justicia, politiquería rampante y parapolítica pestilente, ¡y qué etcétera sin fin!- nos están conduciendo a una terrible y degradante deshumanización de la guerra y de la vida civil en medio del conflicto, y a los fatales caminos de un ya perceptible terrorismo de Estado y de una dictadura disfrazada que quiere a toda costa un tercer mandato.
Ahora bien, si los miles de muertos, secuestrados y desaparecidos duelen, ellos ya cruelmente reducidos a la nada o a la desesperanza total, cuánto no nos deben doler estos ya millones de colombianos entrados en el "juego" de un flujo migratorio inconcebible, deambulando por la geografía patria con el fardo de la humillación a cuestas, sin futuro ni amparo, estigmatizados, y con el hambre y el desprecio y la suspicacia derrumbándoles sus ya exiguas humanidades.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Drogadictos… ¡al Spa!
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
Todo indica que a la insaciable aplanadora uribista no la detiene nadie si de reformar la Constitución se trata. Acaba de pasar en séptimo debate y está a punto de aprobarse en el Senado la reforma constitucional sobre consumo de estupefacientes y psicotrópicos. Es la 29a. reforma de la Constitución en menos de 20 años y, según el historiador Jorge Orlando Melo en su columna de El Tiempo del pasado jueves 26 de noviembre, y a quien le damos la razón, es quizás la más anodina de todas cuantas se han presentado. Y es que el desdén del Presidente Uribe por la Constitución ya hace parte de preocupantes reflexiones en círculos periodísticos y políticos internacionales, la Casa Blanca incluida. Y su caprichosa manía de estarla modificando para su beneficio, o incluso sólo por el prurito de llevarle la contraria al jefe del partido de oposición, está llevándonos a hacer el ridículo a nivel mundial. Tal el caso de este proyecto de acto legislativo que prohíbe el porte y consumo de la dosis mínima de droga, obviando esta vez la sanción penal y resignándose a acatar la aprobación previa de los pacientes. Concesiones hechas sin importar el cambio en la esencia del proyecto, sólo para "honrar la palabra" del otrora candidato presidencial.
Ahora, pues, reformamos nuevamente la Constitución no ya para poner presos a los adictos, sino para ofrecerles tratamientos médicos y clínicas especializadas -incluidas las flamantes de desintoxicación y reposo- que los saquen de aquel infierno de la drogadicción. Y esto, lo queremos hacer aquí, en donde si no hay recursos -aparte de los destinados a la guerra- para la inversión social, menos los habrá para poner a operar tales centros médicos, o para conformar Tribunales éticos, o para nada por mínimo que sea de aquel colosal andamiaje que requeriría la puesta en marcha de semejante utopía. Y, entre tanto, en México, país tan afectado o más que Colombia por este problema del narcotráfico, no hace mucho despenalizaron el porte de pequeñas dosis que la Cámara de Diputados aprobó como "Ley contra el Narcomenudeo" permitiendo a una persona portar dos gramos de opio, 50 miligramos de heroína, cinco gramos de marihuana, 500 miligramos de cocaína, 0.015 miligramos de LSD y 40 gramos de metanfetaminas. Y qué decir de Portugal que, "descriminalizándola" en el 2001, abordara con éxito el camino para resolver esta complejidad ética, amén de que ha evidenciado con ello que los castigos no repercuten de modo determinante en el consumo de las drogas.
Naturalmente que no estamos de acuerdo con la represión a la dosis personal y menos aún con la hilarante quimera de su metodología en la aplicación de la ley. Eso de conducir uno a uno, o en grupos, a los miles y miles de consumidores de dosis mínimas -aquellos que son "pillados" cuando escasamente estaban probándola, o quienes la usan eventualmente, o quienes la requieren por algún motivo, o quienes ya son viciosos, o a quien le da la soberana gana no de beberse una botella de alcohol sino de meterse un "pase"-, conducirlos, digo, en confortables vehículos de la policía o el ejercito a flamantes clínicas de rehabilitación tras haber pasado previamente por los majestuosos "Tribunales de Tratamiento" en donde un solícito juez ha dispuesto su breve estadía -¡no reclusión, por Dios!- en un centro médico asistencial, eso sí, "si el joven se acomide a darnos su consentimiento", eso, repito, ¿no es acaso, simplemente, una ocurrencia estrambótica?
