domingo, 29 de noviembre de 2009

Drogadictos… ¡al Spa!

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com

Todo indica que a la insaciable aplanadora uribista no la detiene nadie si de reformar la Constitución se trata. Acaba de pasar en séptimo debate y está a punto de aprobarse en el Senado la reforma constitucional sobre consumo de estupefacientes y psicotrópicos. Es la 29a. reforma de la Constitución en menos de 20 años y, según el historiador Jorge Orlando Melo en su columna de El Tiempo del pasado jueves 26 de noviembre, y a quien le damos la razón, es quizás la más anodina de todas cuantas se han presentado. Y es que el desdén del Presidente Uribe por la Constitución ya hace parte de preocupantes reflexiones en círculos periodísticos y políticos internacionales, la Casa Blanca incluida. Y su caprichosa manía de estarla modificando para su beneficio, o incluso sólo por el prurito de llevarle la contraria al jefe del partido de oposición, está llevándonos a hacer el ridículo a nivel mundial. Tal el caso de este proyecto de acto legislativo que prohíbe el porte y consumo de la dosis mínima de droga, obviando esta vez la sanción penal y resignándose a acatar la aprobación previa de los pacientes. Concesiones hechas sin importar el cambio en la esencia del proyecto, sólo para "honrar la palabra" del otrora candidato presidencial.

Ahora, pues, reformamos nuevamente la Constitución no ya para poner presos a los adictos, sino para ofrecerles tratamientos médicos y clínicas especializadas -incluidas las flamantes de desintoxicación y reposo- que los saquen de aquel infierno de la drogadicción. Y esto, lo queremos hacer aquí, en donde si no hay recursos -aparte de los destinados a la guerra- para la inversión social, menos los habrá para poner a operar tales centros médicos, o para conformar Tribunales éticos, o para nada por mínimo que sea de aquel colosal andamiaje que requeriría la puesta en marcha de semejante utopía. Y, entre tanto, en México, país tan afectado o más que Colombia por este problema del narcotráfico, no hace mucho despenalizaron el porte de pequeñas dosis que la Cámara de Diputados aprobó como "Ley contra el Narcomenudeo" permitiendo a una persona portar dos gramos de opio, 50 miligramos de heroína, cinco gramos de marihuana, 500 miligramos de cocaína, 0.015 miligramos de LSD y 40 gramos de metanfetaminas. Y qué decir de Portugal que, "descriminalizándola" en el 2001, abordara con éxito el camino para resolver esta complejidad ética, amén de que ha evidenciado con ello que los castigos no repercuten de modo determinante en el consumo de las drogas.

Naturalmente que no estamos de acuerdo con la represión a la dosis personal y menos aún con la hilarante quimera de su metodología en la aplicación de la ley. Eso de conducir uno a uno, o en grupos, a los miles y miles de consumidores de dosis mínimas -aquellos que son "pillados" cuando escasamente estaban probándola, o quienes la usan eventualmente, o quienes la requieren por algún motivo, o quienes ya son viciosos, o a quien le da la soberana gana no de beberse una botella de alcohol sino de meterse un "pase"-, conducirlos, digo, en confortables vehículos de la policía o el ejercito a flamantes clínicas de rehabilitación tras haber pasado previamente por los majestuosos "Tribunales de Tratamiento" en donde un solícito juez ha dispuesto su breve estadía -¡no reclusión, por Dios!- en un centro médico asistencial, eso sí, "si el joven se acomide a darnos su consentimiento", eso, repito, ¿no es acaso, simplemente, una ocurrencia estrambótica?

