sábado, 24 de abril de 2010

Los sesentones de los años sesenta

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


Por estos días he descubierto una encantadora coincidencia: el haber sido hijo de la generación de los sesenta, me ha convertido en un sesentón. Un sesentón agradecido y, por qué no, respetable. Porque fue aquella década, a no dudarlo, la más significativa del siglo XX. Y pertenecer a ella, a más de ser honroso, nos hace un tanto históricos. Naturalmente que a este período trascendental para la centuria pasada, lo ubico en América Latina y la resonancia que aquí tuvo en ese lapso más de un acontecimiento singular ocurrido en cualquier parte del mundo.




Son los sorprendentes y revolucionarios años sesenta de Colombia y Latinoamérica: Los de la música a todo dar pero, además, perdurable; la política alborotada y beligerante con el MRL a la cabeza; las guerrillas triunfantes o en plena efervescencia y crecimiento; Cuba, el Che y Fidel, inmortales; Sartre, en el apogeo de su influencia, en cada una de las mesas del café El Cisne; el mismo Nadaísmo y su irreverencia creativa; el cura Camilo Torres con su formidable sacrificio y las pronto tristemente olvidadas enseñanzas de su lucha; la iglesia social, asombrando; la rebeldía juvenil de los hippies o de los Beatnik; el hagamos el amor y no la guerra; el humo de las pipas en la calle, proliferando; el marxismo desafiante en boca de todas las inteligencias jóvenes; Marcuse y Adam Schaff esforzándose de buena fe por dilucidar marxismo-existencialismo; la aparición de la píldora anticonceptiva; la Universidad, sobre todo la Nacional y la de Santander, forjando revolucionarios y guerrilleros; los triunfantes procesos anticolonialitas e independentistas del África; el café automático, con León de Greiff a la cabeza, reclutando extasiados mocetones poetas; Jorge Zalamea, implacable y lúcido en su contenido y casi perfecto en su estilo; la Gaceta Tercer Mundo, de la cual fui su redactor en jefe, y la revista Eco, transmitiendo e incorporando a nuestro medio todas las tendencias culturales vanguardistas del mundo; Marta Traba y el comienzo de la pintura y el arte dignos en Colombia; el señor Buchholz y su monumental librería; el surgimiento de los Países No Alineados como organización; el 4 a 4 de Colombia contra Rusia en el mundial de fútbol; el ELN y su mártir y chivo expiatorio por excelencia Julio César Cortés; Estados Unidos derrotado en Playa Girón; la nefasta Alianza para el Progreso; Kennedy asesinado; García Márquez y el boom; los Beatles y los Rolling Stone y Jean Baez y Bob Dylan; los grandes debates culturales, políticos e ideológicos; el amor libre y la sensual minifalda; Mafalda; los rusos con Yuri Gagarin colocando al primer hombre en el espacio; la construcción del muro de Berlín; Brigitte Bardot, embobando socarronamente, en contraste con Antonioni, Buñuel o Fellini avivando inteligentemente; el hombre en la luna; el feminismo desbrozando tabúes; surgen las FARC con el Comandante Manuel Marulanda a la cabeza; la memorable guerra del Vietnam; Leo Ferré interpretando a Aragón, a Apollinaire, a Baudelaire; Roque Daltón, o Helder Cámara, o Hugo Blanco; Whitman redivivo entre Las hojas de hierba y Neruda, Nobel omnipresente; Cien años de soledad; la píldora y el sexo libres; Martin Luther King, acribillado; los Tupamaros, los Montoneros y el Túpac Amaru; Gonzalo Arango iluminado; Jaime Arenas y la UIS; Bergman inmenso; Pablus Gallinazo invitándonos a mascar flores y a soñar con la revolución en medio de la rumba; Cortázar, con su tierna cara de niño, erguido políticamente; la militancia revolucionaria de los intelectuales de izquierda alrededor de Cuba y de Fidel y, en fin...

¡Oh!, aquellos años sesenta por los cuales bien vale la pena resignarnos a ser sesentones.

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