De tal forma, debemos preguntarnos que, si como dice el ponente del proyecto, no se trata de sancionar sino de "generar conciencia ciudadana sobre los perjuicios que traen las drogas ilícitas”, siendo esta extravagancia jurídica la fórmula "ideal" para el tratamiento de un "delito", ¿por qué no se amplía el espectro de dicha ley y se incluyen allí para "tratarlos" igual que a los drogadictos, a raponeros y asesinos, secuestradores y violadores y a todos aquellos que de alguna manera quebranten la ley en razón a su igualmente malsano estado mental y emocional? Porque en adelante, aprobada esta ley, la fórmula mágica es sancionar los delitos y trasgresiones con cómodos procedimientos de rehabilitación para lo cual se crearán con los boyantes recursos económicos que tiene el gobierno para la salud y la justicia, "Tribunales éticos" con jueces y médicos especialistas que valorarán la situación de cada infractor determinando la cura que debe recibir.
¿Qué es esto sino bla, bla, bla?: “Pretendemos que la ley establezca medidas de carácter pedagógico, profiláctico o terapéutico, llegando a acompañar estas medidas con privaciones de libertad en lugares adecuados para ello, sin llegarse a considerar una reclusión en una prisión”
Pienso, entonces, que los Spa bien podrían sustituir a las cárceles cumpliendo así, "divinamente", el cometido de esta nueva excentricidad gubernamental.
guribe3@gmail.com
Todo indica que a la insaciable aplanadora uribista no la detiene nadie si de reformar la Constitución se trata. Acaba de pasar en séptimo debate y está a punto de aprobarse en el Senado la reforma constitucional sobre consumo de estupefacientes y psicotrópicos. Es la 29a. reforma de la Constitución en menos de 20 años y, según el historiador Jorge Orlando Melo en su columna de El Tiempo del pasado jueves 26 de noviembre, y a quien le damos la razón, es quizás la más anodina de todas cuantas se han presentado. Y es que el desdén del Presidente Uribe por la Constitución ya hace parte de preocupantes reflexiones en círculos periodísticos y políticos internacionales, la Casa Blanca incluida. Y su caprichosa manía de estarla modificando para su beneficio, o incluso sólo por el prurito de llevarle la contraria al jefe del partido de oposición, está llevándonos a hacer el ridículo a nivel mundial. Tal el caso de este proyecto de acto legislativo que prohíbe el porte y consumo de la dosis mínima de droga, obviando esta vez la sanción penal y resignándose a acatar la aprobación previa de los pacientes. Concesiones hechas sin importar el cambio en la esencia del proyecto, sólo para "honrar la palabra" del otrora candidato presidencial.
Ahora, pues, reformamos nuevamente la Constitución no ya para poner presos a los adictos, sino para ofrecerles tratamientos médicos y clínicas especializadas -incluidas las flamantes de desintoxicación y reposo- que los saquen de aquel infierno de la drogadicción. Y esto, lo queremos hacer aquí, en donde si no hay recursos -aparte de los destinados a la guerra- para la inversión social, menos los habrá para poner a operar tales centros médicos, o para conformar Tribunales éticos, o para nada por mínimo que sea de aquel colosal andamiaje que requeriría la puesta en marcha de semejante utopía. Y, entre tanto, en México, país tan afectado o más que Colombia por este problema del narcotráfico, no hace mucho despenalizaron el porte de pequeñas dosis que la Cámara de Diputados aprobó como "Ley contra el Narcomenudeo" permitiendo a una persona portar dos gramos de opio, 50 miligramos de heroína, cinco gramos de marihuana, 500 miligramos de cocaína, 0.015 miligramos de LSD y 40 gramos de metanfetaminas. Y qué decir de Portugal que, "descriminalizándola" en el 2001, abordara con éxito el camino para resolver esta complejidad ética, amén de que ha evidenciado con ello que los castigos no repercuten de modo determinante en el consumo de las drogas.