De tal forma, debemos preguntarnos que, si como dice el ponente del proyecto, no se trata de sancionar sino de "generar conciencia ciudadana sobre los perjuicios que traen las drogas ilícitas”, siendo esta extravagancia jurídica la fórmula "ideal" para el tratamiento de un "delito", ¿por qué no se amplía el espectro de dicha ley y se incluyen allí para "tratarlos" igual que a los drogadictos, a raponeros y asesinos, secuestradores y violadores y a todos aquellos que de alguna manera quebranten la ley en razón a su igualmente malsano estado mental y emocional? Porque en adelante, aprobada esta ley, la fórmula mágica es sancionar los delitos y trasgresiones con cómodos procedimientos de rehabilitación para lo cual se crearán con los boyantes recursos económicos que tiene el gobierno para la salud y la justicia, "Tribunales éticos" con jueces y médicos especialistas que valorarán la situación de cada infractor determinando la cura que debe recibir.

¿Qué es esto sino bla, bla, bla?: “Pretendemos que la ley establezca medidas de carácter pedagógico, profiláctico o terapéutico, llegando a acompañar estas medidas con privaciones de libertad en lugares adecuados para ello, sin llegarse a considerar una reclusión en una prisión”

Pienso, entonces, que los Spa bien podrían sustituir a las cárceles cumpliendo así, "divinamente", el cometido de esta nueva excentricidad gubernamental.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Mujeres, ¿trofeos de guerra?

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com
La violencia de género en Colombia es un hecho irrebatible. Es la expresión de una infamia que grita y consterna, pero a la que se la viene tratando más con compasión que con el coraje y la cólera que reclama. Más como estadística y "fenómeno" que como factor gravísimo de anulación histórica de comunidades y pueblos. Y más que noticia diaria, es una de aquellas realidades que por repetitiva y recurrente peligra en convertirse en un mal sin remedio o en una epidemia sin vacuna.

Alejándonos por ahora del tan elocuente y en boga tema de la violencia intrafamiliar, queremos hacer particular mención a la estremecedora tragedia que viven las mujeres colombianas en medio del conflicto armado. "Conflicto", decimos textualmente, aunque esta designación no sea otra cosa que el eufemismo con que ciertos sectores poderosos han querido denominar para su conveniencia la larga guerra en la que vivimos.

Pero veamos lo que ocurre: el conflicto colombiano, ya aclimatado en lo bárbaro e irracional, les ha permitido a todos sus actores, pero de manera significativa al paramilitarismo, ver en la vulnerabilidad y desprotección de las mujeres su caldo de cultivo para avanzar en su infernal guerra sucia. Secuestrando, violando o sencillamente reduciendo a las mujeres, están aterrorizando con ello a familias y poblaciones enteras. Y luego, como perros de presa, se desplazan concretando sus objetivos: asesinatos y masacres con los nombres artificiosos de "limpieza social" o "vindictas políticas"; saqueo de bienes y despojo de tierras. Incluso, el uso de la esclavitud sexual o de servicios personales de niñas adolescentes que suman aquí y allá a su botín de guerra.

Y, lo más alarmante, es que no se ha podido probar aún que tal violencia desatada contra el género femenino no esté rigurosamente concernida con el hecho muy puntual de que aquellas víctimas lo son por el simple hecho de ser mujeres, o mejor, su índole de género les puede estar acentuando su desgracia.

Cuando la banda facinerosa irrumpe en pos de un "trofeo", material o simbólico, al doblegar, asesinar, desaparecer, esclavizar o simplemente "tomar" a la mujer, está con ello agrietando, o bien un núcleo familiar, o bien, la esencia y la savia vital de un eje social o de una comunidad específica. Y los actores del conflicto lo saben. Todos. Hasta los que están allí atornillados en la guerra "defendiendo a las instituciones" o "aquí, salvando la democracia...".

Ya nadie discute que la masa desplazada en nuestro país -la primera en el mundo- se encuentra entre 3 y 4,6 millones de personas. Ahora, es nuestra obligación destacar que, como lo afirma Acnur, "las mujeres y niñas conforman más de dos tercios de la población desplazada en Colombia" y alcanzan a ser el 70,6 por ciento de quienes exigen equidad ante Justicia y Paz.

Ante esta turbadora afrenta, no hay espacio para la distracción o el silencio. Hay que denunciarlo. Y con voz fuerte: el desplazamiento social en Colombia y la violencia de género son, de todos nuestros males, los más ignominiosos y brutales.

Recientemente leí algunos informes y recomendaciones respecto a la situación de la mujer en nuestro conflicto. Tanto Codhes, como Acnur, nos ilustran bien, pero fue un texto de María Himelda Ramírez denominado 'El impacto del desplazamiento forzado sobre las mujeres en Colombia' el que de mejor manera me acercó al tema. Y en un punto específico de su estudio, cuando se propone describir el calvario del éxodo femenino tras la violencia de la guerra, expone algunos aspectos que las autoridades colombianas deberían observar cuando por fin le metan ganas a la resolución de este dramático problema.

Dice: "En el momento crítico del éxodo luego de una masacre o de otras escenas amenazantes, el terror cumple funciones muy efectivas de amedrentamiento. El despojo, la muerte y la expulsión producen un intenso sufrimiento emocional agravado por la incertidumbre respecto al futuro. Los sentimientos de impotencia se ven reforzados por la impunidad... Las mujeres adultas se ven abocadas a la redefinición de sus roles sociales y sus identidades lo mismo que los hombres..."

Llevarse a las mujeres como esclavas sexuales, como su "posesión" para toda clase de usos o, violándolas y asesinándolas, hacerlas sujetos valiosos para la destrucción de familias, comunidades o poblaciones, ¿no las convierte de alguna manera en trofeos de guerra?

Este es, pues, el más degradante y letal de los designios que pesan sobre la mujer en este país de fusiles, "amargas", rocolas y "meros machos", y en donde la violación de una mujer ha llegado a concebirse como un asalto al honor y a las posesiones materiales del adversario.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Escribir: el oficio de las dificultades

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com



En cierta ocasión, alguna de sus diversas benefactoras escribió refiriéndose a Jean de La Fontaine: "Hoy estoy sola. Despedí a todos mis sirvientes y me quedé con mis animalitos y mi pequeño La Fontaine". No obstante, hoy, casi cuatrocientos años después, todos recordamos al gran poeta y fabulista francés y quizás no exista nadie que sepa ni del nombre ni de la vida de aquella insolente mujer que sólo es registrada en la historia por este cruel desliz. Igualmente, sabemos de las escollos iniciales que tuvo el uruguayo Mario Benedetti para acceder a la publicación de sus libros al inicio de su brillante carrera, llevándolo a cometer como él mismo decía, audaces ''operaciones bancarias de mi sueldo" para editar y dar a conocer sus primeros siete títulos.

Y traigo a cuento este par de anécdotas porque hace un tiempo la periodista y escritora española Rosa Montero publicaba en el conspicuo Babelia (Suplemento cultural del diario El País de Madrid), un artículo que dio en llamar "Escribir es resistir". Al toparnos con él, sólo atinamos a pensar si ella imaginaba con tamaño título de insurrecto contenido lo que de inmediato podíamos presumir nosotros y tantos otros escritores motivados en alto grado por el hábito de la política. Y es que al rompe se alcanzaba a intuir de aquella provocadora sentencia una propuesta llena de implicaciones sociales que nos hizo volver alegremente la mirada a Sartre y a la otrora polémica prédica suya de la responsabilidad política del escritor ("He visto niños morirse de hambre. Frente a un niño moribundo, "La náusea" no tiene peso").


Pero no. Apenas iniciada la lectura descubrimos que su preocupación era diametralmente opuesta a lo que hubiésemos querido que ella tratara. Sin embargo, estos planteamientos suyos, que como tantos otros gozan de una muy buena factura lingüística y de una honradez conceptual evidente, acometen, por suerte, una muy seria y penosa situación personal que le es común a todos y cada uno de los escritores y que ella resume invocando el título de esa reciente columna con estas palabras: "Por eso digo que escribir novelas es resistir".