Naturalmente que no estamos de acuerdo con la represión a la dosis personal y menos aún con la hilarante quimera de su metodología en la aplicación de la ley. Eso de conducir uno a uno, o en grupos, a los miles y miles de consumidores de dosis mínimas -aquellos que son "pillados" cuando escasamente estaban probándola, o quienes la usan eventualmente, o quienes la requieren por algún motivo, o quienes ya son viciosos, o a quien le da la soberana gana no de beberse una botella de alcohol sino de meterse un "pase"-, conducirlos, digo, en confortables vehículos de la policía o el ejercito a flamantes clínicas de rehabilitación tras haber pasado previamente por los majestuosos "Tribunales de Tratamiento" en donde un solícito juez ha dispuesto su breve estadía -¡no reclusión, por Dios!- en un centro médico asistencial, eso sí, "si el joven se acomide a darnos su consentimiento", eso, repito, ¿no es acaso, simplemente, una ocurrencia estrambótica?
De tal forma, debemos preguntarnos que, si como dice el ponente del proyecto, no se trata de sancionar sino de "generar conciencia ciudadana sobre los perjuicios que traen las drogas ilícitas”, siendo esta extravagancia jurídica la fórmula "ideal" para el tratamiento de un "delito", ¿por qué no se amplía el espectro de dicha ley y se incluyen allí para "tratarlos" igual que a los drogadictos, a raponeros y asesinos, secuestradores y violadores y a todos aquellos que de alguna manera quebranten la ley en razón a su igualmente malsano estado mental y emocional? Porque en adelante, aprobada esta ley, la fórmula mágica es sancionar los delitos y trasgresiones con cómodos procedimientos de rehabilitación para lo cual se crearán con los boyantes recursos económicos que tiene el gobierno para la salud y la justicia, "Tribunales éticos" con jueces y médicos especialistas que valorarán la situación de cada infractor determinando la cura que debe recibir.
¿Qué es esto sino bla, bla, bla?: “Pretendemos que la ley establezca medidas de carácter pedagógico, profiláctico o terapéutico, llegando a acompañar estas medidas con privaciones de libertad en lugares adecuados para ello, sin llegarse a considerar una reclusión en una prisión”
Pienso, entonces, que los Spa bien podrían sustituir a las cárceles cumpliendo así, "divinamente", el cometido de esta nueva excentricidad gubernamental.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Mujeres, ¿trofeos de guerra?
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
La violencia de género en Colombia es un hecho irrebatible. Es la expresión de una infamia que grita y consterna, pero a la que se la viene tratando más con compasión que con el coraje y la cólera que reclama. Más como estadística y "fenómeno" que como factor gravísimo de anulación histórica de comunidades y pueblos. Y más que noticia diaria, es una de aquellas realidades que por repetitiva y recurrente peligra en convertirse en un mal sin remedio o en una epidemia sin vacuna.
Alejándonos por ahora del tan elocuente y en boga tema de la violencia intrafamiliar, queremos hacer particular mención a la estremecedora tragedia que viven las mujeres colombianas en medio del conflicto armado. "Conflicto", decimos textualmente, aunque esta designación no sea otra cosa que el eufemismo con que ciertos sectores poderosos han querido denominar para su conveniencia la larga guerra en la que vivimos.
Pero veamos lo que ocurre: el conflicto colombiano, ya aclimatado en lo bárbaro e irracional, les ha permitido a todos sus actores, pero de manera significativa al paramilitarismo, ver en la vulnerabilidad y desprotección de las mujeres su caldo de cultivo para avanzar en su infernal guerra sucia. Secuestrando, violando o sencillamente reduciendo a las mujeres, están aterrorizando con ello a familias y poblaciones enteras. Y luego, como perros de presa, se desplazan concretando sus objetivos: asesinatos y masacres con los nombres artificiosos de "limpieza social" o "vindictas políticas"; saqueo de bienes y despojo de tierras. Incluso, el uso de la esclavitud sexual o de servicios personales de niñas adolescentes que suman aquí y allá a su botín de guerra.