Y entonces, allí sí, para ser explícita sobre este tema del escritor y sus apuros y obstáculos, nuestra Rosa Montero comienza esbozando la idea de que si para vivir el hombre enfrenta la necesidad de la resistencia, para escribir no le queda más remedio que echar mano de la tenacidad, superior ésta -según ella y con lo que inevitablemente estamos de acuerdo-, al recurrente "talento" de los creadores. Valen más que el talento, la constancia y los esfuerzos, enfatiza. Y a renglón seguido se explaya en ese drama en el que se desenvuelven los escritores de aquí y de allá y de cuyas vicisitudes y angustias sólo ellos, en cuanto víctimas, pueden dar fe o ser testigos. ¿A quién más podría importarle el tránsito tantas veces infernal entre la hoja en blanco y la olorosa impresión en el periódico, el libro o la revista?

"… soportar el desdén de los editores, los adelantos a menudo miserables, las cifras de ventas muchas veces ridículas, las críticas que pueden ser feroces, la destrucción de la edición porque no se vende, la falta total de eco en la prensa, el desinterés general engullendo y sepultando tu libro como una colada de achicharrante lava. El alegre chisporroteo del mercado y la caída de ojos de Paul Auster han hecho creer a la gente que esto de ser novelista es un oficio glamuroso, pero en la vida real la inmensa mayoría de los escritores han de sobrellevar una infinidad de humillaciones. Y cuando son autores de raza, cuando de verdad les mueve la pasión por la literatura, ¡con qué impavidez se dejan maltratar por el bien de su obra!"

Y es que el desgaste emocional y sicológico -y hasta gástrico- del escritor por publicar no tiene límites. Hay que verles pisoteados sus sueños aquí en Colombia a centenares y tal vez miles de jóvenes y viejos. Unos pocos "afortunados", recibiendo respuestas evasivas de las editoriales o de los medios de comunicación impresos o en línea con secciones culturales supuestamente a "su servicio". El resto -¡y qué resto!-, casi todos, percibiendo como única retribución a sus desvelos la más degradante y perversa de las "gratificaciones": el silencio.

Cuánta razón le cabe a la reclamación de uno de ellos: "Eran famosos los llamados “colchones editoriales” que dormían el sueño de los justos durante años y años. El camino más corto para la publicación -definitivamente- eran los premios."

Así, pues, dada la magnitud de las dificultades por las que atraviesa un escritor, una eventual indemnización futura a toda esta agonía tendrá algún día que reconocérsela, aceptando como una especie de "plusvalía" el fruto, exitoso o no, de su trabajo con la palabra.

Porque es que en ellos no pudo haberse inspirado Mahatma Gandhi cuando afirmaba que "nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado".

Ojalá que con el exceso de las utilidades del gran capital se pueda crear un pequeño fondo que sirva y estimule la vida y la obra de tantos escritores anónimos que penan por ahí su incomprensión.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La Colombia escalofriante

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


No soy muy amigo de la estadística. Esta disciplina, entendida como la ciencia de la "recolección, análisis e interpretación de datos", ha sido objeto desde siempre de la manipulación por parte de quienes la conducen o quienes la contratan. Además, con frecuencia sufre de un abusivo manoseo poniéndosela por delante en cualquier situación. Y sirve para todo. Para "convencer" a la opinión pública o para destruir los argumentos del contrario. También para presupuestar, proyectar, programar, tomar decisiones en sectores públicos y privados, buscar aproximaciones a la verdad o redondear un cuadro dentro de alguna visión histórica o, en fin, para hacerse elegir Presidente de un país y, después a su amparo, seguir ahí por "sécula seculorum" mientras ellas se mantengan dóciles y leales y bien financiaditas. Además, todavía no logra convencerme aquello de que ya nada se valora, se arquea, se tasa, se regula, se niega o aprueba, si no va por delante un vibrante "tanto por ciento". Sin embargo, es inevitable reconocerlo, y lo hago con gusto: cuánto no han aportado las estadísticas al entendimiento y la comprensión de los problemas sociales y a las respuestas que estos requieren. No vista como herramienta para "hacer política" sino como instrumento para ejercer el servicio público desde el poder político, puede llegar a convertirse en un instrumento ideal.


Pero el introito que no engañe. No es ésta una columna de moral o espíritu acomodaticios. Muy al contrario, escuetamente, de la mano de las estadísticas que tanto han servido al temerario estilo "fujimorezco" del presidente Uribe, "creador, señor y patrón" de la Seguridad Democrática en Colombia, mi propósito es uno solo e inequívoco: mostrar, sin la recurrente retórica acostumbrada en la publicación de las estadísticas, lo que algunas de éstas vienen diciendo hoy por hoy sobre el discurrir de nuestra maltrecha república. Ojalá, así como usan a su antojo las estadísticas que los tienen en el poder, también algún día crean en ellas y las usen para sacar al país del más cruel, sanguinario y prolongado atolladero en que se ha visto inmerso en toda su historia.


Las fuentes todas son oficiales o de ONG respetables, también de autoridades colombianas o de organismos internacionales como la OEA y la ONU.

Veamos:

Según la Comisión Colombiana de Juristas, las ejecuciones extrajudiciales entre julio de 2002 y julio de 2008 alcanzaron la cifra de 1.205 casos. En los cuatro primeros meses del presente año, dice el propio Mindefensa, se dieron 5.270 homicidios, entre ellos los de 42 indígenas y 11 sindicalistas. Entre mayo de 2008 y abril de 2009, se produjeron 16 mil víctimas y cada 48 horas al menos un secuestro.


Para el Índice Global de Paz 2008 (IGP), Colombia es el país más violento de América Latina y el décimo en el escalafón mundial. El 60% de nuestra población vive en la pobreza y 11 millones de compatriotas, en la absoluta miseria. Cada día mueren 14 niños por desnutrición y entre 177 países, figuramos como uno del los 8 con peores índices de iniquidad.

Y ahora recurro a dos voces que, aunque provenientes del establishment, alcanzan cierto grado de sensatez cuando verifican con honradez ellas mismas el estado de descomposición social del país que los vio nacer. Se trata de doña Lucy Nieto De Samper, columnista del diario El Tiempo de Bogotá, y la del doctor Ricardo Arias Mora, senador quindiano. Entre ambos nos muestran el siguiente cuadro:

"El desempleo es del 13,1 % y, a la vez que aumenta el empleo informal, decrece el empleo estable. El 36% de la población carece de servicios básicos. En vivienda de interés social, el déficit es de 2'300.000 unidades; no tiene vivienda digna 2'500.000 personas; 75.000 familias viven hacinadas; en 600.000 hogares no hay servicios públicos; 2'400.000 adultos se acuestan con hambre; 3'300.000 colombianos emigraron en busca de oportunidades… En la Colombia del siglo XXI, el 15 % es analfabeto. Al día hay 1.000 abortos, 45 violaciones infantiles, 3 niños asesinados y 35.000 niños explotados sexualmente. Y son menores de 16 años los autores del 75 por ciento de los 84 asesinatos registrados a diario…"




Somos, pues, mientras gracias a la Seguridad Democrática los que podemos hacerlo paseamos libres de sobresaltos por nuestras "modernas" carreteras, el país con el mayor número de desplazados en el mundo, entre 3 y 4,6 millones, muy por encima de Irak, Somalia y el Congo. A Venezuela, desde el 2002 han llegado más de 200.000 refugiados buscando la protección que nuestro Gobierno no les brindó. Y así al Ecuador, Panamá, España, EE.UU., etc.