Y, lo más alarmante, es que no se ha podido probar aún que tal violencia desatada contra el género femenino no esté rigurosamente concernida con el hecho muy puntual de que aquellas víctimas lo son por el simple hecho de ser mujeres, o mejor, su índole de género les puede estar acentuando su desgracia.
Cuando la banda facinerosa irrumpe en pos de un "trofeo", material o simbólico, al doblegar, asesinar, desaparecer, esclavizar o simplemente "tomar" a la mujer, está con ello agrietando, o bien un núcleo familiar, o bien, la esencia y la savia vital de un eje social o de una comunidad específica. Y los actores del conflicto lo saben. Todos. Hasta los que están allí atornillados en la guerra "defendiendo a las instituciones" o "aquí, salvando la democracia...".
Ya nadie discute que la masa desplazada en nuestro país -la primera en el mundo- se encuentra entre 3 y 4,6 millones de personas. Ahora, es nuestra obligación destacar que, como lo afirma Acnur, "las mujeres y niñas conforman más de dos tercios de la población desplazada en Colombia" y alcanzan a ser el 70,6 por ciento de quienes exigen equidad ante Justicia y Paz.
Ante esta turbadora afrenta, no hay espacio para la distracción o el silencio. Hay que denunciarlo. Y con voz fuerte: el desplazamiento social en Colombia y la violencia de género son, de todos nuestros males, los más ignominiosos y brutales.
Recientemente leí algunos informes y recomendaciones respecto a la situación de la mujer en nuestro conflicto. Tanto Codhes, como Acnur, nos ilustran bien, pero fue un texto de María Himelda Ramírez denominado 'El impacto del desplazamiento forzado sobre las mujeres en Colombia' el que de mejor manera me acercó al tema. Y en un punto específico de su estudio, cuando se propone describir el calvario del éxodo femenino tras la violencia de la guerra, expone algunos aspectos que las autoridades colombianas deberían observar cuando por fin le metan ganas a la resolución de este dramático problema.
Dice: "En el momento crítico del éxodo luego de una masacre o de otras escenas amenazantes, el terror cumple funciones muy efectivas de amedrentamiento. El despojo, la muerte y la expulsión producen un intenso sufrimiento emocional agravado por la incertidumbre respecto al futuro. Los sentimientos de impotencia se ven reforzados por la impunidad... Las mujeres adultas se ven abocadas a la redefinición de sus roles sociales y sus identidades lo mismo que los hombres..."
Llevarse a las mujeres como esclavas sexuales, como su "posesión" para toda clase de usos o, violándolas y asesinándolas, hacerlas sujetos valiosos para la destrucción de familias, comunidades o poblaciones, ¿no las convierte de alguna manera en trofeos de guerra?
Este es, pues, el más degradante y letal de los designios que pesan sobre la mujer en este país de fusiles, "amargas", rocolas y "meros machos", y en donde la violación de una mujer ha llegado a concebirse como un asalto al honor y a las posesiones materiales del adversario.
guribe3@gmail.com
La violencia de género en Colombia es un hecho irrebatible. Es la expresión de una infamia que grita y consterna, pero a la que se la viene tratando más con compasión que con el coraje y la cólera que reclama. Más como estadística y "fenómeno" que como factor gravísimo de anulación histórica de comunidades y pueblos. Y más que noticia diaria, es una de aquellas realidades que por repetitiva y recurrente peligra en convertirse en un mal sin remedio o en una epidemia sin vacuna.
Alejándonos por ahora del tan elocuente y en boga tema de la violencia intrafamiliar, queremos hacer particular mención a la estremecedora tragedia que viven las mujeres colombianas en medio del conflicto armado. "Conflicto", decimos textualmente, aunque esta designación no sea otra cosa que el eufemismo con que ciertos sectores poderosos han querido denominar para su conveniencia la larga guerra en la que vivimos.