Y es que, con todo y la artimaña de la "Seguridad Democrática" y las aceitadas estadísticas, la pregunta nos revienta en la cara:

¿Acaso a ese aletargado 70% que se dice viene votando y sosteniendo a Uribe desde el 2002 no le dice nada las anteriores escalofriantes cifras que están llevando a Colombia poco a poco pero con paso firme a su absoluta insolvencia ética y moral y a su inviabilidad como país civilizado?

Pobre país, pues, esta azotada Colombia, que sigue votando y reeligiendo su propia desgracia.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La fuerza del silencio

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


Hase de hablar como un testamento,
que a menos palabras, menos pleitos.

Baltasar Gracián


Hay una protección infalible para quienes desconfían de sí mismos, para aquellos con la autoestima tullida y el valor en muletas: el silencio. Siempre he pensado que el silencio tiende a reflejar dos situaciones, o una total ignorancia, o una magnífica prudencia docta. Sin embargo, pese a ser paradójico, no invariablemente es válida aquella antigua y sonada fórmula de que, quien calla, otorga. Hacer buen uso del silencio, exigirse un aprovechamiento en él, y de él, es una condición que sólo saben gestionar y adoptar los sabios. Un silencio oportuno, y al mismo tiempo coherente, puede salvar y hasta obsequiarle una buena dosis de prestigio al ignorante, y al sabio, indefectiblemente, lo conduce a refrendarlo como tal y a que se le reconozca así. Es más probable que callando nos protejamos de caer en el ridículo, a que confesemos con el silencio nuestra incultura.

Hace poco escribía a este respecto en mi columna “Esquinazos” de los miércoles en “La Patria”: “Si lo que dices no mejora tu silencio, cállate”.

Y es que el silencio, asimismo, vigoriza y remoza el espíritu y puede hacernos grandes por dentro a nosotros mismos, frente a nosotros mismos y frente a los ojos de los demás. Con razón se dice que después de la palabra no existe nada más poderoso, y que si con la palabra demostramos nuestra supremacía frente a los animales, con el silencio podemos demostrarnos a nosotros mismos que somos mejores que ellos y cuántas veces no, mejores que los demás de nuestro mismo género. Pero es que también hay mucho más: ¿No llega en muchas ocasiones a tener más fuerza, imperio y soberanía un silencio oportuno y puntual, que una perorata brillante?

¡Ah!, el silencio..., siempre virtud.

Y virtud extrañamente onerosa y difícil si tenemos en cuenta que sabiendo ya de sus inestimables dividendos, de sus sorprendentes frutos, sin embargo, nos la pasamos transgrediéndolo, haciéndole esguinces, abandonándolo... Virtud ésta, pues, tan gravosa y difícil, como lo pueden ser la simplicidad y la sencillez que sólo se logran, en ocasiones y no por igual en todo el mundo, en la vejez, en aquella edad cuando tal vez... ya para qué. Y es que hay que decirlo de inmediato: el silencio, como la sencillez, encubre las debilidades y tamiza las impotencias del hombre.

Paradoja, contradicciones. Temor o seguridad. Refugio cálido e inexpugnable, amenaza, superioridad, solidez. Cuán económico y ordinario es a veces, pero también, cuán refinado y costoso podría llegar a serlo. Oro puro esta vez; estiércol del diablo y vergüenza, aquella. Pero igualmente arma certera, cuchillo filoso, cachetada concluyente, desagravio y revancha rotundos. O si no, ¿por qué aquello de que puede ser funesto para la “existencia” de un hombre el tejido de un silencio a su alrededor?

Eliot repetía a quien quisiera oírlo, y pocos fueron, que bendecía al hombre que, no teniendo nada qué decir, se abstenía de demostrarlo con sus palabras, y Calderón, en “La vida es sueño”, nos lanza esta formidable sentencia:

Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla.

¡Pero cuán difícil es saber gobernar este silencio!