Pero veamos lo que ocurre: el conflicto colombiano, ya aclimatado en lo bárbaro e irracional, les ha permitido a todos sus actores, pero de manera significativa al paramilitarismo, ver en la vulnerabilidad y desprotección de las mujeres su caldo de cultivo para avanzar en su infernal guerra sucia. Secuestrando, violando o sencillamente reduciendo a las mujeres, están aterrorizando con ello a familias y poblaciones enteras. Y luego, como perros de presa, se desplazan concretando sus objetivos: asesinatos y masacres con los nombres artificiosos de "limpieza social" o "vindictas políticas"; saqueo de bienes y despojo de tierras. Incluso, el uso de la esclavitud sexual o de servicios personales de niñas adolescentes que suman aquí y allá a su botín de guerra.
Y, lo más alarmante, es que no se ha podido probar aún que tal violencia desatada contra el género femenino no esté rigurosamente concernida con el hecho muy puntual de que aquellas víctimas lo son por el simple hecho de ser mujeres, o mejor, su índole de género les puede estar acentuando su desgracia.
Cuando la banda facinerosa irrumpe en pos de un "trofeo", material o simbólico, al doblegar, asesinar, desaparecer, esclavizar o simplemente "tomar" a la mujer, está con ello agrietando, o bien un núcleo familiar, o bien, la esencia y la savia vital de un eje social o de una comunidad específica. Y los actores del conflicto lo saben. Todos. Hasta los que están allí atornillados en la guerra "defendiendo a las instituciones" o "aquí, salvando la democracia...".
Ya nadie discute que la masa desplazada en nuestro país -la primera en el mundo- se encuentra entre 3 y 4,6 millones de personas. Ahora, es nuestra obligación destacar que, como lo afirma Acnur, "las mujeres y niñas conforman más de dos tercios de la población desplazada en Colombia" y alcanzan a ser el 70,6 por ciento de quienes exigen equidad ante Justicia y Paz.
Ante esta turbadora afrenta, no hay espacio para la distracción o el silencio. Hay que denunciarlo. Y con voz fuerte: el desplazamiento social en Colombia y la violencia de género son, de todos nuestros males, los más ignominiosos y brutales.
Recientemente leí algunos informes y recomendaciones respecto a la situación de la mujer en nuestro conflicto. Tanto Codhes, como Acnur, nos ilustran bien, pero fue un texto de María Himelda Ramírez denominado 'El impacto del desplazamiento forzado sobre las mujeres en Colombia' el que de mejor manera me acercó al tema. Y en un punto específico de su estudio, cuando se propone describir el calvario del éxodo femenino tras la violencia de la guerra, expone algunos aspectos que las autoridades colombianas deberían observar cuando por fin le metan ganas a la resolución de este dramático problema.
Dice: "En el momento crítico del éxodo luego de una masacre o de otras escenas amenazantes, el terror cumple funciones muy efectivas de amedrentamiento. El despojo, la muerte y la expulsión producen un intenso sufrimiento emocional agravado por la incertidumbre respecto al futuro. Los sentimientos de impotencia se ven reforzados por la impunidad... Las mujeres adultas se ven abocadas a la redefinición de sus roles sociales y sus identidades lo mismo que los hombres..."
Llevarse a las mujeres como esclavas sexuales, como su "posesión" para toda clase de usos o, violándolas y asesinándolas, hacerlas sujetos valiosos para la destrucción de familias, comunidades o poblaciones, ¿no las convierte de alguna manera en trofeos de guerra?
Este es, pues, el más degradante y letal de los designios que pesan sobre la mujer en este país de fusiles, "amargas", rocolas y "meros machos", y en donde la violación de una mujer ha llegado a concebirse como un asalto al honor y a las posesiones materiales del adversario.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Escribir: el oficio de las dificultades
Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
En cierta ocasión, alguna de sus diversas benefactoras escribió refiriéndose a Jean de La Fontaine: "Hoy estoy sola. Despedí a todos mis sirvientes y me quedé con mis animalitos y mi pequeño La Fontaine". No obstante, hoy, casi cuatrocientos años después, todos recordamos al gran poeta y fabulista francés y quizás no exista nadie que sepa ni del nombre ni de la vida de aquella insolente mujer que sólo es registrada en la historia por este cruel desliz. Igualmente, sabemos de las escollos iniciales que tuvo el uruguayo Mario Benedetti para acceder a la publicación de sus libros al inicio de su brillante carrera, llevándolo a cometer como él mismo decía, audaces ''operaciones bancarias de mi sueldo" para editar y dar a conocer sus primeros siete títulos.
Y traigo a cuento este par de anécdotas porque hace un tiempo la periodista y escritora española Rosa Montero publicaba en el conspicuo Babelia (Suplemento cultural del diario El País de Madrid), un artículo que dio en llamar "Escribir es resistir". Al toparnos con él, sólo atinamos a pensar si ella imaginaba con tamaño título de insurrecto contenido lo que de inmediato podíamos presumir nosotros y tantos otros escritores motivados en alto grado por el hábito de la política. Y es que al rompe se alcanzaba a intuir de aquella provocadora sentencia una propuesta llena de implicaciones sociales que nos hizo volver alegremente la mirada a Sartre y a la otrora polémica prédica suya de la responsabilidad política del escritor ("He visto niños morirse de hambre. Frente a un niño moribundo, "La náusea" no tiene peso").
Pero no. Apenas iniciada la lectura descubrimos que su preocupación era diametralmente opuesta a lo que hubiésemos querido que ella tratara. Sin embargo, estos planteamientos suyos, que como tantos otros gozan de una muy buena factura lingüística y de una honradez conceptual evidente, acometen, por suerte, una muy seria y penosa situación personal que le es común a todos y cada uno de los escritores y que ella resume invocando el título de esa reciente columna con estas palabras: "Por eso digo que escribir novelas es resistir".
Y entonces, allí sí, para ser explícita sobre este tema del escritor y sus apuros y obstáculos, nuestra Rosa Montero comienza esbozando la idea de que si para vivir el hombre enfrenta la necesidad de la resistencia, para escribir no le queda más remedio que echar mano de la tenacidad, superior ésta -según ella y con lo que inevitablemente estamos de acuerdo-, al recurrente "talento" de los creadores. Valen más que el talento, la constancia y los esfuerzos, enfatiza. Y a renglón seguido se explaya en ese drama en el que se desenvuelven los escritores de aquí y de allá y de cuyas vicisitudes y angustias sólo ellos, en cuanto víctimas, pueden dar fe o ser testigos. ¿A quién más podría importarle el tránsito tantas veces infernal entre la hoja en blanco y la olorosa impresión en el periódico, el libro o la revista?
"… soportar el desdén de los editores, los adelantos a menudo miserables, las cifras de ventas muchas veces ridículas, las críticas que pueden ser feroces, la destrucción de la edición porque no se vende, la falta total de eco en la prensa, el desinterés general engullendo y sepultando tu libro como una colada de achicharrante lava. El alegre chisporroteo del mercado y la caída de ojos de Paul Auster han hecho creer a la gente que esto de ser novelista es un oficio glamuroso, pero en la vida real la inmensa mayoría de los escritores han de sobrellevar una infinidad de humillaciones. Y cuando son autores de raza, cuando de verdad les mueve la pasión por la literatura, ¡con qué impavidez se dejan maltratar por el bien de su obra!"
Y es que el desgaste emocional y sicológico -y hasta gástrico- del escritor por publicar no tiene límites. Hay que verles pisoteados sus sueños aquí en Colombia a centenares y tal vez miles de jóvenes y viejos. Unos pocos "afortunados", recibiendo respuestas evasivas de las editoriales o de los medios de comunicación impresos o en línea con secciones culturales supuestamente a "su servicio". El resto -¡y qué resto!-, casi todos, percibiendo como única retribución a sus desvelos la más degradante y perversa de las "gratificaciones": el silencio.
Cuánta razón le cabe a la reclamación de uno de ellos: "Eran famosos los llamados “colchones editoriales” que dormían el sueño de los justos durante años y años. El camino más corto para la publicación -definitivamente- eran los premios."
Así, pues, dada la magnitud de las dificultades por las que atraviesa un escritor, una eventual indemnización futura a toda esta agonía tendrá algún día que reconocérsela, aceptando como una especie de "plusvalía" el fruto, exitoso o no, de su trabajo con la palabra.
Porque es que en ellos no pudo haberse inspirado Mahatma Gandhi cuando afirmaba que "nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado".
Ojalá que con el exceso de las utilidades del gran capital se pueda crear un pequeño fondo que sirva y estimule la vida y la obra de tantos escritores anónimos que penan por ahí su incomprensión.
guribe3@gmail.com
Y traigo a cuento este par de anécdotas porque hace un tiempo la periodista y escritora española Rosa Montero publicaba en el conspicuo Babelia (Suplemento cultural del diario El País de Madrid), un artículo que dio en llamar "Escribir es resistir". Al toparnos con él, sólo atinamos a pensar si ella imaginaba con tamaño título de insurrecto contenido lo que de inmediato podíamos presumir nosotros y tantos otros escritores motivados en alto grado por el hábito de la política. Y es que al rompe se alcanzaba a intuir de aquella provocadora sentencia una propuesta llena de implicaciones sociales que nos hizo volver alegremente la mirada a Sartre y a la otrora polémica prédica suya de la responsabilidad política del escritor ("He visto niños morirse de hambre. Frente a un niño moribundo, "La náusea" no tiene peso").
Y entonces, allí sí, para ser explícita sobre este tema del escritor y sus apuros y obstáculos, nuestra Rosa Montero comienza esbozando la idea de que si para vivir el hombre enfrenta la necesidad de la resistencia, para escribir no le queda más remedio que echar mano de la tenacidad, superior ésta -según ella y con lo que inevitablemente estamos de acuerdo-, al recurrente "talento" de los creadores. Valen más que el talento, la constancia y los esfuerzos, enfatiza. Y a renglón seguido se explaya en ese drama en el que se desenvuelven los escritores de aquí y de allá y de cuyas vicisitudes y angustias sólo ellos, en cuanto víctimas, pueden dar fe o ser testigos. ¿A quién más podría importarle el tránsito tantas veces infernal entre la hoja en blanco y la olorosa impresión en el periódico, el libro o la revista?
"… soportar el desdén de los editores, los adelantos a menudo miserables, las cifras de ventas muchas veces ridículas, las críticas que pueden ser feroces, la destrucción de la edición porque no se vende, la falta total de eco en la prensa, el desinterés general engullendo y sepultando tu libro como una colada de achicharrante lava. El alegre chisporroteo del mercado y la caída de ojos de Paul Auster han hecho creer a la gente que esto de ser novelista es un oficio glamuroso, pero en la vida real la inmensa mayoría de los escritores han de sobrellevar una infinidad de humillaciones. Y cuando son autores de raza, cuando de verdad les mueve la pasión por la literatura, ¡con qué impavidez se dejan maltratar por el bien de su obra!"
Y es que el desgaste emocional y sicológico -y hasta gástrico- del escritor por publicar no tiene límites. Hay que verles pisoteados sus sueños aquí en Colombia a centenares y tal vez miles de jóvenes y viejos. Unos pocos "afortunados", recibiendo respuestas evasivas de las editoriales o de los medios de comunicación impresos o en línea con secciones culturales supuestamente a "su servicio". El resto -¡y qué resto!-, casi todos, percibiendo como única retribución a sus desvelos la más degradante y perversa de las "gratificaciones": el silencio.
Cuánta razón le cabe a la reclamación de uno de ellos: "Eran famosos los llamados “colchones editoriales” que dormían el sueño de los justos durante años y años. El camino más corto para la publicación -definitivamente- eran los premios."
Así, pues, dada la magnitud de las dificultades por las que atraviesa un escritor, una eventual indemnización futura a toda esta agonía tendrá algún día que reconocérsela, aceptando como una especie de "plusvalía" el fruto, exitoso o no, de su trabajo con la palabra.
Porque es que en ellos no pudo haberse inspirado Mahatma Gandhi cuando afirmaba que "nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado".
Ojalá que con el exceso de las utilidades del gran capital se pueda crear un pequeño fondo que sirva y estimule la vida y la obra de tantos escritores anónimos que penan por ahí su incomprensión.
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